viernes, 30 de abril de 2010

Adivino

Serían casi las doce del mediodía, y confirmando las predicciones del horóscopo del diario, todo me estaba saliendo bien. Demasiado. Tanto, que desconfiaba que, de un momento a otro, las cosas se torcieran y las fuerzas del mal irrumpieran para fastidiarme el vienes. Pero de momento, no había queja sino agradecimiento. Desde que me había levantado, poco después de las nueve, me di cuenta de que podría ser un buen día. No sólo porque encima de los árboles brillara moderadamente el sol, ni porque en el límpido cielo primaveral no se viera ni una nube y pudiera echarme a la calle a pasear en mangas cortas, ni tampoco por descubrir en mi celular un mensaje de Claudia (una vieja amiga reconvertida en amante ocasional) invitándome a cenar esa misma noche, o porque sobre el eucalipto, que se alza junto a mi departamento, hubiese un nido de palomas de monte ocupado por un polluelo, sino porque en el oráculo del periódico lo ponía bien claro: hoy va a ser un gran día para los nativos de Aries (sic). ¿Y quién era yo para contradecir a un taumaturgo de tanto prestigio como el profesor Ceferino?. Así que, alentado por tan científico vaticinio, salí a la calle, más contento que una mina de propaganda de compresas, y decidido a llegar caminando al Jardín Botánico. Hacía mucho que no lo visitaba, y pasear entre el verde se me antojaba un ejercicio saludable. Además, estaba pegado a la Cuesta de Moyano, y tenía la sólida esperanza de poder encontrar libros interesantes, como así fue. De este modo, tras la grata visita al Jardín, me demoré por todos los puestos, obteniendo un interesante y ecléctico botín: dos títulos de Giorgio Scerbanenco que no tenía, otro desconocido de Antonio di Benedetto, un cuarto de Jerome Charyn y finalmente un quinto del argentino Daniel Gutman sobre Margherita Sarfatti, gran dama del fascismo italiano y amante de Mussolini. No estaba mal el premio y, en gran parte, se lo debía al profesor Ceferino y sus sabios pronósticos.

Con los cinco libros recién adquiridos bajo el brazo, y el ánimo henchido de optimismo, sentí el antojo de acercarme a la Pza. de Santa Ana a tomarme un vino o un vermú. Crucé el Paseo de Recoletos y comencé a callejear por las pequeñas travesías aledañas a Huertas. Iba distraído, con la mente puesta en sentarme a tomar el aperitivo y hojear a conciencia los títulos que portaba. Por eso me asusté cuando aquél auto se detuvo delante mío, cortándome el paso, y un tipo con aspecto porcinoide se dirigió a mí:

- Oíga, Oíga – acompañó sus voces de garrulo sacando un antebrazo peludo y de luchador por la ventanilla
- Dígame – respondí educadamente, aproximándome
En el vehículo viajaban tres personas; el sujeto en cuestión; bajo, gordo, cuellicorto y con fulgores de oro en dientes, pecho y muñecas, la que debía ser su mujer; una Maruja reteñida, de busto exuberante que mascaba chicle con la boca abierta y me observaba con descaro, y una niña de unos trece o catorce años que, menuda y vestida con discreción, desentonaba con las indumentarias de nuevos ricos de provincias que lucían sus supuestos progenitores.

- Oíga, jefe, ¿dónde queda el prado ése? – me preguntó
No entendí su pregunta, así que arqueé las cejas y puse cara de sorpresa, aguardando que ahondara en detalle que me permitieran comprenderlo.
- Sí, jefe, ése sitio donde hay cuadros – agregó de inmediato
- Ah, El Museo del Prado…
- Sí, ése – sonrió socarronamente – es que la niña quiere ir – añadió disculpándose

Estábamos cerca de la pinacoteca pero resultaba difícil llegar en auto, así que tras explicarle dónde se ubicaba, les aconsejé aparcar y hacer el trayecto andando. Me miró con indulgencia, como si estuviera loco, y no mereciera la pena tanto esfuerzo para ver unas simples pinturas. La mujer esbozó una sonrisa de complicidad con su marido y, volviéndose hacia atrás, le dijo a la hija:
- Cariño, mejor venimos otro día ¿no?, que hay mucho poblema para dejar el coche. Además, ya verás como cuando volvamos tienen más cuadros
- Claro – hizo su aportación el padre – mejor vamos al Buiryer a comer unas hamburguesas y luego al Parque de Atraciones ¿quieres?
La cría, asintió con la cabeza y me miró un tanto avergonzada. Pobre, ella no tenía la culpa de ser el fruto del apareamiento de dos tarados que vivían al margen de cualquier manifestación cultural asi que, le dediqué una comprensiva sonrisa, y el telepático deseo de que se independizara en cuanto llegara a la mayoría de edad.
- Gracias, jefe – dijo el cateto, antes de pegar un violento volantazo y meterse en contramano rumbo al Paseo de Recoletos.
- De nada – contesté

Me quedé parado como un boludo, saludando con la mano a la chica, que me miraba dada la vuelta sobre el asiento trasero, hasta que el auto desapareció de mi vista. En otras circunstancias, la trivial y desesperanzadora anécdota, me hubiera dejado mal sabor de boca pero, en esa ocasión no estaba dispuesto a permitirlo, por lo que retomé mi marcha al instante. Apenas unos minutos más tarde, llegué a la Pza. de Santa Ana y me metí en la Cervecería alemana a tomarme un Martini. Tomé asiento a una mesa, me lo sirvieron y, coincidiendo con el primer sorbo, mi celular emitió el pitido característico tras la recepción de un mensaje. Era de Claudia. “Elegí vos el vino, y no te olvidés de lo que ya sabés…”. No pude evitar sonreír. Se refería a los preservativos y, como de costumbre lo hacía dando un rodeo o dejándolo entender, como si temiera la tomase por una mujer vulgar si llamara a las cosas por su nombre. “O.K.”, confirmé, pegué un largo trago a mi bebida y di mentalmente las gracias al profesor Ceferino, que no me conocía de nada pero había acertado; aquél sería un gran día. Sobre todo de noche.

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