lunes, 10 de mayo de 2010

Findes

Desde que Malena estaba en mi vida, dejé de odiar los domingos. Ella venía a casa el viernes por la noche y no se marchaba hasta el lunes por la mañana, haciendo del fin de semana una grata experiencia emuladora de los matrimonios más felices. No hacíamos nada del otro mundo; salíamos a visitar librerías y ferias de libros, paseábamos en busca de edificios singulares para fotografiarlos, descubríamos restaurantes nuevos, nos tumbábamos abrazados en el sofá a ver alguna vieja película en dvd o nos entregábamos, con esmero y sosiego, a explorar nuestros cuerpos. El tiempo pasaba muy rápido estando juntos y, cuando finalmente llegaba el lunes y ella partía hacia su trabajo, yo permanecía prendido de los recuerdos de las recientes experiencias vitales que tanto equilibrio y bienestar me aportaban.
Este último, sin ir más lejos, me quedé como un idiota parado en el balcón de mi departamento mirando el parque de enfrente, sin verlo y dejando que mi mente me trasladara al reciente domingo. Nos habíamos levantado tarde (demorados entre las sábanas) y tras comprar el diario, fuimos a desayunar a un bar cercano a base de café con leche y medialunas de manteca. Después, anduvimos largo y tendido por el barrio, deteniéndonos en el Parque Centenario y bajando hasta Canning, donde algunas numerosas familias jasídicas, que caminaban al sol, me trajeron a la cabeza la imagen de una pata con sus patitos. Casi sin darnos cuenta, se nos echó encima la hora de comer y optamos por un pequeño local especializado en cocina italiana; uno de esos con manteles a cuadros, paredes pintadas en tonos arena, mozos de pelo oscuro que te trataban de usted, y botellas de chianti ideales para fabricar lámparas. Pedimos fettuccini con salsa mediterránea y cambiamos el chianti por un excelente Navarro Correas Merlot del 2004, que bajamos sin ningún esfuerzo mientras intercambiábamos intimidades. Tras el postre, tiramisú y café, regresamos pronto a casa para echar una siesta, hábito éste que no perdonábamos bajo ningún concepto y responsable de que siempre termináramos almorzando en lugares cercanos a mi domicilio. El vino había estimulado nuestra líbido así que apenas entramos en el ascensor, comencé a abrazarla por debajo del pulóver, sintiendo entre mis manos sus pechos redondos y compactos como duraznos sin madurar. Momentos más tarde, en el cuarto, me mandó sentarme en la silla de mi escritorio mientras, de una bolsa que había traído el viernes, extrajo unas sábanas y una funda de almohada confeccionadas en raso de color negro. La miré curioso, y al ver que se disponía a cambiar la ropa de la cama, quise ayudarla pero ella no me dejó:

- No, vos sentáte y mirá – ordenó
Obedecí, impaciente a la par de interesado y crecientemente excitado, mientras observaba la precisión de sus movimientos.
Por fin, cuando terminó y empecé a desnudarla, me detuvo y volvió a ordenarme:
- Ahora acostáte, que enseguida vuelvo
Se fue al baño y regresó a los escasos minutos, vestida únicamente por un camisón negro de seda. Me impresionó gratamente verla tan sexy de pie ante la puerta, observándome con picardía y sonriendo ante mi mirada de deseo.
- Por favor, pase a mi consulta – la invité tirando de la sábana hacia arriba y mostrándole el interior de la cama
- Sí, doctor pero prométame algo
- Lo que haga falta – respondí
- Que no me dejará caer de la cama…porque tengo miedo que el roce del camisón con el tejido de las sábanas termine dando conmigo en el piso
- jajaja No se preocupe usted, que conmigo no tendrá esa problema
- ¿Me lo asegura?
- Totalmente, y sino, que se muera Bin Laden en este preciso instante.

! Dale, vení ¡