Sentado en el Café Soleil, pasaba solitarias horas matinales espiando lo que podía verse desde el gran ventanal. Generalmente, me concentraba en intentar descifrar lo intangible, lo que corría por debajo de las apariencias de lo obvio, cómo si algún lenguaje en clave se manifestara para quien supiera interpretarlo: una especie de jeroglífico metafísico que la vida nos presentaba con ánimo lúdico y sapiencial, algo impalpable y notorio aún en su invisibilidad pero que estaba ahí, junto a nosotros, danzando a nuestro alrededor. Buscaba señales, presagios, una forma distinta de percibir la realidad e interpretarla con ánimo de predicción y posterior dominio. Ni que decir tiene que jamás logré nada más que matar el tiempo, lo cual no era poco para alguien que, como yo, disponía de dicha materia prima en grandes cantidades. Una de aquellas ociosas mañanas, ubicado en mi mesa habitual, y entregado a lo descrito, recibí la inesperada visita de un fantasma de mi pasado. Uno al que yo creía extinguido hacía mucho.
- ¿Cómo estás? – preguntó al llegar a mi mesa
Parada ante mí, descubrí a Carla. Seguía como siempre, hermosa e idéntica a sí misma, mirándome fijamente a los ojos. Su mirada parecía velada por una sombra de tristeza, sobre cuyo origen ni siquiera me animé a especular. Sólo sentí ganas de salir corriendo, de aliviar el cúmulo de sensaciones que me subieron de inmediato desde el estómago y oprimían el corazón. No lo hice, por educación, por curiosidad, por que simplemente me deba pereza levantarme y largarme, o acaso, porque ya estaba harto de sumar otra huída al extenso catálogo de ellas que jalonaban mi vida. Me quedé, y la invité a sentarse. Tomo asiento enfrente mío y pude verla con mayor detalle; la luz solar incidía sobre su piel pálida y le confería un brillo que potenciaba la fuerza de sus acentuados rasgos, mostrándome la plenitud de la ecuación que determinaba su hermoso rostro. Noté entonces cómo mis células palpitaban ante la evocación de pasados días de tristeza infinita, de aquel transitar por túneles oscuros que parecían no tener fin, y deseé, con todas mis fuerzas, que todo fuera un sueño, que esa presencia que tenía enfrente y me miraba como una esfinge, desapareciera de mi vista.
- Te veo bien – me dijo
- Será porque estoy cerca – respondí secamente
- ¿Todavía me guardás rencor? – preguntó, muy seria
Le indiqué que no con la cabeza, e interrumpimos la conversación ante la llegada del mozo. Pedimos dos cafés y reanudamos un diálogo que se presagiaba antinatural y difícil.
- Ahora sos bastante famoso…leí tus novelas y te sigo en el diario, la radio y te veo cuando salís por televisión…te queda muy bien el pelo canoso
- ¿Pensás que eso es importante para mí? Ser famoso, digo. Preferiría mil veces ser un empleado bancario o municipal y haberte tenido todo este tiempo conmigo
- Juntos nos estábamos asfixiando, anulando…conmigo a tu lado tal vez nunca te habrías convertido en escritor
- O tal vez sí…en todo caso, da igual, porque lo pasado, pasado está, y ya no tiene arreglo. ¿A vos te fue bien? – desvié el tema con miedo a que continuara justificando nuestra remota separación
- Tengo una nena de tres años
- Eso no es una respuesta
- No, no me fue bien. No pasé de ser ama de casa, si te referís a eso. Dejé todos mis proyectos estacionados, me casé, y ahora me estoy divorciando. Mi marido está en la cárcel…es uno de los abogados implicados en el caso Frachetti (un sonado asunto de corrupción inmobiliaria con repercusiones política) ¿y vos?
- ¿Yo? yo tengo un perro, y jamás me sentí más querido, si te referís a eso
Seguimos hablando de banalidades y cualquier cosa que eludiera comprometidos silencios hasta que, una hora después, nos despedimos con un beso en la mejilla y un mirarnos suplicante que transmitía nuestra condición de fracasados. Mientras la veía alejarse, no pude evitar pensar en las cosas que habrían podido ser y que no fueron, de cómo yo pensaba que nos parecíamos y estábamos hechos el uno para el otro y terminé equivocándome, en cómo tras su abandono me aislé en el gueto privado de mi departamento, ajeno a todos y yendo a la deriva en un mundo del que había perdido las referencias, en lo absurdo de mis promesas de no volver a exponer mis sentimientos por nada ni por nadie, en cómo mi familia y amigos lograron rescatarme de una existencia turbulenta cuyo horizonte era la muerte trágica, en los celos que sentí por no ser el padre de esa criatura, en…..en tantas cosas, que se me hizo un nudo en la garganta y abandoné el local, necesitado de salir fuera y rebajar mi tensión emotiva. Cuando por fin llegué a casa, Sigmund, un perro mezcla de fox terrier y no sé qué más que rescaté de la perrera, me saltó encima, poniéndome las patas en el pecho y lamiéndome la cara. Lo abracé, y tras acariciarle repetidamente la cabeza, le puse la correa y lo llevé al parque. Es quién más me quiere y quien menos pide: apenas algún paseo, y un poco de cariño.
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"Es peligroso inventar cuentos. Si resultan buenos terminan por hacerse realidad, después de un tiempo se trasmiten, y entonces ya no importa si fueron inventados, porque siempre habrá alguien que después los haya vivido". Edgardo Cozarinsky
lunes, 29 de marzo de 2010
domingo, 28 de marzo de 2010
Sólo se quiere una vez. O no
Hoy sé que tenía que haber hecho caso a los restos de mi sentido común y no haber salido de casa aquella mañana. Pero deseaba verla, como si me empujara una fuerza a la que mi voluntad no podía ofrecer resistencia. Quizás todo fuera porque simplemente no quería perderla para siempre, sin remedio, o porque tras nuestra separación luchaba sin éxito para no pensar en ella, o porque me gustaba engañarme pensando que algún acontecimiento del destino nos uniría de nuevo a su antojo. Hoy lo sé pero, aquél sábado, todavía estaba dispuesto a continuar engañándome. Aún quería creer que ella volvería conmigo, a socorrerme, a rescatarme de las ruinas de mi vida fallida, de mis enquistadas nostalgias por un amor extinguido y de los deseos abandonados convertidos en pesadillas.
Ése día, que dividió mi vida en dos de manera irremediable, desperté feliz como un idiota, imbuido de una energía que no sabía de dónde brotaba (acaso algún mecanismo de defensa contra el nerviosismo que fermentaba en mi interior). Me duché parsimoniosamente, me vestí, y acicalé con esmero delante del espejo, sin desprenderme de un optimismo que crecía a medida que se aceleraba la cuenta atrás.
Sabía que, como cada sábado por la mañana, ella acudiría a la facultad, donde seguía un curso de postgrado cuya finalidad nunca acabé de entender. Como no terminaba sus clases hasta las dos, me permití el lujo de ir dando un largo paseo, sin prisas e inventando todo tipo de diálogos durante el camino. Era mi modo de ir mitigando la amenazante angustia. Al llegar, miré mi reloj y comprobé que aún restaba una hora para que saliera, así que decidí esperarla en un Café del otro lado de la avenida, desde cuyas mesas pegadas a la ventana, tendría buena vista del objetivo; un edificio de principios de siglo necesitado de reformas. Aguardé impaciente, mirando la hora a cada rato y sintiendo como la ansiedad subía por mis temblorosas piernas para terminar atenazándome el estómago en un molesto cosquilleo.
Serían las dos y cinco cuando por fin la vi salir. Llevaba el pelo recogido en una coleta y vestía unos gastados jeans con una camiseta blanca sin mangas. Estaba igual de linda que siempre y su mera visión me provocó una inmediata sensación de vértigo y entusiasmo. Laura había sido lo mejor que me sucedió en la vida, y no me di cuenta de ello hasta que la eché de mi lado. Sólo cuando no la tuve, cuando padecí su ausencia, me di cuenta de lo mucho que la quería y necesitaba. Ahora, culpable por la injusticia cometida, pero optimista por haber vencido a mis miedos, venía desesperado a su encuentro, con el vivo ánimo de recuperarla y no soltarla. Tan excitado me encontraba ante la nueva perspectiva, que pagué mi consumición con un billete grande y salí disparado del local sin esperar el vuelto. Corrí hasta el semáforo de la esquina. No tenía tiempo que perder y me moría por declararle cuánto la quería, estrecharla en mis brazos y besarla en los labios.
Ahí, detenido en la fatídica confluencia de Corrientes y Talcahuano aguardando a que el rojo cambiara al verde, vi lo que nunca hubiera querido ver, la más indeseable de las realidades que podía imaginar: vi a Laura abrazada a otro hombre. Los observé unos instantes, paralizado como una estatua, mientras ellos se tomaban de la mano y bajaban por Corrientes rumbo al Obelisco, tonteando, riéndose, indiferentes de cualquiera que no fueran ellos mismos y deteniéndose cada pocos metros para besarse en mitad de la calle. Derrotado, opté por lo más digno que podía hacer en semejante situación; tomar la dirección contraria a la suya. Desaparecí hacia el Once, sumergiéndome en la nada, en un estado de sin pensamientos, pero con el atisbo de consciencia suficiente para saber que debía escapar de Buenos Aires, encontrar otro lugar donde se completara mi final. Por eso tenía que huir, alejarme, en aras de una felicidad futura; la suya porque, para mí, ya no quedaba la mínima esperanza.
Tres días más tarde, aterrizaba en Barajas.
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Ése día, que dividió mi vida en dos de manera irremediable, desperté feliz como un idiota, imbuido de una energía que no sabía de dónde brotaba (acaso algún mecanismo de defensa contra el nerviosismo que fermentaba en mi interior). Me duché parsimoniosamente, me vestí, y acicalé con esmero delante del espejo, sin desprenderme de un optimismo que crecía a medida que se aceleraba la cuenta atrás.
Sabía que, como cada sábado por la mañana, ella acudiría a la facultad, donde seguía un curso de postgrado cuya finalidad nunca acabé de entender. Como no terminaba sus clases hasta las dos, me permití el lujo de ir dando un largo paseo, sin prisas e inventando todo tipo de diálogos durante el camino. Era mi modo de ir mitigando la amenazante angustia. Al llegar, miré mi reloj y comprobé que aún restaba una hora para que saliera, así que decidí esperarla en un Café del otro lado de la avenida, desde cuyas mesas pegadas a la ventana, tendría buena vista del objetivo; un edificio de principios de siglo necesitado de reformas. Aguardé impaciente, mirando la hora a cada rato y sintiendo como la ansiedad subía por mis temblorosas piernas para terminar atenazándome el estómago en un molesto cosquilleo.
Serían las dos y cinco cuando por fin la vi salir. Llevaba el pelo recogido en una coleta y vestía unos gastados jeans con una camiseta blanca sin mangas. Estaba igual de linda que siempre y su mera visión me provocó una inmediata sensación de vértigo y entusiasmo. Laura había sido lo mejor que me sucedió en la vida, y no me di cuenta de ello hasta que la eché de mi lado. Sólo cuando no la tuve, cuando padecí su ausencia, me di cuenta de lo mucho que la quería y necesitaba. Ahora, culpable por la injusticia cometida, pero optimista por haber vencido a mis miedos, venía desesperado a su encuentro, con el vivo ánimo de recuperarla y no soltarla. Tan excitado me encontraba ante la nueva perspectiva, que pagué mi consumición con un billete grande y salí disparado del local sin esperar el vuelto. Corrí hasta el semáforo de la esquina. No tenía tiempo que perder y me moría por declararle cuánto la quería, estrecharla en mis brazos y besarla en los labios.
Ahí, detenido en la fatídica confluencia de Corrientes y Talcahuano aguardando a que el rojo cambiara al verde, vi lo que nunca hubiera querido ver, la más indeseable de las realidades que podía imaginar: vi a Laura abrazada a otro hombre. Los observé unos instantes, paralizado como una estatua, mientras ellos se tomaban de la mano y bajaban por Corrientes rumbo al Obelisco, tonteando, riéndose, indiferentes de cualquiera que no fueran ellos mismos y deteniéndose cada pocos metros para besarse en mitad de la calle. Derrotado, opté por lo más digno que podía hacer en semejante situación; tomar la dirección contraria a la suya. Desaparecí hacia el Once, sumergiéndome en la nada, en un estado de sin pensamientos, pero con el atisbo de consciencia suficiente para saber que debía escapar de Buenos Aires, encontrar otro lugar donde se completara mi final. Por eso tenía que huir, alejarme, en aras de una felicidad futura; la suya porque, para mí, ya no quedaba la mínima esperanza.
Tres días más tarde, aterrizaba en Barajas.
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jueves, 25 de marzo de 2010
Fatalidad
Beppo Limentani vivía más en los silencios que en las palabras. Sin pareja, familia ni amigos, se marchitaba día a día sin remisión, centrándose en su ingrato trabajo y deseando un futuro que no fuera pretérito. Por más que ansiaba encontrar razones para bendecir cada nuevo amanecer, no lo conseguía y terminaba resignándose a soportar, estoicamente, el tedio de sus rutinas cotidianas. Existía sólo por inercia, y no dejaba de preguntarse hasta cuándo se dilataría su agonía en un mundo que lo excluía. Cuando llegaría, por fin, ese momento, fijado por D-os o la casualidad, en que por muriera, poniendo triste colofón a una historia tan vacía que sólo se compondría de dos fechas; la de su nacimiento y la su óbito.
No había mañana en que, Beppo, no sintiera el impulso de tirarse al paso del tren que lo llevaba hasta el trabajo, y tampoco había mañana en que no se confirmaba su cobardía. Carecía de valor para matarse, y pretendía autoengañarse diciéndose que su subconsciente tenía curiosidad por lo venidero, o que sus genes estaban inmunizados al suicidio gracias a las heroicas supervivencias de sus ancestros. A nadie engañaba, ni siquiera a sí mismo, y sabía, de sobra, que la verdadera razón era la pura y llana falta de valor. Así, de este modo que más emparentaba con la muerte que con la vida, se sucedían sus jornadas; sin anormalidad, constantes en lo intrascendente y en una angustia que no cedía. Siempre lo mismo. Nada cambiaba. Desde el trato impersonal con sus subordinados hasta la mesa solitaria en las comidas, el pesado trascurrir de las tardes o la hora de regresar a casa y encerrarse a solas con la nada absoluta. Todo se repetía con dolorosa uniformidad.
Algunas veces, cada vez menos, se veía abordado por alguna súbita hemorragia de optimismo, de fe, de efervescencia existencial y sentía unas ganas casi violentas de ser feliz. En esos instantes creía que todo era posible si se deseaba con ganas; los azares venturosos acudirían a su desesperado llamado y su realidad sufriría una sacudida brusca que lo metería de lleno en la vida. Por desgracia, todo se derrumbaba casi de inmediato. Su yo interior imponía su dictadura, a golpe de realismo y la firme convicción en que el determinismo rige los destinos humanos.
En fin, no se qué habrá sido de él. Tal vez ya nos haya dejado, o acaso siga aún entre nosotros, intentando armarse de valor para quitarse de en medio. Ojalá tenga suerte y encuentre lo que busca: una positiva señal del azar, ése monstruo que lleva toda la vida esquivándolo.
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No había mañana en que, Beppo, no sintiera el impulso de tirarse al paso del tren que lo llevaba hasta el trabajo, y tampoco había mañana en que no se confirmaba su cobardía. Carecía de valor para matarse, y pretendía autoengañarse diciéndose que su subconsciente tenía curiosidad por lo venidero, o que sus genes estaban inmunizados al suicidio gracias a las heroicas supervivencias de sus ancestros. A nadie engañaba, ni siquiera a sí mismo, y sabía, de sobra, que la verdadera razón era la pura y llana falta de valor. Así, de este modo que más emparentaba con la muerte que con la vida, se sucedían sus jornadas; sin anormalidad, constantes en lo intrascendente y en una angustia que no cedía. Siempre lo mismo. Nada cambiaba. Desde el trato impersonal con sus subordinados hasta la mesa solitaria en las comidas, el pesado trascurrir de las tardes o la hora de regresar a casa y encerrarse a solas con la nada absoluta. Todo se repetía con dolorosa uniformidad.
Algunas veces, cada vez menos, se veía abordado por alguna súbita hemorragia de optimismo, de fe, de efervescencia existencial y sentía unas ganas casi violentas de ser feliz. En esos instantes creía que todo era posible si se deseaba con ganas; los azares venturosos acudirían a su desesperado llamado y su realidad sufriría una sacudida brusca que lo metería de lleno en la vida. Por desgracia, todo se derrumbaba casi de inmediato. Su yo interior imponía su dictadura, a golpe de realismo y la firme convicción en que el determinismo rige los destinos humanos.
En fin, no se qué habrá sido de él. Tal vez ya nos haya dejado, o acaso siga aún entre nosotros, intentando armarse de valor para quitarse de en medio. Ojalá tenga suerte y encuentre lo que busca: una positiva señal del azar, ése monstruo que lleva toda la vida esquivándolo.
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martes, 23 de marzo de 2010
Modales
Lisboa, mes de agosto del dos mil y pico.
Notando en exceso el húmedo y pegajoso calor veraniego de esas fechas, mi entonces mujer y yo paseábamos por los aledaños del Castelo de Sâo Jorge. Acabábamos de escuchar un mini concierto de guitarra portuguesa dentro del recinto amurallado, y en nuestros oídos aún se mantenía un poso de acordes que evocaban conocidas composiciones del género. Por lo demás, el referido rigor de la canícula había despejado las calles y éramos escasos los sufrientes turistas que osábamos salir del hotel a esas horas (las cuatro y media de la tarde). Sólo se veían raquíticos grupos de japoneses con gorros blancos, algún alemán en bermudas, calcetines y sandalias, y poco más. Mejor así, pensaba yo, porque siempre detesté las multitudes y el calor se me antojaba un precio módico por librarme de ellas. Además, eran nuestras primeras vacaciones juntos con lo que, nuestro enamoramiento remontaba cualquier inconveniente o contratiempo que surgiera. En eso estábamos, en pasear, cuando de pronto mi mujer se detuvo en mitad de la calle (rua de no se cuántos)
- ¿No hueles, querido? – me preguntó
- Pues no – respondí, tras realizar un par de estériles movimientos olfativos con la nariz
- ¿De verdad que no hueles a comida oriental? ¡Qué poco olfato tenéis los hombres! – rezongó, confirmando mi masculinidad en cuanto a la percepción de olores se refiere. Ella, por el contrario, tenía el sentido tan desarrollado como un ciervo.
- Ven – indicó – y de la mano me guió hasta el lugar de origen del olor: un restaurante especializado en cocina de Goa (ex colonia portuguesa en la India).
Parados ante la puerta del establecimiento, estudiamos con detenimiento la carta expuesta en una pequeña vidriera.
- Podríamos cenar aquí esta noche, ¿no? – propuso ella
- Dale – expresé decidido para, acto seguido, entrar en el local y hacer la reserva
Cumplido el trámite, regresamos andando al hotel. Caímos rendidos en la cama y nos quedamos dormidos al instante (ni en pedo pero, a efectos literarios, vamos a contar que fue así). Al despertar, nos dimos una reparadora ducha y nos arreglamos para la cena.
Una vez en la calle, paramos el primer taxi que vimos y nos dirigimos al restaurante. Era un lugar muy pequeño, apenas seis o siete mesas cubiertas con manteles de cuadros y con paredes amarillas decoradas con telas indias. Parecía muy apropiado para parejas pero, por una de esas putas casualidades, al llegar nos encontramos que el salón estaba monopolizado por veinte o treinta bulliciosos pendejos holandeses. Digo yo que serían holandeses porque, aparte de que varios llevaban camisetas naranjas, sus rasgos fenotípicos se correspondían con la idea que tenía de ellos: altos, pelo rubio, cachetes sonrosados. En fin, los típicos especímenes criados con muchos cereales, miel, leche y cerveza, o sea, como las vacas de Kobe pero sin música clásica en sus rutinas.
El atribulado encargado, un portugués bajito y apocado, nos rogó que aguardáramos un rato a ver si por fin se marchaban los salvajes. Le dijimos que no había problema y salimos a tomar algo para hacer tiempo. Tras dos oportos en un Café cercano, regresamos y encontramos nuestra mesa lista. Tomamos asiento, pedimos un robusto vinho de Dâo y aguardamos la llegada de nuestros platos: arroz con pollo al curry para ella y arroz con pescado y marisco para mí.
Al poco rato, el local se llenó (tampoco es decir mucho dado lo reducido de sus dimensiones) y cuando reparamos en nuestro entorno, absortos como estábamos en mirarnos a los ojos y hablar de cómo nos habíamos conocido, caímos en la cuenta de que no quedaba una silla libre. Todos los clientes parecían extranjeros y me llamó especialmente la atención una mesa muy próxima a la nuestra, ocupada por un muchacho, de inconfundible aspecto británico, y su novia, que podía ser de cualquier parte menos portuguesa. Ella comía asintiendo con la cabeza, mientras él hablaba hasta por los codos, gesticulando en exceso y aparentando ser erudito en algo que yo no acertaba a adivinar. Pero lo que despertó mi interés, no fueron sus dotes de papagayo, sino verlo comer con una sola mano, la izquierda, sin valerse de cubiertos y rebañando el plato, de lo que parecía arroz con no sé qué embadurnado con curry, en precisos y armónicos movimientos circulares.
- ¡Quieres dejar de mirarlos! – me censuro mi mujer
- ¿Es que no te diste cuenta..? ese tipo está comiendo con la mano...literalmente...
- Bueno ¿y a ti qué más te da?
- Sí, tenés razón...- concluí, mientras pensaba si por lo menos se las habría lavado antes de sentarse
Tendría razón pero, a mí me costaba mirar a otra parte. La visión de un espectáculo tan grotesco tenía efectos hipnóticos sobre mí y no dejaba de imaginar al guiri acariciando a su pareja por debajo de la ropa y manchándole la lencería con salsa de curry. O el olor que darían sus manos en medio de la refriega sexual que seguramente sucedería a la cena…En fin, allá ellos, dije olvidándome del asunto. De lo que sí no tuve dudas, ni las tengo ahora, es que quizás, en la India, comer así le convierta a uno en purista pero ahí, en la occidental Lisboa, te metía de lleno en la categoría de guarro.
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Notando en exceso el húmedo y pegajoso calor veraniego de esas fechas, mi entonces mujer y yo paseábamos por los aledaños del Castelo de Sâo Jorge. Acabábamos de escuchar un mini concierto de guitarra portuguesa dentro del recinto amurallado, y en nuestros oídos aún se mantenía un poso de acordes que evocaban conocidas composiciones del género. Por lo demás, el referido rigor de la canícula había despejado las calles y éramos escasos los sufrientes turistas que osábamos salir del hotel a esas horas (las cuatro y media de la tarde). Sólo se veían raquíticos grupos de japoneses con gorros blancos, algún alemán en bermudas, calcetines y sandalias, y poco más. Mejor así, pensaba yo, porque siempre detesté las multitudes y el calor se me antojaba un precio módico por librarme de ellas. Además, eran nuestras primeras vacaciones juntos con lo que, nuestro enamoramiento remontaba cualquier inconveniente o contratiempo que surgiera. En eso estábamos, en pasear, cuando de pronto mi mujer se detuvo en mitad de la calle (rua de no se cuántos)
- ¿No hueles, querido? – me preguntó
- Pues no – respondí, tras realizar un par de estériles movimientos olfativos con la nariz
- ¿De verdad que no hueles a comida oriental? ¡Qué poco olfato tenéis los hombres! – rezongó, confirmando mi masculinidad en cuanto a la percepción de olores se refiere. Ella, por el contrario, tenía el sentido tan desarrollado como un ciervo.
- Ven – indicó – y de la mano me guió hasta el lugar de origen del olor: un restaurante especializado en cocina de Goa (ex colonia portuguesa en la India).
Parados ante la puerta del establecimiento, estudiamos con detenimiento la carta expuesta en una pequeña vidriera.
- Podríamos cenar aquí esta noche, ¿no? – propuso ella
- Dale – expresé decidido para, acto seguido, entrar en el local y hacer la reserva
Cumplido el trámite, regresamos andando al hotel. Caímos rendidos en la cama y nos quedamos dormidos al instante (ni en pedo pero, a efectos literarios, vamos a contar que fue así). Al despertar, nos dimos una reparadora ducha y nos arreglamos para la cena.
Una vez en la calle, paramos el primer taxi que vimos y nos dirigimos al restaurante. Era un lugar muy pequeño, apenas seis o siete mesas cubiertas con manteles de cuadros y con paredes amarillas decoradas con telas indias. Parecía muy apropiado para parejas pero, por una de esas putas casualidades, al llegar nos encontramos que el salón estaba monopolizado por veinte o treinta bulliciosos pendejos holandeses. Digo yo que serían holandeses porque, aparte de que varios llevaban camisetas naranjas, sus rasgos fenotípicos se correspondían con la idea que tenía de ellos: altos, pelo rubio, cachetes sonrosados. En fin, los típicos especímenes criados con muchos cereales, miel, leche y cerveza, o sea, como las vacas de Kobe pero sin música clásica en sus rutinas.
El atribulado encargado, un portugués bajito y apocado, nos rogó que aguardáramos un rato a ver si por fin se marchaban los salvajes. Le dijimos que no había problema y salimos a tomar algo para hacer tiempo. Tras dos oportos en un Café cercano, regresamos y encontramos nuestra mesa lista. Tomamos asiento, pedimos un robusto vinho de Dâo y aguardamos la llegada de nuestros platos: arroz con pollo al curry para ella y arroz con pescado y marisco para mí.
Al poco rato, el local se llenó (tampoco es decir mucho dado lo reducido de sus dimensiones) y cuando reparamos en nuestro entorno, absortos como estábamos en mirarnos a los ojos y hablar de cómo nos habíamos conocido, caímos en la cuenta de que no quedaba una silla libre. Todos los clientes parecían extranjeros y me llamó especialmente la atención una mesa muy próxima a la nuestra, ocupada por un muchacho, de inconfundible aspecto británico, y su novia, que podía ser de cualquier parte menos portuguesa. Ella comía asintiendo con la cabeza, mientras él hablaba hasta por los codos, gesticulando en exceso y aparentando ser erudito en algo que yo no acertaba a adivinar. Pero lo que despertó mi interés, no fueron sus dotes de papagayo, sino verlo comer con una sola mano, la izquierda, sin valerse de cubiertos y rebañando el plato, de lo que parecía arroz con no sé qué embadurnado con curry, en precisos y armónicos movimientos circulares.
- ¡Quieres dejar de mirarlos! – me censuro mi mujer
- ¿Es que no te diste cuenta..? ese tipo está comiendo con la mano...literalmente...
- Bueno ¿y a ti qué más te da?
- Sí, tenés razón...- concluí, mientras pensaba si por lo menos se las habría lavado antes de sentarse
Tendría razón pero, a mí me costaba mirar a otra parte. La visión de un espectáculo tan grotesco tenía efectos hipnóticos sobre mí y no dejaba de imaginar al guiri acariciando a su pareja por debajo de la ropa y manchándole la lencería con salsa de curry. O el olor que darían sus manos en medio de la refriega sexual que seguramente sucedería a la cena…En fin, allá ellos, dije olvidándome del asunto. De lo que sí no tuve dudas, ni las tengo ahora, es que quizás, en la India, comer así le convierta a uno en purista pero ahí, en la occidental Lisboa, te metía de lleno en la categoría de guarro.
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lunes, 22 de marzo de 2010
Acerca de otro
- Sin querer entrar en espinosas controversias, déjeme que le cuente, ahora que se cumplen veinte años de su fallecimiento, quién fue el Guille “Martillo” Gondini. No voy a ser tan soberbio de decir que le conocí mucho, apenas un poco, pero sí supe de él más que algunos de los que alardean de haber sido sus amigos. Para empezar, le diré que ni siquiera nació en la fecha que señalan sus biógrafos, el 24 de agosto de 1941, sino el 24 de marzo de entre 1935 y 1939. Tampoco lo hizo en Bs.As., sino en Villa Clara, provincia de Entre Ríos, bajo el nombre de Moshé Batvinik, siendo hijo de Runia e Isaak, oriundos de un pequeño pueblo en las cercanías de Kiev. Gondini se lo puso después, cuando se vino a la capital
- ¿Me está diciendo que vivió casi toda su vida con documentos falsos? – preguntó asombrado el joven periodista
- ¿Y vos, flaco, te pensás que con esa nariz aguileña y siendo pelirrojo, era tano? Si tenía una pinta de ruso que mataba…Mirá, pibe, olvidáte de todo lo que leíste sobre él. Casi todo es falso, pura mentira inventada por él mismo y repetido por otros.
El viejo hizo una pausa larga, teatral, con una reflexiva mirada hacia el techo y un par de sorbos de grappa, antes de seguir hablando
Y no es cierto eso de que se metió a boxear por un desengaño amoroso… Se desmesuró el papel de Rosita Balmaseda, su primer amor. En realidad, lo que empujó al Guille a los cuadriláteros, fue el azar, como en casi todo lo que nos pasa en la vida. Una tarde, cuando tendría como catorce años, andaba por el Once con un amigo y de pronto se vieron rodeados por un grupito de ocho o nueve desgraciados de Tacuará, que andaban a la caza de judíos, exhibiendo su patrioterismo barato de bandera y escarapela hasta en el tujes, mientras los milicos miraban para otra parte y les dejaban hacer. Cobraron de lo lindo, y pudo ser peor de no haber acudido varios vecinos al rescate, pero varios fachistas se fueron calentitos tras probar el rigor de los puños de Moshé, porque entonces todavía era Moshé, o Moisés. Quiso la casualidad que uno de sus salvadores fuera preparador en un gimnasio de boxeo cercano quien, vivamente impresionado por cómo se defendió el entrerriano, lo invitó a que se pasara a dar una vuelta por el local. El pibe fue y le gustó. Así que olvidáte de todas esas pavadas de que una mujer le hirió y se sacó la furia a puñetazos o que venía de un ambiente marginal marcado por la pobreza y los malos tratos.
- Sin embargo, él mismo proclamaba esas cosas…- se quejó el periodista
- El Guille decía lo que se le cantaba de las bolas. Y lo hacía porque podía hacerlo…porque para eso fue campeón mundial de los medios – explicó el viejo con un dedo índice en alto
- ¿Y sobre su muerte? ¿qué me cuenta de su muerte? Parece fuera de toda duda que le mataron porque andaba encamado con la jermu del mafioso para quien laburaba de guardaespaldas, aunque nunca se pudo demostrar nada
- Sí, eso cuentan pero, como ya te dije, olvidáte de todo lo que sabés sobre él y hacéme caso. El Guille no andaba con ninguna mina. ¡Con ninguna!… Lo liquidaron, por detrás, claro, pero por otro motivo…
- ¿Qué otro motivo? – inquirió el joven
- Por celos, pero no como vos pensás…- contestó enigmático
- ¿Por celos pero no se encamaba con la mina? No entiendo nada
- No podés entenderlo, así que dejálo estar, pibe, – sentenció el viejo, levantándose de su silla y antes de añadir un apresurado “tengo que irme”
- ¿No se toma otra grappa?
- Te lo agradezco, pero ando apurado
- Una última cosa, don, y me va a perdonar porque yo no soy Einstein ¿vio? pero ¿Está dándome a entender que usted y el Guille…y que el mafioso…y que por eso lo mandó matar?
El viejo no respondió; se encogió de hombros, se dio la vuelta y, sin más, salió por la puerta.
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- ¿Me está diciendo que vivió casi toda su vida con documentos falsos? – preguntó asombrado el joven periodista
- ¿Y vos, flaco, te pensás que con esa nariz aguileña y siendo pelirrojo, era tano? Si tenía una pinta de ruso que mataba…Mirá, pibe, olvidáte de todo lo que leíste sobre él. Casi todo es falso, pura mentira inventada por él mismo y repetido por otros.
El viejo hizo una pausa larga, teatral, con una reflexiva mirada hacia el techo y un par de sorbos de grappa, antes de seguir hablando
Y no es cierto eso de que se metió a boxear por un desengaño amoroso… Se desmesuró el papel de Rosita Balmaseda, su primer amor. En realidad, lo que empujó al Guille a los cuadriláteros, fue el azar, como en casi todo lo que nos pasa en la vida. Una tarde, cuando tendría como catorce años, andaba por el Once con un amigo y de pronto se vieron rodeados por un grupito de ocho o nueve desgraciados de Tacuará, que andaban a la caza de judíos, exhibiendo su patrioterismo barato de bandera y escarapela hasta en el tujes, mientras los milicos miraban para otra parte y les dejaban hacer. Cobraron de lo lindo, y pudo ser peor de no haber acudido varios vecinos al rescate, pero varios fachistas se fueron calentitos tras probar el rigor de los puños de Moshé, porque entonces todavía era Moshé, o Moisés. Quiso la casualidad que uno de sus salvadores fuera preparador en un gimnasio de boxeo cercano quien, vivamente impresionado por cómo se defendió el entrerriano, lo invitó a que se pasara a dar una vuelta por el local. El pibe fue y le gustó. Así que olvidáte de todas esas pavadas de que una mujer le hirió y se sacó la furia a puñetazos o que venía de un ambiente marginal marcado por la pobreza y los malos tratos.
- Sin embargo, él mismo proclamaba esas cosas…- se quejó el periodista
- El Guille decía lo que se le cantaba de las bolas. Y lo hacía porque podía hacerlo…porque para eso fue campeón mundial de los medios – explicó el viejo con un dedo índice en alto
- ¿Y sobre su muerte? ¿qué me cuenta de su muerte? Parece fuera de toda duda que le mataron porque andaba encamado con la jermu del mafioso para quien laburaba de guardaespaldas, aunque nunca se pudo demostrar nada
- Sí, eso cuentan pero, como ya te dije, olvidáte de todo lo que sabés sobre él y hacéme caso. El Guille no andaba con ninguna mina. ¡Con ninguna!… Lo liquidaron, por detrás, claro, pero por otro motivo…
- ¿Qué otro motivo? – inquirió el joven
- Por celos, pero no como vos pensás…- contestó enigmático
- ¿Por celos pero no se encamaba con la mina? No entiendo nada
- No podés entenderlo, así que dejálo estar, pibe, – sentenció el viejo, levantándose de su silla y antes de añadir un apresurado “tengo que irme”
- ¿No se toma otra grappa?
- Te lo agradezco, pero ando apurado
- Una última cosa, don, y me va a perdonar porque yo no soy Einstein ¿vio? pero ¿Está dándome a entender que usted y el Guille…y que el mafioso…y que por eso lo mandó matar?
El viejo no respondió; se encogió de hombros, se dio la vuelta y, sin más, salió por la puerta.
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viernes, 19 de marzo de 2010
Doble entrega: Por favor, no me lo digas - Idiota
POR FAVOR, NO ME LO DIGAS:
Una mirada enfadada, de soslayo, mientras preparaba la cena, presagiaba lo que ocurriría más tarde en la mesa. La materialización de sus temores más íntimos; de ese miedo a que, mirándolo, ella le dijera: “he dejado de quererte”.
IDIOTA:
Soy actor - me dijo, con una sonrisa de injustificado orgullo que se expandía por la totalidad de su anodino rostro.
Asentí con la cabeza y continúe con mi periódico, afanado en encontrar ofertas de trabajo más interesantes que las expuestas por Tecnocasa (encubierta fábrica de clones) y Mc Donald's.
- Soy actor - reiteró con idéntica expresión.
Cerré le periódico y lo observé detenidamente unos instantes. Llevaba sombrero, gafas de sol (a pesar de la escasa luz del local resultaban inocuas para sus retinas), camisa tipo militar abierta hasta casi el ombligo y por la que asomaba un rosario, pantalones caídos repletos de bolsillos, y unas sandalias, que no disimulaban la roña de sus pies ni las cortantes uñas que parecían mejillones.
- ¿y qué otra cosa podrías ser? - le solté, con tono sereno y de sentencia más que de pregunta.
El taradito lo tomó como un elogio y, con su sonrisa de estúpido a cuestas, se acercó a la barra a pedir dos cañas.
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Una mirada enfadada, de soslayo, mientras preparaba la cena, presagiaba lo que ocurriría más tarde en la mesa. La materialización de sus temores más íntimos; de ese miedo a que, mirándolo, ella le dijera: “he dejado de quererte”.
IDIOTA:
Soy actor - me dijo, con una sonrisa de injustificado orgullo que se expandía por la totalidad de su anodino rostro.
Asentí con la cabeza y continúe con mi periódico, afanado en encontrar ofertas de trabajo más interesantes que las expuestas por Tecnocasa (encubierta fábrica de clones) y Mc Donald's.
- Soy actor - reiteró con idéntica expresión.
Cerré le periódico y lo observé detenidamente unos instantes. Llevaba sombrero, gafas de sol (a pesar de la escasa luz del local resultaban inocuas para sus retinas), camisa tipo militar abierta hasta casi el ombligo y por la que asomaba un rosario, pantalones caídos repletos de bolsillos, y unas sandalias, que no disimulaban la roña de sus pies ni las cortantes uñas que parecían mejillones.
- ¿y qué otra cosa podrías ser? - le solté, con tono sereno y de sentencia más que de pregunta.
El taradito lo tomó como un elogio y, con su sonrisa de estúpido a cuestas, se acercó a la barra a pedir dos cañas.
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martes, 16 de marzo de 2010
El nieto de mi abuelo
Una mañana de primavera, poco antes del mediodía, me senté a leer el diario en un banco del Parque Centenario. Pasaba las páginas con parsimonia, entretenido en sesudos artículos de opinión y noticias varias hasta que, en algún momento, me percaté de que un individuo sentado en el banco de enfrente me observaba con insistencia. Era un hombre mayor, vestido con un traje oscuro y gastado, camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados y unas zapatillas caras de cuero azul que parecían importadas. El pelo, canoso, lo llevaba peinado hacia atrás y le caía sobre una moderada melena lacia más típica de un cincuentón cancherito que un hombre de su edad. Tras este somero análisis, intenté concentrarme en la lectura, intentando no reparar más en él pero, enseguida me di cuenta de que esto no iba a ser posible. Sus miradas se volvieron cada vez más insistentes, hasta tal punto que no pude aguantar más y me acerqué:
- Disculpe señor, ¿nos conocemos? – pregunté
- Nos conocimos – contestó para mi sorpresa, e inmediatamente añadió – vos sos el nieto de Alberto Finzi ¿no?
- Sí – respondí con cierta cautela
- ¿No te acordás de mí verdad? … soy Abraham Zucker
- ¡Abraham Zucker¡ - exclamé maravillado de estar ante uno de los más grandes escritores argentinos del siglo XX quién, además, había sido amigo de mi abuelo paterno.
Unas cuantas décadas atrás, este hombre había irrumpido con fuerza en el panorama literario nacional al publicar, con apenas 22 años, su volumen de cuentos “El gaucho boleado”. Desde entonces, se convirtió en un autor de culto y sus sucesivas novelas “La novia fantasma”, “Indicios y vericuetos”, “El negociante” y “Muertes paralelas” no hicieron más que acrecentar su fama, ocupando un lugar de honor en el Olimpo de las Letras argentinas. Por desgracia para los lectores, tras estos cinco títulos, desapareció del mundillo intelectual y se dedicó a regentar una farmacia heredada de sus padres en Caballito Norte. Desde entonces, su pluma sólo hizo una excepción, y volvió a alzarse tras el atentado de la AMIA, en un extenso y formidable artículo donde se cebó de modo particular en la policía y los periodistas mercenarios como Bernardo Neustadt, a quien tildó de cobarde y renegado.
Después de estrecharnos la mano, nos dirigimos a un bar cercano, donde tomamos unos vinos. Me confesó que le habían agradado mis libros y me contó infinidad de anécdotas de mi abuelo, Borges, su íntimo amigo César Tiempo, Perón o Luis Sandrini. Sentí una sana envidia ante el relato de tantas vivencias ajenas de unos tiempos que se me antojaban fascinantes, y no pude reprimirme preguntarle por qué había dejado de escribir.
- Mirá, pibe, me quedé sin ficciones y me dediqué a vivir.
Me casé, tuve dos hijos; un varón, que es médico y vive en Florida y una hembra, que trabaja de publicista en Barcelona…ni siquiera cuando enviudé tuve la necesidad de volver a escribir. Sólo lo hice con motivo de todas las ignominias que leí y escuché después de la voladura de la AMIA, .y es que nunca me pude bancar a los pusilánimes...
Cuando yo escribía, no lo hacía por cuestiones terapeúticas, catárquicas, ni pelotudeces parecidas. Para mí, la escritura era algo lúdico, algo que me producía goce y satisfacción, hasta que pasó a convertirse en algo casi obligado y dejó de interesarme. Fue entonces cuando me abandonaron las historias, y ya no tuve ganas ni necesidad de contar nada más…sobran escritores en el mundo
- ¿Y farmaceúticos no? – solté con intención
Estalló en una sonora carcajada y me acarició la cabeza como cuando era un chico y acompañaba a mi abuelo de visita a su casa.
- Hay mucha gente que piensa que desperdicié mi vida dejando de escribir y ocupándome de la farmacia de mis viejos pero te aseguro que nunca me arrepentí de la decisión tomada. Cumplí con la literatura escribiendo cinco libros y cumplí con la vida creando una familia. Ahora sólo me resta esperar el cumplimiento de mis días y la llegada del Malaj-a-Mavet (el Ángel de la Muerte).
Diez días más tarde, en el cementerio de Tablada y bajo una intensa lluvia, el hijo de don Abraham (Z''L) me hizo entrega de un sobre marrón y abultado que su padre había dejado para mí. Al abrirlo, me encontré con dos textos; un prólogo para mi próxima novela y un cuento titulado “El nieto de Alberto”.
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- Disculpe señor, ¿nos conocemos? – pregunté
- Nos conocimos – contestó para mi sorpresa, e inmediatamente añadió – vos sos el nieto de Alberto Finzi ¿no?
- Sí – respondí con cierta cautela
- ¿No te acordás de mí verdad? … soy Abraham Zucker
- ¡Abraham Zucker¡ - exclamé maravillado de estar ante uno de los más grandes escritores argentinos del siglo XX quién, además, había sido amigo de mi abuelo paterno.
Unas cuantas décadas atrás, este hombre había irrumpido con fuerza en el panorama literario nacional al publicar, con apenas 22 años, su volumen de cuentos “El gaucho boleado”. Desde entonces, se convirtió en un autor de culto y sus sucesivas novelas “La novia fantasma”, “Indicios y vericuetos”, “El negociante” y “Muertes paralelas” no hicieron más que acrecentar su fama, ocupando un lugar de honor en el Olimpo de las Letras argentinas. Por desgracia para los lectores, tras estos cinco títulos, desapareció del mundillo intelectual y se dedicó a regentar una farmacia heredada de sus padres en Caballito Norte. Desde entonces, su pluma sólo hizo una excepción, y volvió a alzarse tras el atentado de la AMIA, en un extenso y formidable artículo donde se cebó de modo particular en la policía y los periodistas mercenarios como Bernardo Neustadt, a quien tildó de cobarde y renegado.
Después de estrecharnos la mano, nos dirigimos a un bar cercano, donde tomamos unos vinos. Me confesó que le habían agradado mis libros y me contó infinidad de anécdotas de mi abuelo, Borges, su íntimo amigo César Tiempo, Perón o Luis Sandrini. Sentí una sana envidia ante el relato de tantas vivencias ajenas de unos tiempos que se me antojaban fascinantes, y no pude reprimirme preguntarle por qué había dejado de escribir.
- Mirá, pibe, me quedé sin ficciones y me dediqué a vivir.
Me casé, tuve dos hijos; un varón, que es médico y vive en Florida y una hembra, que trabaja de publicista en Barcelona…ni siquiera cuando enviudé tuve la necesidad de volver a escribir. Sólo lo hice con motivo de todas las ignominias que leí y escuché después de la voladura de la AMIA, .y es que nunca me pude bancar a los pusilánimes...
Cuando yo escribía, no lo hacía por cuestiones terapeúticas, catárquicas, ni pelotudeces parecidas. Para mí, la escritura era algo lúdico, algo que me producía goce y satisfacción, hasta que pasó a convertirse en algo casi obligado y dejó de interesarme. Fue entonces cuando me abandonaron las historias, y ya no tuve ganas ni necesidad de contar nada más…sobran escritores en el mundo
- ¿Y farmaceúticos no? – solté con intención
Estalló en una sonora carcajada y me acarició la cabeza como cuando era un chico y acompañaba a mi abuelo de visita a su casa.
- Hay mucha gente que piensa que desperdicié mi vida dejando de escribir y ocupándome de la farmacia de mis viejos pero te aseguro que nunca me arrepentí de la decisión tomada. Cumplí con la literatura escribiendo cinco libros y cumplí con la vida creando una familia. Ahora sólo me resta esperar el cumplimiento de mis días y la llegada del Malaj-a-Mavet (el Ángel de la Muerte).
Diez días más tarde, en el cementerio de Tablada y bajo una intensa lluvia, el hijo de don Abraham (Z''L) me hizo entrega de un sobre marrón y abultado que su padre había dejado para mí. Al abrirlo, me encontré con dos textos; un prólogo para mi próxima novela y un cuento titulado “El nieto de Alberto”.
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