lunes, 15 de noviembre de 2010

Cambio de rumbo

Rodolfo Barnato pensó que, cambiando de ciudad, su vida pintaría de otro color. La lejanía de su familia (en España), el acumulativo tedio que arrastraba desde antiguo y un reciente desencuentro amoroso lo empujaron a tomar una de esas decisiones, que muchos desean llevar a cabo, pero pocos se atreven a realizar. Decidido, y sin darle chance a la duda ni a la incertidumbre, compró un gran mapa de Argentina y se sentó en un Café de Corrientes a contemplarlo con ánimo de estudio. Buscaba un lugar al que ir, y repetía en voz alta el nombre de las numerosas localidades representadas según las iban descubriendo sus ojos.
Como ninguna le provocaba la más mínima sensación al retumbar en sus oídos, optó por dejar la decisión de su destino geográfico en manos del azar. Cerró los ojos y apoyó el dedo índice, a boleo, sobre el papel. Al abrirlos, comprobó que su uña señalaba una ciudad que no conocía pero siempre le había interesado (como tantas otras): Rosario. Recordó que su padre hablaba a menudo de ella, sacando a relucir, de un modo periódico, al ilustre matemático italiano Beppo Levi, quien trabajara durante 22 años en la Universidad Nacional de dicha ciudad y cuya tumba, en el cementerio judío, acudió a visitar en más de una ocasión cuando él era un pibe. “Rosario, Rosario, Rosario”, repitió Rodolfo en voz baja varias veces, como si al hacerlo confirmara lo acertado de la azarística elección y el susurro fuera un conjuro para un éxito inmediato. A partir de este instante, las ilusiones, el optimismo y una creciente ansiedad se apoderaron de él de un modo absorbente hasta lo enfermizo. Vendió enseguida su restaurante, ubicado a apenas doscientos cincuenta metros de la Casa Rosada y, sin esperar a tener la plata, telefoneó a Barcelona a su amigo Oriol Vallantines, proponiéndole participar en la nueva aventura vital que iba a emprender. Oriol, que se asemejaba al hermano que nunca tuvo, era hijo de un judío catalán de orígen escocés a quien el padre de Rodolfo había conocido en Buenos Aires y vendido, allá por los sesenta, un hotel: el Vaccara.
Desde entonces, las dos familias habían mantenido un trato estrecho, como si las ligara algún cercano parentesco, y no simplemente una puntual operación comercial en común. Por eso no fue casual que, con la llegada de los milicos, los Barnato y los Vallantines emprendieran juntos el exilio, radicándose en Barcelona, donde los llevó el barco italiano que cubría la línea Buenos Aires-Río de Janeiro-Lisboa-Barcelona-Génova. La buena estrella se posó de tal modo sobre los dos clanes, que el triunfo en todo lo que emprendían superaba las más optimistas previsiones. Así, por ejemplo, mientras los Barnato abrían un hotel que poco tenía de modesto, los Vallantines probaban suerte con la gastronomía, con tal tino que su establecimiento es, hoy en día, uno de los más reputados de toda Cataluña. Pero, por encima de estos notables éxitos empresariales, el hermanamiento entre unos y otros se acrecentó sin pausa con el transcurrir de los años, lo que no deja de ser casi una anomalía en estos tiempos de desapego. Por eso no extrañó que, cuando un lustro antes Rodolfo regresó a Argentina para abrir un restaurante en el corazón de Buenos Aires, Oriol dudara hasta el último momento si acompañarlo o no. Ahora, por el contrario, y quizás para desquitarse, no vaciló ni un instante en cruzar el charco y aventurarse ante la propuesta de su amigo. A fin de cuentas, lo único que podía perder era dinero, y esto era algo que no suponía un problema para ninguno de ellos.

No habían transcurrido ni cinco meses después de aquella llamada, cuando Rodolfo y Oriol inaguraban un restaurante en la zona más comercial de Rosario, bautizándolo como Vaccara, en un claro guiño a la melancolía y los tiempos pasados. El local era elegante, pero sin caer en excesos ni esnobismos. Un lugar sobrio, casi clásico, que escapaba de modernas decoraciones que hacía que los restaurantes parecieran laboratorios y éstos, restaurantes. La filosofía del mismo quedó bien definida desde un principio, y consistía en ofrecer comida elaborada a precios asumibles, donde la gente fuera a disfrutar de la gastronomía y no a exhibirse o dejarse ver.

Una noche de entresemana, cuando el Vaccara llevaba poco más quince días de funcionamiento, se presentó a cenar una mujer que llamó poderosamente la atención de Rodolfo. Alta, de piel trigueña, ojos oscuros que se aclaraban al mirarlos de cerca, y una melena color ébano, de tendencia ondulante mitigada a base de cremas suavizantes, componían un conjunto que, a pesar de ciertas desarmonías (bocas y nariz grandes, mentón prominente y caderas mediterráneas), seducía mejor que la simple y desnaturalizada belleza. Tal impactó le causó la visión que, instantáneamente, se arriesgó a predecirle una futura trascendencia en su vida.

- ¿La conocés? – preguntó Oriol, en un recuperado acento argentino, intrigado por el ensimismamiento con que su amigo la miraba
- No – reconoció – pero va a ser mi mujer – sentenció de inmediato
- Vos viste muchas películas…
- Mirá, Oriol, ya sabés que en mi casa somos supersticiosos y no nos gusta adelantar el destino por miedo a que la vida castigue nuestra soberbia, pero…en esta ocasión voy a ser una excepción. Así que anotá el día de hoy y escuchá bien lo que te digo: voy a casarme con ella.
Oriol se quedó mirando a Rodolfo. Comprendió que hablaba en serio, como nunca antes lo había hecho en su vida.
- Adelante, hermano, acérquesele nomás, y que la suerte le acompañe – lo animó, utilizando el usted para dar más solemnidad a su sincero consejo
Rodolfo se aproximó decidido a la mesa donde la mujer cenaba sola. Esta lo recibió con una amplia sonrisa, e invitó a tomar asiento con una afabilidad que le sorprendió gratamente. Semejante proceder no se estilaba en las mujeres que él había conocido y, la novedad, le convenció aún más en su pálpito respecto la excepcionalidad de ella.
- Me llamo Alma Baredes – se presentó, extendiéndole una mano larga, de finos huesos y libre de anillos.
- Yo, Rodolfo, Rodolfo Barnato – contestó él, reteniéndosela entre la suya

A partir de aquí, de este encuentro tan predestinado como cualquier otro, Alma y Rodolfo no volvieron a separarse, contrayendo finalmente matrimonio, en la Municipalidad de Rosario, a los 3 meses de conocerse. Al banquete que le siguió, celebrado en una quinta de las afueras, asistieron todos los Barnato y todos los Baredes, los Vallantines y unos contados amigos más.

Antes de que la feliz pareja partiera para su luna de miel en Praga, Rodolfo acompañó a su padre al cementerio, donde recitaron el kaddish y depositaron piedritas sobre la lápida de Beppo Levi. Para uno, era la primera vez. Para otro, el retorno a algo añorado. Pero, para los dos, un rito cuya finalidad y trascendencia escapaba y que ponía de manifiesto, una vez más, que la vida está llena de misterios y, la mitad, nadie conoce.

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martes, 9 de noviembre de 2010

No más de 4

Ernesto jamás se imaginó escuchar aquellas cuatro palabras de boca de una mujer. Y menos de la que amaba. Por eso, cuando ella dijo por teléfono: “Vos hacé tu vida”, a él le costo entenderla. Para colmo, y esto fue algo que más tarde no dejaría de escocerle, las soltó sin emoción alguna, y con una voz tan calma y neutra, que más pareciera estuviera hablando con un desconocido que con el hombre con quien compartía su vida desde hacía 3 años (sin contar los 2 previos de noviazgo).

Desde entonces, Ernesto no volvió a ser el mismo. Algo se rompió en su interior ese fatídico día, y sus posteriores intentos por recomponerlo fueron tan penosos como inútiles. Había perdido el equilibrio emocional, quedando a la intemperie y a merced de impulsos antes inactivos. Sin querer, pero sin oponerse, se dejó llevar por éstos, entregándose con poca mesura a conquistar cuanta mina se le cruzaba. Con ellas, tenía el éxito asegurado ya que, a su habitual y efectivo encanto de hombre varonil, sumaba ahora un creciente desapego existencial que lo volvía más atractivo, casi irresistible para la mayoría (hay quienes apuntan que uno siempre se relaciona con la misma mujer, aunque todas sean distintas).

En las desesperadas relaciones que siguieron a la ruptura, Ernesto buscaba algo que iba más allá del desahogo físico, y que en nada pasaba por encontrar una compañera. Quería demostrarse a sí mismo, y sobre todo a su ex, lo equivocada que ésta estaba cuando le dijo lo que le dijo, imaginando cómo el dolor por su ausencia y el saberlo acostándose con otras, la traería de vuelta, arrepentida y suplicante. Sin embargo, la realidad siempre se manifestaba de modo bien distinto, y después de cada acto sexual le llegaban unos indeseados efectos secundarios en forma de culpa y angustia. Una especie de resaca moral que lo embriagaba de tristeza. Sentía que estaba traicionando a “su mujer”, y una incontenible necesidad de escapar lo llevaba a refugiarse en la bebida, el rezo o cualquier otra alternativa con que poder mitigar la neurosis.
Por desgracia, los efectos positivos de estas terapias no pasaban de lo efímero, y su cerebro no tardaba en volver a sentirse acosado con lo mismo de siempre. Con esas cuatro malditas palabras que sonaban, una y otra vez, con idéntica y monótona música:

vos hacé tu vida, vos hacé tu vida, vos hacé tu vida, vos hacé…

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Liliana

Había engordado de cintura para abajo, y su piel se había ajado un tanto, desplegando una amplia red de fina arrugas cada vez que sonreía. Sin embargo, a pesar de todo, una belleza de esencia se imponía a las huellas del paso del tiempo, confiriéndole el sano atractivo de mujer madura que ha sabido envejecer, al desprecio de frivolidades y aceptándose tal como era.

Esa tarde, tomamos café y hablamos de generalidades, gambeteando hábilmente al por qué de nuestra separación y evitando la pueril especulación de lo que pudo haber sido y no fue. Charlamos cordialmente, y nos sonreíamos a cada instante, pero sin coincidir las miradas. Preferíamos, a modo preventivo, fijarnos el uno en el otro de un modo intermitente, con miedo a que nuestros ojos encontrados, y el silencio, fueran tan elocuentes que las palabras carecieran de significado. A pesar de que habían transcurrido diez años de lo nuestro, aún eran muchas las mañanas en que ella era el primer pensamiento que acudía a mi cabeza al levantarme.

Me contó algunos pormenores de su exitosa carrera periodística que yo seguía muy de pasada porque, ante la dolorosa perspectiva de desayunar cada día leyendo sus artículos, optaba por cualquier otra menos evocadora. En lo referente a su vida emocional, omitió hacer cualquier mención. Yo no insistí; no quería saber que su cuerpo era disfrutado por otro, tal vez más alto, más guapo, más encantador y con más dinero que yo. Por mi parte, le hablé de mi anodina existencia, ficcionando generosamente una realidad en la que el destino había hecho estragos desde que nos habíamos separado.

Al despedirse, y tras darme un beso más cálido de lo normal (así me lo pareció) en la mejilla, se volvió antes de salir por la puerta, y me dijo:

- Si te sirve de algo, siempre me arrepentí de dejarte

Se me antojó que lo decía en serio pero, incapaz de contestar algo, y mucho menos de salir corriendo tras ella, me quedé parado como un boludo, sin hacer otra cosa que guardar silencio y dejarla marchar. Desde entonces, aquella frase es mi único consuelo.

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miércoles, 20 de octubre de 2010

S.S. en Paraguay

A efectos meramente informativos, les diré que me llamo Ariel Benador y les voy a contar algo que mi padre me narró mediando los ochenta. La historia en cuestión acaeció en Paraguay, donde por aquel entonces mi progenitor desempeñaba labores diplomáticas de un país cuya identidad no viene al caso, y había llegado a sus oídos de boca de uno de los personajes implicado en los hechos:

Asunción, mil novecientos cincuenta y tantos.
En el despacho del presidente de la filial paraguaya de una gran compañía de automoción alemana, se presentó un individuo de unos sesenta años, tez cetrina, nariz huesuda, ojos huidizos de animal acosado y un incipiente encorvamiento de la espalda que potenciaba el aspecto enfermizo de su extrema delgadez.

- Siéntese, querido Hans – le dijo el director, un gordo de cabeza bestial y rasurada
- Sí, señor – respondió con humildad el recién llegado
- Usted sabe, querido Hans, que estos son tiempos difíciles para nuestra gente. Los norteamericanos y los malditos judíos no paran de acosarnos, y debemos ser muy cuidadosos. Aunque de momento contemos con la colaboración del gobierno militar, en la política las tornas cambian con rapidez y esta gente no se mueve más que por el interés y las componendas económicas. No tengo que decirle cómo son estos negros… Su foto, además, está siendo difundida por todo el mundo y eso no es nada bueno para la causa, como tampoco para esta empresa que siempre se ha portado tan generosamente con usted.

- Sí, señor, y se lo agradezco
- Lo sé, Hans, lo sé, pero hemos pensado que sería bueno que desapareciera por una temporada. No le va a faltar de nada y, cuando la cosa se enfríe un poco, pues entonces…
- Perdone que lo interrumpa, pero cuando dice “hemos pensado” ¿a quiénes se refiere?
- A nuestros antiguos camaradas de las SS, naturalmente
- Ah ¿y por qué no fui informado de esa reunión?
- Bueno, no se ofenda, pero pensamos que sería mejor no avisarle, usted no sería objetivo. Alemania y el mundo le deben tanto, que queríamos demostrarle, de alguna forma, o sea, con hechos, nuestro más sincero agradecimiento
- Comprendo

- Abajo, mi querido Hans, dos hombres le están aguardando para llevarlo a un refugio seguro, y no se preocupe por nada; lo vamos a cuidar.
- Está bien, si así lo quieren los camaradas

Se despidieron, taconeando a la alemana e izando el brazo:
- Heil Hitler

- Heil Hitler

En el vestíbulo del edificio, un par de tipos de acentuados rasgos arios lo condujeron, en silencio, hasta un Mercedes Benz negro estacionado en la puerta.

Esa misma semana, las páginas marginales de los periódicos nacionales informaron de la aparición de un cadáver flotando en el Paraná. Correspondía a un varón de mediana edad, con las manos cortadas mecánicamente y el rostro deformado, parcialmente devorado por los peces. Según la cédula de identidad que portaba en uno de sus bolsillos, se llamaba Heriberto Peralta y era natural de Asunción.
La escasa o nula notoriedad de la noticia chocaba con la anormalidad de otros tres sucesos ulteriores relacionados con ella. Por un lado, la cúpula de la filial de la firma alemana, convocada a la sede de Hamburgo con carácter de urgencia, fue renovada por completo. Por otro, un ciudadano alemán, con documentación falsa a nombre de Eladio Valdés fue hallado, dentro de su vehículo y con múltiples impactos de bala en el cuerpo, a escasos kilómetros de la frontera con Argentina. Finalmente, el responsable de Seguridad de la Embajada de Alemania en Asunción pereció acribillado en una calle de la capital cuando salía, bien entrada la madrugada, de un afamado prostíbulo (los análisis balísticos pertinentes indicaron que la munición ,empleada en ambos crímenes, pertenecía a una pistola Beretta de 9 mm., como las que utilizan los profesionales)

Apenas un mes después de los hechos, el Centro Simón Wiesenthal comunicaría que el cuerpo identificado como Heriberto Peralta se correspondía en realidad con Hans MeyerKopf, ex general de las Waffen SS y responsable de deportaciones masivas de judíos en Hungría (1944-1945).
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viernes, 15 de octubre de 2010

Un tipo amargo

Su amargura vital se debía, esencialmente, a su falta de coraje para estar a la altura de las ilusiones. Pero esto fue al principio porque, con el paso del tiempo, la resignación se asentó de tal modo en su interior, que las ilusiones murieron y el entorno pasó a resultarle indiferente. No esperaba a nada, ni a nadie, y su único deseo era que los días transcurrieran de manera indolora, sin diferenciarse los unos a los otros, y encaminándole sin dilaciones hacia uno cualquiera, dictado por la casualidad, donde finalmente dejara de existir. Lástima que esa fecha señalada se retrasaba más de lo deseable, haciendo de sus jornadas una constante plenitud de la nada; madrugaba, montaba en el metro, iba a la oficina, desayunaba, regresaba a casa, comía, dormía la siesta, leía algo, veía estúpidos programas televisivos, cenaba, se acostaba, escuchaba a anodinos locutores de radio, cerraba los ojos, y enseguida amanecía otro día, sin ni siquiera el consuelo de haber soñado. Sin embargo, debajo de todo este vacío existencial, subyacía cierto orgullo (es bien sabido que brota de cualquier cosa) por poseer una realidad, y un destino tan estéril, pero tan único. Nadie era como él, y cuando coincidía con la gente, no se esforzaba lo más mínimo en mitigar el sentimiento de superioridad que le aquejaba. Todos le parecían tan idiotas y simples, con sus conversaciones de tres al cuarto, sus lecturas de pseudo-literatura, y sus aspiraciones pequeño burguesas por cambiar de coche o de vivienda, que tenía la sensación de pertenecer a otra especie. Al verlos, comprendía que tal vez la felicidad fuera eso; desconocer las propias limitaciones y aceptar las migajas que nos ofrece la vida. O al menos así podía ser para el común de los mortales, pero no para él. No se conformaba con medianías, y por eso, por no poder tenerlo todo, fue que se fue dejando morir en vida, sin darse al menos una oportunidad de la mano de subterfugios como la religión, el amor o el psicoanálisis. La solución tenía que estar en su interior. Quizás por eso leía, para no afrontarse a sí mismo y poder evadirse en ficciones hasta su total desaparición, con la resignación de un destino injusto (eso creía) y enarbolando la derrota con dignidad de vencido.

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martes, 28 de septiembre de 2010

Otro doble

* PULSIÓN

El caudal de cinismo con que se expresaba, no conseguía neutralizar totalmente ese poso de angustia y negatividad que, desde siempre, habitaba en su interior. No era el mismo cuando estaba en compañía de amigos, o de quién fuera, que cuando estaba sólo. Era, en estos momentos, de íntima soledad, cuando barajaba la idea del suicidio con la familiaridad de lo recurrente y la inseguridad de una pastilla de jabón en las manos. Quería suicidarse, aún cuando, de más en más, sabía que esta pulsión latente que arrastraba desde niño nunca iba a materializarse. Le gustase o no; era un superviviente.


* PRESENCIA

La odiaba. Ella lo había olvidado fácilmente y él, por el contrario, no iba a poder olvidarla en lo que le restara de vida. Este desequilibrio de memorias le dolía más que ninguna otra injusticia padecida.

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jueves, 23 de septiembre de 2010

Por partida doble: OFF y YO-YO

* OFF

Temía haber perdido, de manera irreparable, la conexión con el mundo de la imaginación y la fantasía. Si siempre había atraído palabras e historias sin apenas esfuerzo, desde la publicación de su última novela, hacía ya tres años, un enorme desasosiego, que le impedía escribir, se apoderaba de él cada vez que se sentaba ante el teclado de su ordenador. Lo que en un principio consideró una crisis de creatividad pasajera, se tornó en un mal crónico que le llevó a tomar plena conciencia de su actual inoperancia. Para exorcizar tamaña fatalidad, intentó permanecer ocioso, relajado, creyendo que la tranquilidad le dotaría de un estado anímico adecuado para romper la tendencia de esterilidad literaria en la que estaba inmerso. Ante la inoperancia de la medida, decidió entonces recurrir a algo más drástico; aprovechando los efímeros ataques de furia que le asaltaban de vez en cuando, se entregó casi religiosamente al alcohol y las drogas, creyendo que, de esta manera, podría acceder a zonas nuevas de su conciencia o sino, retornar a las ahora olvidadas. Tampoco esto dió resultado, por lo que la desesperación, y el sentirse acorralado, hicieron tal mella en él, que no vió más alternativa que dejarse llevar por la indolencia y poner su caso en manos de las musas o el azar.

Sin embargo, y a pesar de todo lo sufrido, un último y pequeño poso de esperanza continúa subsistiendo dentro de su corazón. Así, cada mañana al levantarse, una misma primera orden palpita en su cerebro a modo de deseo: “poder escribir una frase que le conmueva”.



* YO-YO

Creía que el dolor disminuiría a medida que se difuminaran los recuerdos, y tenía razón pero, había ciertas cosas que se resistían a desaparecer. Aún cuando le engañaran con cortos y esperanzadores períodos de ausencia, siempre terminaban volviendo; una foto encontrada al poner orden en el escritorio, una canción que sonaba mientras tomaba el desayuno, el rastro callejero de un perfume antaño familiar, o el rencuentro con una vieja amistad común, era más que suficiente para que la nostalgia empañara su ánimo, y los viejos episodios se fijaran en su mente como postales. Por si fuera poco, debía disimular ante su esposa. No por amor, sino por miedo; por miedo a herirla, a que descubriera el desengaño, a que intuyera que la eligió porque era una alternativa medianamente satisfactoria, y a que, finalmente, cayera en la cuenta que se casó con ella porque no tenía pasado.

Su vida se había convertido en algo tan ordinario, limitado e insípido, que ya sólo se conformaba con subsistir. Para ello, apenas precisaba nada. Le bastaba, únicamente, con no ser un malagradecido.

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