lunes, 4 de enero de 2010

Matador

Silvio Viterbi es argentino, soltero, tiene cuarenta y tantos años y alterna su profesión de publicista con la docencia en una universidad privada. Sus padres, dos judíos italianos que recalaron en Bs.As. huyendo de Mussolini, provenían de la burguesía Toscana (un abuelo terrateniente, otro médico) y residen a escasas tres cuadras de su departamento. No tiene más que una hermana, cuatro años menor; Adriana y desde siempre que recuerda, hubo perro en casa. Por lo demás, nada que resulte anormal o llame particularmente la atención:
Estatura: 1,78 m
Color de ojos y cabello: miel y castaño claro, respectivamente
Número de pie: 42
Signo astral: Aries, con ascendente Capricornio
Mujeres con las que se acostó: 18
Libros que sostienen sus estanterías: 2.997
Auto que maneja: Peugeot 307
Cantantes preferidos: Andrés Calamaro y Bob Dylan
Actores favoritos: Cary Grant, Edward Norton y Billy Bob Thornton; Actrices: Mel Streep y Soledad Villamil (no sabe si es de las mejores pero sí con la que más sueños eróticos ha tenido)
Postres que le encantan: tiramisú con helado de sambayón y casi todos los que lleven frutillas, aunque sea de putos
Amigos que tiene: 3 fijos y otros tantos en órbita permanente
Zapatillas que usa: Adidas
Pantalones que más se pone: unos Levi’s etiqueta roja
Manías confesables: arrancar las etiquetas de las botellas de cerveza, leer el diario comenzando por atrás, forrar los libros, tener los lápices siempre afilados, quedarse dormido con la radio encendida
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Sin embargo, y obviando lo anterior, que por indicar indica muy poco, el tal Silvio arrastra una peculiaridad que le distingue del resto de sus coetáneos (a no ser que mañana surja alguien que me desmienta y pueda documentarlo). Algo que le convierte en único en su especie y que le hace temible: puede provocar cáncer en el prójimo. Sí, así es, a pesar de que resulte casi inverosímil. Desde hará unos diez años, el tipo viene comprobando cómo, la gente que odia va muriendo de diferentes cánceres en menos de seis meses. Al principio, Silvio no asociaba el fallecimiento de estos indeseables a otra causa que no fuera el azar pero, poco tardó en decirse a sí mismo que eran muchos muertos para que únicamente interviniera la casualidad. Los números cantaban y, de esta manera, se sucedieron: el atorrante que estafó a su viejo en un negocio, la ex mujer del tío Arrigo (al que arruinó para luego largarse con otro), el desgraciado que le robó la cartera a punta de pistola, aquél catedrático antisemita que casi le impide licenciarse o ése novio que tuvo su hermana y que resultó que estaba casado. A pesar de su horror, y no cierta satisfacción que por motivos morales eludía reconocer, esos poderes, lejos de desaparecer se acentuaron, y las siguientes víctimas fueron alcanzadas aunque el odio no se mostrara más que como algo pasajero. Así, pasaron a mejor vida; el gordo pelotudo que siempre rompía las bolas en las reuniones del consorcio, la funcionaria que no le atendió convenientemente en la Municipalidad, un tipo de la otra cuadra que maltrataba a su mujer, el coreano de al lado que dejaba la vereda llena de escupitajos, la vieja chota del cuarto A que se no hacía más que chismear o el mecánico atorrante que le arreglaba una cosa al auto y estropeaba otra para hacerle volver. Estos que supiera… porque, del fallecimiento de otros más anónimos ni se enteró, como del taxista que le quiso cobrar de más aquél día que tenía el auto en el taller y fue a ver a una novia que vivía en la Loma del Orto, el colectivero chanta que le salpicó a propósito un jueves tormentoso, el pendejo al que descubrió pintando una esvástica en la pared del edificio donde vivían sus padres o el maricón que le miraba lo que tenía entre manos mientras meaba en el baño de un cine de Corrientes, por citar unos pocos y no alargar la relación.
Voy a omitir cómo conocí yo éste secreto de Silvio Viterbi, porque es algo que queda entre los dos pero, les voy a dar un buen consejo: si lo encuentran, aléjense de él y sino, no le ofendan. De lo contrario, vayan haciendo testamento. Ah, y no lo divulguen, porque nadie va a creerles. La gente no es tan crédula... ¿o sí?.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Tropiezo

Salí contento de la peluquería, pasándome gustosamente la mano por mis cabellos recién rapados, buscando el reflejo en los cristales con que me cruzaba e intentado observar alguna reacción en las mujeres que pasaban. Siempre me había quedado bien el pelo tan corto, en particular si lo combinaba con una perilla blanquinegra y sobre todo, si añadía camisa o camiseta en tonos oscuros. Ese día en concreto, lucía un polo Burberrys (siempre me gustaron más que los Lacoste) azul marino, no me había afeitado desde la semana anterior y me vi obligado a ponerme las gafas de sol, conformando un conjunto que me hizo caer en la cuenta que tenía “el guapo subido”. Vanidoso y animado, caminaba despreocupado rumbo a casa, canturreando algo del viejo Bob Dylan y repasando mentalmente la compra que debía hacer. Debía de estar realmente concentrado porque no reparé en ella hasta que fue demasiado tarde y no había escapatoria. Hacía ocho años que no nos veíamos y, sin embargo, apenas la reconocí, el corazón comenzó a latirme con fuerza y un amago de vértigo amenazó mi cabeza.

- ¿Cómo estás, Guido? – me preguntó tras recibirme con una breve sonrisa y dos besos
- No tan bien como a vos por lo que veo – repliqué con mi mejor cordialidad fingida mirándola de arriba a abajo

Susana fue la mujer más importante que pasó por mi vida y uno de esos recuerdos dolorosos que uno aparca en la parte más recóndita de la memoria, allá donde está el desagüe por el que echamos lo que sobra. Nos habíamos conocido apenas aterricé en Madrid y compartimos cuatro años de nuestra vida. Si por mi fuera hubiéramos estado más tiempo juntos pero, ella pensó que era una mejor opción de vida liarse con su jefe en la empresa bursátil que trabajaba desde que se había licenciado y a mí no me quedó otra alternativa que salir de escena, en silencio y sin hacer reproches.
Ahora, después de tanto tiempo, la tenía otra vez delante y me fastidiaba (mentiría si dijera lo contrario) comprobar que seguía estando igual de buena que siempre, o incluso más, dado que si antes no era del todo consciente de los estragos que podía provoc
ar su cuerpo, su actual madurez la hacía estar de vuelta y media. Sí, estaba radiante; con la piel bronceada, el pelo brillante, los dientes blanquísimos y un traje sastre oscuro conjuntado con un bolso y zapatos caros.
- Será que tu siempre me has visto con buenos ojos – reanudó la conversación
No le pegaba la falsa modestia pero no iba a darle el gusto de volver a alabar su belleza
- Será eso, entonces
- Bueno, tú tampoco estás nada mal, y esas canas te dan un toque muy interesante...¿Te has casado?
Me sorprendió la pregunta y sentí como mi corazón volvía a acelerarse. Temí que se me notara y ensayé mi mejor sonrisa a modo de distracción.
- No, ¿por qué? ¿ vos me ves cara de casado?
- La verdad es que sí, aunque no tienes barriga y con ése corte de pelo pareces más gay que otra cosa
- Qué cosas más lindas me decís ¡ Y yo que andaba tan contento…
- Yo sí me casé ……y me separé….por suerte, no tuvimos hijos.........
¿Tienes tiempo para tomarte un café y así charlamos con más calma? - propuso tras un incómodo silencio
No comprendía de qué teníamos que hablar después de ocho años y aún cuando la proximidad de su cuerpo me despertaba la líbido, algo dentro de mí me alertaba de debía largarme cuanto antes.
- Mírá, la verdad es que me encantaría - mentí - pero dejé al perro solo en casa y tengo que llevarlo al veterinario porque se pasó la noche vomitando el pobre…y estoy un poco asustado – seguí mintiendo .
- Ay, pobrecito(como si se lo hubiese creído ¡)...bueno y...¿otro día? ¿te apetece que quedemos otro día? Yo ahora vivo por aquí cerca y ...
- Ah, sí, me parece perfecto - respondí simulando interés y sacando a relucir el hipócrita que ni sabía que llevaba dentro
- ¿Quieres que te de mi teléfono?
- No, dejá, mejor te doy yo el mío

Nada más despedirnos, con dos besos y la promesa de encontrarnos de nuevo, me volví para observarla de espaldas “¡qué hija de puta!,¡está cada día más buena! , me dije a mí mismo, evocando viejas sesiones de cama y preguntándome si había hecho bien al darle un número inventado.

martes, 29 de diciembre de 2009

Hotel

Le gustaba ése hotel. Construido inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, presentaba una apariencia sólida y duradera, con mucha piedra caliza por fuera y rojizo mármol italiano en el interior. A cada paso, una palpable materialidad de añeja distinción se veía reafirmada por detalles como el brillo de embellecedores de bronce o los tonos oscuros de las maderas nobles del mobiliario. Incluso el personal parecía tener un aspecto vetusto, desde lo físico hasta en el vestir, como si ahí adentro el tiempo transcurriera a distinta velocidad que en el mundo exterior. Por eso, cada vez que Daniel entraba en el Majestic, se sentía invadido por gratas ensoñaciones de otras épocas y a su mente acudían maharajás y cabareteras, espías de potencias extranjeras, millonarios con amantes y decadentes actrices que se entregaban a vicios inconfesables en la penumbra de sus habitaciones. Recién cuando pasaba al elegante bar de la planta baja y echaba un primer trago a su whisky conseguía desprenderse de sus alucinaciones y centrarse en la realidad. Estaba allí, como cada semana, para encontrarse con una mujer y si bien no temía la cancelación de la cita, miraba el reloj con cierto nerviosismo, más propio de su natural impaciencia que de temores fundamentados. Por fin, cuando apenas pasaban cinco minutos de la hora fijada, Natalia irrumpió en la refinada estancia, vestida con un elegante abrigo de visón, un traje sastre negro con medias a juego y el pelo, aún húmedo, recogido en una coleta. La precisión de sus gestos y la energía de su andar, potenciaban su imagen de cuarentona burguesa y desenvuelta, dinámica y tan segura de su atractivo que consentía con desprecio las deseosas miradas de los hombres con que se cruzaba.

- ¿Querés tomar algo? – le preguntó él
- No, mejor subamos – contestó ella con media sonrisa

En el cuarto, el 310, mientras Daniel abría la ventana y bajaba la persiana, Natalia se desprendía de sus prendas hasta quedarse únicamente engalanada con una sedosa combinación negra. Sabía que el negro contrastaba con su blanquecina piel y evidenciaba aún más sus aparentes encantos, inflamando la líbido de un amante deseoso de tomar posesión de su cuerpo.

- ¿Estás tomando algo para estar tan buena?
- Sí…….a ti

Tras la ducha, mientras se vestían, no podían evitar ver su satisfacción por el buen sexo compartido empañada por la frustración de tener que marcharse. Pero pronto se consolaban; la promesa de futuros encuentros les dibujaba una sonrisa sólo borrada cuando, al llegar a la calle, consultaban con aprensión sus respectivos relojes:

- Uy, se me ha hecho tardísimo querido, me voy corriendo a recoger a los chicos al colegio
- Sí, yo también me voy volando que tengo una reunión con un cliente
- ¿Podrías traer uno de esos panes de centeno tan buenos de al lado de tu oficina para la cena?
- Claro
- Te quiero, mi vida
- Y yo a vos, corazón.


PD: Él es argentino; ella, no.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Morbo doméstico

- Decíme ¿vos me querés? – me espetó mi esposa con su mejor cara de enojo
- ¿Perdón? - respondí arqueando las cejas y haciéndome el boludo
- ¿Que si vos me querés - reiteró la pregunta alzando aún más la voz

Antes de que yo tuviera tiempo a contestarle, retomó la palabra y se embaló en sus reproches:

- Porque si me quisieras no te portarías así y no me avergonzarías ante mis amigos…pero quién te pensas que sos, querido ¡ te sentís demasiado inteligente para ellos? … me tenés podrida con ese sentirte superior a los demás…
- Sí, ahora que lo decís, sí , me siento más inteligente que ellos y que muchos de mis amigos incluso pero, con todo mis amigos son mis amigos y a los tuyos no tengo porqué aguantarlos…..
- Pero por qué no te mirás un poquito a vos mismo.....no entiendo porqué te hacés el insociable, cuando en realidad sos un tipo de conversaciones brillantes, que encandilás a la gente a tu antojo y dejás la sensación de ser alguien encantador y seductor….decíme ¿ lo hacés para joderme, no ? …porque sino, te juro que no lo entiendo
- ¿Esos son tus amigos? dejáte de joder, flaca ¡¡.. …si son una banda de forros, snobs menguados de inteligencia que no tienen de qué hablar….ellas no son más que unas calienta braguetas que me tocan con sus pies por debajo de la mesa o me pasan su teléfono cuando vos te vas al baño y ellos unos pelotuditos más vacíos que la palabra D-os en labios de un descreído…sobre todo el taradito de tu jefe, con ese pelo de virulana y dándoselas de enólogo desde la cabecera de la mesa diciendo: “nmmm, está afrutado” tras catar el vino ……pues claro, pelotudo, cómo no va a estar afrutado si sale de la uva …¡¡¡¡ No me banco a esa gente….arquitectos de medio pelo .…con la Bauhaus siempre prendida en los labios y disertando sobre Jamaica y otros sitios exóticos a los que en su puta vida viajarán…
- ay, claro, y como vos sos el intelectual, el bohemio, el escritor….el porteño canchero y cosmopolita, estás por encima de todo eso, no ? …no sé cómo te aguanto…sos sos…..
- ¿Soy qué? decímelo ….¿soy qué? – estallé fuera de mí
- Sos…..no sé lo que sos pero cuando te ponés así, me das asco – me escupió con cara de desprecio
- ¿Qué? ¿qué te doy asco? – pregunté indignado – vení acá, vení acá, que te voy a dar asco de verdad, turra…

La agarré del brazo y la arrastré violentamente hasta el dormitorio. La tiré sobre la cama y tumbándome encima de ella comencé a arrancarle la ropa sin miramiento alguno y despreciando sus repetidos y desesperados gritos de NO.
Apenas media hora después, recuperando la respiración todavía entrecortada por el esfuerzo y el cuerpo perlado de sudor, fumábamos mirando al techo e intercambiábamos unas breves palabras post-coito:

- me encantan estos juegos, mi vida – me dijo pasándome las uñas por el pecho
- a mí también – contesté con orgullo de macho complacido
- pensáte algo para la semana que viene y volvemos a dejar a los nenes en casa de mis viejos..…porque esto de la esposa enojada ya dió mucho de sí..
- ¿no querés repetir con el lobo y caperucita, el señor y la mucama, María Antonieta y el lacayo o la amiga de mi hermana que viene a dormir a casa?
- No, mejor algo nuevo, ¿no te parece?
- Sí, tenés razón….... vos no te preocupés y dejámelo a mí, que mañana o pasado seguro que se me ocurre algo...
- Te quiero, querido
- Y yo a vos…..
- ¿apago la luz?
- Por favor

CLIC

La misma piedra

Se terminó enamorando. Por casualidad, como ocurre siempre en estos casos pero, una vez más, de la persona equivocada. Su natural tendencia a aproximarse sentimentalmente a las mujeres menos convenientes se había vuelto a manifestar, reiterándose en el error. En las ocasiones que, dejando de lado su vocación de picaflor no profesional, se involucró en historias pretendidas de largo alcance y profundo calado, retornó a la amargura del fracaso personal, a la irascibilidad del optimista decepcionado y a su existencia errática de solitario maldito.
Sin embargo, ahora las cosas eran muy diferentes. Hacía tiempo que había dejado de ser un adolescente de frágil corazón y espíritu excesivamente sensible. Atrás quedaron los goces sórdidos y el apego enfermizo, los cuestionamientos sin pausa y la muerte a cuotas que sucedían temporalmente a cada uno de sus reveses amorosos. Ya no tenía tiempo para lamentaciones, aún cuando la herida hubiese sido inesperada. Debía borrar inmediatamente cualquier vestigio de la presencia del otro, de ella, y sostenerse con entereza y dignidad, evitando la más mínima idealización que envenenara su conciencia.
Mientras pensaba en esto, una iniciativa ingenua le vinó a la mente provocándole una mínima sonrisa. ¿Por qué no te duchas, te vistes con tus mejores pilchas y sales a la calle a dar una vuelta?. Lo meditó un instante, sin siquiera cambiar el gesto, fumando plácidamente junto a la ventana de su cuarto y mirando el espeso tráfico de la calle. Con la última calada la decisión ya estaba enteramente tomada.
Apenas media hora después, empapado en perfume y reafirmado en la lúcida superación del dolor, se encaminó a la av. Corrientes, tentado por un desmesurado optimismo y algún encuentro predestinado en forma de mujer.

martes, 22 de diciembre de 2009

Casi igual

Caminé hacia la ducha, semidormido y resacoso, abandonando la insana y hostil penumbra de mi cuarto. La oscuridad y los densos vapores de alcohol y tabaco retrocedieron al abrir la ventana y levantar la persiana, dejando paso a una poderosa bocanada de aire fresco y un agradable olor a tierra mojada. Afuera llovía con insistencia y el cielo mantenía un tono plomizo como de algodón sucio, conformando un conjunto que, lejos de entregarme a la melancolía, me provocaba una moderada alegría y una creciente efervescencia existencial. Desde niño me gustaba la lluvia y a estas alturas de la vida pocas cosas son las que cambian. Tras bañarme, tomé un café bien cargado y un par de aspirinas, notando al instante cómo mi cabeza se aliviaba de un molesto martilleo en las sienes y el conjunto de mis músculos aceleraban su respuesta a mis órdenes.
Salí de casa y, apenas un cuarto de hora más tarde, ya me encontraba sentado a una mesa en un Café cercano a mi domicilio. El local, contrarrestaba su aspecto decimonónico, de aires añejos y pretensiones palaciegas, con modernos afiches de representaciones teatrales y retratos de estrellas del celuloide cargados de mucho colorido, sobre todo rojo y amarillo. Aparte del decorado, a mí me gustaba el lugar, porque me permitía deleitarme en especulativas elucubraciones sobre los eclécticos personajes que por él transitaban; desde viejos degenerados de pelo teñido con betún hasta jóvenes pichicateros, pasando por jovatas que te mandaban guiños o retirados oficiales de la Bonaerense que se reunían con otros indeseables para maquinar oscuros negocios. De todo había y, los viernes al anochecer, se congregan puntualmente no menos de una docena de adolescentes vestidos de negro, de esos que escuchan a los Bauhaus o The Cure, toman Bloody Mary y se saben al dedillo los cuentos de Poe, Lovecraft y la biografía de Bela Lugosi.
Sintiéndome algún sesudo personaje de Borges, pedí un café con leche y medialunas mientras me entretenía emborronando mi libreta con notas para la novela que estaba escribiendo. No lograba pasar del capítulo VI y cuanto más me empeñaba en encontrar una solución, más me empantanaba, poniendo en duda todo lo escrito hasta entonces y sopesando la posibilidad de comenzar de nuevo desde el principio. Aburrido y desmoralizado, me dejé distraer por las voces que me llegaban de la mesa contigua. No hablaban de nada especialmente atrayente sino de cuestiones pragmáticas sobre el pago del alquiler, domiciliación de gastos y otros similares, hiriendo mortalmente mis expectativas de escuchar teorías interesantes que después pudiera sacar a relucir como propias en medio de cualquier reunión. Así que, más aburrido de lo que ya estaba, me decanté por encender un cigarrillo y mirar por la ventana. Durante un rato, me entretuve mirando a la gente correr bajo la lluvia y contando cuantos coches negros cruzaban el semáforo de enfrente cada vez que se ponía en verde. Semejante ejercicio de entretenimiento, no daba para mucho pero menos me apetecía retornar a mi departamento y sumirme en las sombras. Fue justo entonces, cuando un ruido de sillas arrastradas me sacó del ensimismamiento; a escasos metros de donde yo estaba, una belleza morena y treintañera, se abría paso hacia la única mesa que quedaba libre. Enseguida se sentó, hizo su pedido al mozo y comenzó a leer el libro que llevaba bajo el brazo. Me gustó nada más verla, así que la observé con interés, seducido por la salud que emanaba su tez bronceada, la finura de sus rasgos faciales y las curvaturas de su cuerpo que, de inmediato me hicieron imaginar placeres concretos. Como soy un tipo educado, mi observación era disimulada y si me cazó en varias ocasiones mirándola fue por razones que nada tenía que ver con la casualidad sino con una innata atracción mutua. A la tercera coincidencia, ninguno apartó la vista, y nos sonreímos, dándonos a entender que ya éramos grandes para ser tan boludos. Visto que además había cerrado el libro, interpreté la escena como una invitación y, ni corto ni perezoso, me acerqué y pregunté si podía sentarme a su mesa.
- claro, sentáte – contestó sin perder la sonrisa
- no sé si viniste a leer o no pero, en cualquier caso, está claro que te impresioné
Por un instante pareció sorprendida pero no se ofendió lo más mínimo y me siguió el juego a la par:
- podría decirte que no y hacerme la interesante pero, prefiero ser sincera y decirte que sí; me impresionaste…..me gusta tu estilo
- como decía una vieja propaganda de cierto perfume: “la primera impresión es la que cuenta” y, en tu caso, también la segunda, porque es una grata sorpresa ver que estás leyendo a Clarice Lispector
- en realidad la estoy releyendo, porque hace tiempo que leí toda su obra….me gusta leer para aprender más sobre la vida y no simplemente por entretenimiento o adquirir más cultura….eso me parece demasiado simple….y con el cine me pasa tres cuartos de lo mismo
Continuamos cambiando pareceres sobre las diferentes formas de arte y la vida, la decadencia del género humano y la dificultad de toparte con gente afín cuyo trato te enriquezca en vez de vaciarte. Junto con la atracción inicial, física e intuitiva sobre el resto, iba creciendo la sensación de convergencia y la confirmación de cómo el significado de cada encuentro es algo que se nos escapa. Así que, sin ganas de separarnos, decidimos ir a cenar a cualquier parte, sin rumbo fijo y despreocupados por la lluvia que arreciaba.
- nunca llevo paraguas - dijo con naturalidad y no a modo de excusa
- entonces yo soy tu hombre
Con su mejor sonrisa, me agarró de la mano y echamos a andar calle abajo. No sé lo que pensaba ella pero yo, veía claro lo que pasaba por mi mente: “de ser mujer, sería ella”.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Lo ordinario

Marcelo Tauber tenía una sensibilidad demasiado cultivada y una capacidad de análisis y percepción del entorno que, hacía ya tiempo, le permitió traspasar el umbral de la tolerancia. Por si fuera poco, por esas fechas habían rechazado, por enésima vez, su novela, debía volver a sellar la tarjeta de desempleo y el contestador guardaba un mensaje de su ex que no se atrevía a escuchar. Se sentía mal. La opresión existencial y la irascibilidad crecían en él con riesgo de desembocar en una enajenación emocional de impredecibles consecuencias. Acuciado por el goce sórdido de recrearse en el infortunio, mataba el tiempo vulgar paseando por las calles o sentándose en los bancos de cualquier parque a leer el periódico y observar a los transeúntes. De tanto en tanto, haciendo escala en sus paseos, entraba en algún bar a tomar un café mientras se entretenía en resolver los crucigramas de los periódicos; un hobby sencillo que apenas le demoraba unos minutos. Ayer, para su disgusto, los diarios estaban ocupados así que dedicó su estancia a la observación del entorno humano. Desde su acostumbrada posición periférica, tenía una visión casi panorámica de la pintoresca fauna de espíritus obtusos allí congregados: una vieja diezmaba su jubilación jugando compulsivamente en una máquina tragaperras, un grupo de secretarias entradas en carnes fumaban afectadamente mientras devoraban bocadillos de panceta y parloteaban sobre la dieta mediterránea, un trío de jovencitos, a quiénes la profusión de granos delataba como socios de la Secta de Onán, bebían cervezas directamente de la botella y se limpiaban la boca con el dorso de la mano, dos acartonados bancarios se recreaban en la seriedad y una formalidad al pedo, queriendo aparentar una importancia que no tenían, unos achaparrados cincuentones de barrigas redondeadas y culo escurrido imitaban el baile del Chiki Chiki, una madura con pantalón de chándal y zapatos de tacón buscaba sitio para acomodar su carrito de la compra, un tipo anodino daba cuenta de un desayuno tardío de porras y café con leche, mojando con terquedad y goteando sobre la barra y su camisa, un currito asentía las supuestas gracias de su trajeado jefe que repetía, de cara a la galería que “ésta ministra de defensa va a poner firmes a todos los miembros del ejército” y otras lindezas machistas propias del calzonazos que se libera fuera de casa.
Ante semejante paisaje, numerosas preguntas acudieron raudas a su mente: desde si reunirlos ahí respondía a algún tipo de experimento sociológico, abaratando los costes de traer a otras especies animales, hasta intentar acertar de qué campo de exterminio mental se habían fugado, porqué tenían que compartir siglo con él o cómo sería D-os si éstos también estaban hechos a su imagen y semejanza. No encontró respuestas y tampoco importaba. Demasiado tenía con soportar sus propias desventuras. Apuró el café, pagó y salió, con la sonrisa de saber que si el hombre vino del mono, éstos lo hiceron por un atajo.