lunes, 21 de febrero de 2011

H. (de histérica)

Como ya viene siendo un hábito en estos tiempos, nos conocimos por Internet. Ella tenía un blog, yo otro y, una tercera persona hizo de mensajero del azar. Desde entonces, desde aquella tarde en que Elena me dejó un primer comentario en no recuerdo qué post mío, no dejamos de comunicarnos casi ni un solo día. Al principio, comentábamos nuestros textos pero, casi de inmediato, y ante la insuficiencia que nos provocaba ese simple intercambio, nos pasamos también al chat y, poco después, al teléfono. Recuerdo que fue ella quien me pidió mi número, y yo no dudé ni un instante en dárselo. Llegados a este punto, los blogs y el chat perdieron automáticamente protagonismo, y el móvil se convirtió en una herramienta indispensable para ambos. Sobre todo, porque nos separaban 600 kilómetros, y cada día teníamos más cosas para contarnos; desde qué comíamos o leíamos, hasta temas de mayor intimidad, como describir las manías que arrastrábamos, nuestras filias y fobias, o confesar sin pudor nuestras realidades cotidianas y nuestros anhelos más personales. Así, en el transcurso de poco más de un año, supe de ella que tenía treinta y seis años, estaba separada pero no divorciada, su color favorito era el azul marino, le gustaba el vino blanco, el té verde y el cine negro, los perros mestizos, las azaleas, los Rolling y los bolígrafos Bic. Por el contrario, detestaba a los que comían los croissants con cubiertos, a los que escupían en la calle, a los maltratadores (de género y de animales), el café, y a los moralistas. Podría ofrecer muchos más detalles, pero correría el riesgo de minar su misterio y caer en la vulgaridad de exhibir sus singularidades sin su permiso.

A pesar de que Elena y yo nos contábamos prácticamente todo, y de que sentíamos una dependencia creciente de escucharnos a diario y saber el uno del otro, íbamos dilatando el momento de encontrarnos cara a cara, como si temiéramos las consecuencias de un hecho, del que sabíamos, no saldríamos impunes. Hizo falta un suceso, en apariencia inocuo, como un viaje que hice a Italia con mi amigo Marcelo, para que cayéramos en la cuenta de que nos necesitábamos más de lo que creíamos, y que la separación y el déficit de nuestras comunicaciones evidenciaba una inesperada vulnerabilidad. No hice más que regresar, y nuestras conversaciones se volvieron mucho más intimistas. La revelación mutua, de cuanto nos habíamos extrañado en esos días, nos provocó una incontenible efervescencia emocional y Elena, más decidida que yo, tuvo la feliz idea de invitarme a su casa para a pasar el fin de semana. Esperé ansioso el paso de los días y, el sábado a las 6 en punto de la madrugada, estaba subido en mi coche rumbo hacia el sur, con Calamaro sonando a todo volumen, y el ánimo estimulado por gozosas especulaciones.

Apenas pasaban de las once cuando estacioné frente a su edificio; una de esas construcciones de finales de los ochenta en las que se combinaba sabiamente el mármol con el ladrillo, los balcones tenían un tamaño decente y los portales eran tan amplios, que albergaban sillones y cuadros en las paredes revestidas de madera. Llamé al timbre, y subí por el ascensor hasta el 9º desde, como descubriría al rato, se divisaba el estadio de fútbol, la catedral, y casi toda la ciudad.

- Eres igualito que en la foto de tu blog – fue lo primero que me dijo, con la puerta entreabierta, y mirándome con una amplia sonrisa dentífrica
- Es que yo engaño poco…

Me hizo pasar, y me condujo al salón, donde había dos grandes sofás de cuero blanco haciendo una ele. Nos sentamos, y nos observamos unos instantes con atención y simpatía, confirmando que la imagen que teníamos delante se correspondía con la que guardábamos en la mente.

- Te has lavado el pelo hace un rato, ¿no? – pregunté fascinado por la esponjosidad con que se balanceaba su cabellera cada vez que se movía, y por decir algo que me permitiera distraer el cosquilleo que sentía en la boca del estómago
- ¿Se nota muchos?
- Nooo, sólo si uno mira

Intercambiamos unas cuantas frases más sobre cómo había sido el viaje, las previsiones meteorológicas para las próximas horas, y una película de Scorsese que pasarían esa tarde por tv antes de que me mostrara el resto la casa: aquí está la cocina, un baño, otro baño, mi habitación, ésta que tengo para guardar los libros y que uso de despacho, y ésta otra que es donde vas a dormir tú, sentenció antes de regresar al salón de nuevo

- Ajá – asentí - muy lindo todo, lo tenés decorado con mucho gusto – añadí, sin quitarme de la cabeza la posibilidad de dormir en el cuarto de invitados en vez de en su cama, pero sin alarmarme, ya que lo consideré un comentario fruto de la timidez y no del convencimiento

Antes de bajar a la calle, a comer a un cercano restaurante italiano, me di una ducha, cambié de ropa, y tomamos un Martini en el balcón, donde hablamos como si nos hubieran dado cuerda, evitando caer en silencios peligrosos y eludiendo mirarla a los ojos más de lo imprescindible, no fuera que no pudiera controlar mis impulsos y termináramos demorando el almuerzo. “Ya habrá tiempo después”, pensé convencido.

A la salida del restaurante ya estábamos mucho más relajados. No sólo habíamos hablado largo y tendidos sino que también el Chianti nos había dado un empujoncito para quitarnos la vergüenza de encima. Pero sin excesos, porque yo pensaba que a la hora de la siesta nos daríamos nuestro primer revolcón, y no quería que el alcohol me dejara en mal lugar. Sin embargo, las cosas no salieron como yo pretendía y, mientras yo me metía en el baño para cepillarme los dientes, ella se quedaba dormida sobre uno de los sofás. La tapé con una mantita de viaje que tenía al lado, y me fui a echar una cabezadita al cuarto de invitados, con la esperanza de que se despertaría antes que yo, y vendría a hacerme una visita. Desperté a la hora y media, y ella seguía durmiendo como un lirón, roncando ligeramente y completamente destapada. Volví a taparla, y salí al balcón. Me puse a mirar el paisaje urbano y me animé pensando que con lo descansada que quedaría, iba a rendirme luego por la noche.
Por suerte, no tardó mucho en abrir los ojos y al hacerlo, me invitó a sentarme junto a ella.
- Uy, casi se nos pasa la película – exclamó en cuanto estuve a su lado

Encendió el televisor, y pasamos las siguientes dos horas viendo las evoluciones mafiosas de R. De Niro, Joe Pesci y Sharon Stone. “Menos mal que no es una película española”, me consolé mientras la tarde languidecía y todavía no habíamos tenido sexo.
Sin darnos cuenta, llegó la hora de la cena, y preparamos una ensalada y una pizza de esas congeladas, que enriquecimos con mozzarella extra, orégano, guindilla rallada y unas anchoas. Cenamos en la cocina, y regresamos al salón para tomarnos un té verde. A esas alturas, yo miraba disimuladamente mi reloj a cada rato, preguntándome con aprensión si esto iba a continuar en esta dinámica de amigos. Fue justo cuando ella se recostó apoyando su cabeza sobre mis rodillas mientras el equipo de música reproducía un cd de Paul Mc Cartney. Comencé entonces a acariciarle el cabello, con suavidad, deslizando mis dedos por su cuero cabelludo desde la frente a la nuca, aguardando una reacción de ella que desatara la pasión. No se cuánto tiempo estuvimos así, pero yo ya estaba más que harto del inglés, y de esperar que Elena me diera pie a algo más.

- Cuando tengas sueño, me avisas, y te doy las sábanas para que te hagas tu cama – me dijo de pronto
Me quedé pasmado al oírla y una corriente de súbito pavor se apoderó de mí. Para remediarlo, mandé a mi cerebro una serie de frases que me tranquilizaron de inmediato: “¿Me lo estará diciendo en serio?” “No, boludo, no te preocupés, que ahora es cuando añade: pero si lo prefieres, puedes dormir conmigo…” “esperá un poco, que seguro que no es lo que parece” “escuchaste mal, flaco”…
- Debes estar cansado del viaje, así que avísame cuando te quieras ir a dormir – volvió a la carga jodiéndome mi fugaz terapia de autoengaño
- Sí, sí, yo te aviso – respondí como un autómata, sin saber exactamente qué es lo que estaba diciendo.

“¿Me estaría poniendo a prueba, o de verdad es que no íbamos a echar un polvo esa noche?”. Me asustaba la pregunta y, sobre todo, la falta de una respuesta certera, por lo que no sabía muy bien que hacer. Lo único que se me ocurrió, fue seguir con el masajeo de su cabeza con una mano y deslizar la otra por el resto de su cuerpo, a ver qué pasaba.
- Eh, eh, esa mano – me advirtió cuando llegué a uno de sus pechos

La retiré sin rechistar, y dejé de pasar unos pocos minutos antes de inventarme que estaba reventado y quería irme a dormir.
- Ay, chico, no encuentro las sábanas - me gritó desde el pasillo, donde se afanaba en buscar dentro de un armario - ¿Sábes lo que te digo?, que duermas conmigo, que es tarde y no tengo ganas de ponerme a sacar cosas
- Vale, vale - respondí a su propuesta, pensando en lo rebuscadas que son algunas minas, sobre todo las histéricas. “Parece porteña esta flaca”.

Me acosté en calzoncillos y con una camiseta de mangas cortas mientras ella entraba en el cuarto de baño. Imaginé que saldría con alguna sugerente lencería pero volví a equivocarme. Se metió en la cama con un pijama que la tapaba desde el cuello a los tobillos, apagó la luz, y se abrazo a mí, apoyando su cabeza sobre mi pecho.

“No me jodas que empezamos otra vez con las mariconadas del hombre sensible y todo eso” “No, esto no me puede estar pasando a mí” “Esto es mi mente que me está jugando una mala pasada”. Pero no, no era mi mente sino la jodida realidad. Y sí, justo eso es lo que quería porque enseguida me soltó:

- Necesito mimos…que me abracen, y me digan que soy guapa, y lista y…
- Está bien, flaca, ¿te lo digo y echamos un polvo?
- Yo no echo polvos, yo hago el amor
- Lo que vos digás
- Es que no puedo…ya se que te parecerá una tontería, porque llevo más de un año separada, pero me siento como si le estuviera poniendo los cuernos a mi marido ¿sábes? Yo necesito que me des tiempo, no puedo hacerlo con alguien a quien acabo de conocer
- Te recuerdo que nos conocemos desde hace un año, y en este tiempo hemos hablado más que la mayoría de los matrimonios que conozco…
- Ya, sí, pero no nos habíamos visto hasta hoy…
- Ajá – dije, por decir algo, porque yo no quería hablar ni fomentar su representación histérica
- Podemos besarnos y acariciarnos si quieres – planteó mientras se desprendía de la parte de arriba del pijama
- Ajá – repetí sin pensar, y en un afán de no analizar sus palabras

Por la mañana, me desperté tarde, tomé una ducha y desayuné rápido, esbozando forzadas sonrisas que no evidenciaran mi frustración. Aparte de eso, de disimular, tenía ganas de agarrar el coche y regresar Madrid así que no me demoré en discutir lo sucedido durante la noche. Ella insistía, pero yo no estaba para coloquios. Hice unas cuantas bromas al respecto de lo ridículo de la situación, y me despedí. Para mi sorpresa, se despidió de mí besándome en el ascensor en lo que parecía un arranque de pasión más propio de un preámbulo que de una despedida.

- Llámame cuando llegues, así me quedo tranquila
- Claro – contesté

Todavía está esperando.

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domingo, 9 de enero de 2011

¿Será ésta?

Todavía no me explico cómo me reconoció porque, hasta hace unos días, sólo me había visto en la pequeña foto que figuraba en el perfil de mi blog, con el que además acompaño mis comentarios en mi propio espacio y en otros. Debe ser que hay gente muy fisonomista y que, más allá de encontrar parecidos a los recién nacidos, es capaz de ver una pequeña imagen tuya en Internet, y luego reconocerte con la calle, como así me ocurrió.

Era sábado, y conforme a mis hábitos, me había levantado temprano, desayunado en un bar y acudido a comprar libros a la Cuesta de Moyano, a pesar de que el cielo, encapotado y nuboso, traía seguros presagios de lluvia. Cuando llegué, apenas unos pocos puestos estaban instalados, y el número de curiosos o potenciales compradores a la vista no superaba la decena. Esto último me reconfortó, ya que soy alérgico a las muchedumbres, así que comencé animado la subida de la pendiente, recreándome tranquilamente en encontrar lo que ni siquiera tenía en mente andar buscando. Acababa de llegar al segundo de los tableros, donde de inmediato me concentré en una hilera de libros pertenecientes a la colección Etiqueta Negra de la editorial Júcar, cuando escuché como alguien pronunciaba mi nombre a mi espalda:

- ¿Guido?

Me volví al instante, y me encontré frente a una chica, cuyo rostro me resultaba vagamente familiar pero que no acertaba a identificar

- ¿No me digas que no sabes quién soy? – me preguntó con una amplia sonrisa – soy Natalia – aclaró, ante mi cara de incertidumbre
- Aaah, sí, claro, ahora ya sí te reconozco – respondí, cayendo en la cuenta de que era una de las habituales de mi blog con la que tenía muy buena onda, llegando incluso a intercambiarnos mails de vez en cuando - ¿qué hacés por acá?
- Venía a ver si compraba algunos libros…bueno, y también porque tenía ganas de conocerte
- ¿Por ese orden?
- O no…- contestó enigmática, si no fuera porque había utilizado dos palabras a las que yo recurría con demasiada frecuencia en las respuestas a los comentarios de mi blog

Sonreí ante su respuesta y la observé con atención. Si bien a través de las fotos que colgaba en su blog saltaba a la vista que estaba muy buena, tenerla delante confirmaba esa impresión, aparte de evidenciar que era ella misma la de esas instantáneas, y no una prima suya o una modelo australiana. Sin embargo, por encima de su atractivo físico, me seducía su forma de ser. Como dije, nos habíamos mandado mails varias veces y esto, sumado a sus posts y comentarios que hacía, proyectaba una imagen que me atraía: muy educada, con clase, y un modo de expresarse cada día más excepcional en estos tiempos y esta parte del globo terráqueo.

- Si me hubieras avisado con tiempo, habría puesto más esmero a la hora de vestirme…incluso me habría afeitado, no sea que luego andes diciendo por ahí que Guido Finzi no anda aseado por la vida real
- Así no vas mal
- No, no voy mal, pero puesto al lado tuyo, parecemos la señora y el jardinero

Yo, aparte de no haberme afeitado en varios días ni peinarme, llevaba unos Levi’s gastados y una camiseta que, aunque era de Custo estaba muy dada de sí, sobre todo en el cuello y la parte de abajo. Para compensar, las Adidas Superstar (negras con tiras blancas) que calzaba, estaban casi nuevas y tampoco estaba muy mal la campera de cuero que me había traído recientemente de Argentina. Ella, por su parte, iba impecable: con una falda y chaqueta negra a juego, y una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados. Los zapatos eran de marca, su pelo lucía suelto y esponjoso, y de las orejas le colgaban unos étnicos pendientes con lapislázuli que supuse de origen afgano.

Estuvimos un largo rato paseando arriba y abajo, conversando de cualquier cosa y revisando con esmero las ofertas exhibidas. Al final, conseguimos hacernos con un nada modesto botín que incluía: “La capital del olvido”, de Horacio Vázquez-Rial, “Los milaneses matan en sábado”, de Giorgio Scerbanenco y “Era el cielo”, de Sergio Bizzio, que yo compré para regalárselos, “Kiebitz”, de André Kaminski, “Cuentos de la montaña”, de Miguel Torga, y “Reunión de bachilleres”, de Franz Werfel, que ella compró para sí misma, y “Monsieur Shoshani: el enigma de un maestro del siglo XX”, de Salomon Malka, “Los papeles de Casa Velha”, de Machado de Assís, “El ángel azul”, de Heinrich Mann, y “Las máscaras”, de Jorge Edwards, que adquirí para mí.

Recién pagadas las últimas adquisiciones, se desató la lluvia. Una lluvia intensa, en forma de gruesas gotas, que nos obligó a cobijarnos bajo un frondoso árbol pegado al muro del aledaño Ministerio de Agricultura. Por fortuna, y como acostumbra a suceder con las tormentas, no tuvimos que esperar más de cinco minutos a que escampara y pudiéramos abandonar nuestro refugio. Echamos entonces a andar, sin rumbo fijo y guardando silencio, como si el reciente fenómeno atmosférico nos hubiera tornado callados y metafísicos.
- ¿Adónde vamos? – preguntó ella mientras aguardábamos a que un semáforo se pusiera en verde
- No sé. ¿Querés comer la mejor carne de Madrid? – improvisé
- Si me estás invitando, corres el riesgo de que te diga que sí…
- Y si no me contestás pronto, te arriesgás a que no te repita la invitación
- Vale, acepto. Otro día te invito yo
- Sí, no te preocupés que, para la próxima, busco un sitio caro

Comimos en La Cabaña, en un ambiente a media luz, donde sonaba música romántica del tipo Leonardo Fabio y una trémula vela apenas iluminaba lo que había más allá de nuestra mesa. Como presentía, la charla resultó de lo más animada, y ante la ausencia de prisas por ambas partes, prolongamos la comida repitiendo postre, café y copa. A esas alturas, con timidez diluida en Cabernet-Sauvignon y oporto, nuestras miradas y gestos nos traicionaban de continuo, manifestando sin equívocos la atracción que nos iba uniendo. Pero, lamentablemente, todo tiene su fin, y ante el temor de ser pesados, decidimos abandonar el local cuando ya no quedaban más que otras dos mesas ocupadas.

- Me gustó conocerte, eres estupendo – me dijo ella a la puerta del restaurante
- Me alegro

Nos dimos dos besos en las mejillas y me quedé con su promesa de que me llamaría en los próximos días para invitarme a cenar. Ahora sólo me queda esperar, como lo llevo haciendo toda la vida. Lástima que, como siempre, nunca sepa exactamente si es a ésta, o a cualquier otra.

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viernes, 17 de diciembre de 2010

Berta

Apoyado contra la barra, con un Cinzano a mi diestra y disfrutando del analgésico ruido provocado por el chaparrón que caía afuera, me entretenía buscando apellidos fonéticamente interesantes en las esquelas de La Nación. Para no variar, había encontrado un par que me parecieron idóneos para fantasear algún personaje, movido por la creencia tan judía de que los nombres son importantes. Y es que yo soy de esos que jamás iría a un psicoanalista (esa cosa de rusos y de putos, como diría mi abuelo materno) que se llamase José García, ni escrituraría mi departamento ante un notario que firmara como Juan Pérez, por mucho Ilustrísimo que le colocaran delante.

Después de anotarlos en la pequeña agenda que siempre llevo conmigo, pasé a entretenerme con las noticias del diario. Como no andaba para nada interesado en profundizar en las habituales catástrofes, alterné la lectura distraída de los titulares con la contemplación de la tormenta, que oscurecía la ciudad y embellecía los edificios neoclásicos del barrio, a fuerza de resaltar una elegante combinación de tonos blancos, negros y grises más propia de París que del culo del mundo.

En eso andaba, en pasar ocioso un rato de tarde, cuando el sonido de la puerta al abrirse me hizo volver la cabeza, más por instinto que por curiosidad. Fue entonces que mis ojos se toparon con una morena de pelo largo y oscuro, que me hizo recordar a la actriz norteamericana Veronica Hammel, con la salvedad de que ser más joven y tener los ojos de un llamativo verde felino. Venía empapada, andaría por los treinta, y vestía ropa informal pero cara. Pasó por mi lado, y tomó asiento en un taburete a no más de tres metros de donde yo estaba. Como con toda seguridad sólo había entrado para refugiarse de la lluvia, cuando el mozo se le acercó se demoró unos instantes en decidir. Finalmente, tras pasear sus ojos por la barra, reparó en mi copa, y decidió imitarme.

Mientras le servían, no paró de arreglarse el pelo, pasándose los dedos por el cuero cabelludo y echándose el flequillo hacia atrás. Yo, por mi parte, no podía dejar de mirarla. Siempre me había gustado observar cómo las mujeres se peinan cuando salen de la ducha, y verlas pasear por la casa con el albornoz puesto, el cabello mojado y el cepillo en la mano, era de esas visiones que almacenaba en un lugar recurrente de mi memoria, asociadas con prólogos o epílogos de algo mejor.

Sin embargo, como no pretendía incomodarla, me reprimí y aparté los ojos de ellas, volviéndome a concentrar en las noticias. No lo logré del todo, y seguí observándola con cierta insistencia, ya fuera de reojo o a través del espejo que ambos teníamos enfrente, detrás de la barra. Curiosamente, ella no reparaba en mí, a pesar de nuestra cercanía y mis frecuentes miradas, lo que me hizo sospechar algo anómalo en aquel comportamiento. Me pareció una indiferencia poco natural, forzada, y de inmediato sonreí al evocar cierta historia de mi pasado que empezó de idéntica manera. En aquella oportunidad había tenido fortuna, lo que me alentó para estar alerta ante esta situación y sus posibles evoluciones. Por desgracia, en esta ocasión no contaba con la complicidad del mozo, como entonces, ni con la temeridad de mis días juveniles. Sea como fuera, apenas tuve tiempo de hacerme mala sangre ni rumiar el modo de abordarla, porque fue ella quien se acercó hasta mí.

- ¿Tenés fuego? – me preguntó, con un cigarrillo en la mano
- Sí – respondí, sacando un Zippo de mi bolsillo

Me dio las gracias y ofreció un cigarrillo que rechacé.
- No, yo no fumo
Se sorprendió porque no fumara pero llevara encendedor encima.
- Lo llevo por si me pierdo en un bosque – le aclaré, intentando ser gracioso – no, la verdad es que lo tengo porque me gusta el chasquido metálico que hace al abrir y cerrarlo - confesé
- A mí también me gusta mucho ese ruidito – dijo, expresando con su lenguaje corporal que no tenía prisa por regresar a su sitio
- Te queda muy bien el pelo mojado, le da un aspecto brillante, como si estuviera barnizado
Sonrió, ladeando la cabeza y mirándome con atención, calibrando si mis facciones eran de su agrado.
- ¿Siempre le decís cosas tan lindas a las minas que acabás de conocer? – interrogó en tono canchero
- A veces hasta incluso antes de conocerlas, como a vos. De todas formas, no es muy meritorio ser galante cuando se tiene a alguien tan inspiradora delante…
- Veo que valió la pena acercarme a pedirte fuego
- Debía estar escrito, lo mismo que pidieras lo mismo que yo estaba tomando, y que entraras justo en este bar
- ¿Sos determinista?
- Y de San Lorenzo – repliqué aseverando con la cabeza
- jajaja – me premió la ocurrencia, con una risa que embellecía aún más su ya de por sí agraciado rostro

Roto el hielo, seguimos charlando un buen rato, tomamos un par de Cinzanos más cada uno y nos despedimos con un beso en la mejilla. Entre muchas cosas, me dijo que se llamaba Berta y quedamos en volver a vernos el próximo día que lloviera, en el mismo lugar y a idéntica hora. Felizmente, llovió a la tarde siguiente, y después de repetir bebidas y conversación, terminamos cenando en un coqueto restaurante italiano a la vuelta de mi casa.

Berta y yo estuvimos juntos algo más de dos años, hasta que llegó la inevitable ruptura. Después, no volví a verla hasta años más tarde, justo cuando yo acababa de regresar España, y me la encontré paseando por Florida con dos nenes por la calle. El mayor tenía 9 años, y el más chico, 4. Les quise invitar a tomar algo pero tenían cita para el dentista y andaban con prisa, así que apenas pudimos intercambiar unas pocas frases corteses. Cuando se marcharon, me pareció que ella se daba la vuelta y dedicaba una extraña sonrisa, como de complicidad o picardía. Pero no podría asegurarlo, por el gentío que me impedía verla bien, y porque yo estaba absorto en otras cosas: en pensar cómo se parecía a mí el pibe más grande, y en hacer cuentas con los dedos.

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sábado, 11 de diciembre de 2010

Verónica

Verónica me gustaba, pero yo no estaba enamorado de ella. Si bien llevábamos casi un año manteniendo una relación cómoda, de encuentros espaciados y ausencia de responsabilidades que, de a poco, se fue transformando en algo más, trascendiendo del mero sexo y llevándonos a compartir experiencias propias de parejas al uso: íbamos al teatro, al cine, salíamos a cenar fuera, paseábamos por las ferias de libros, corríamos por el parque, y nos intercambiábamos regalos, yo no la amaba. Por eso, porque no la amaba, y porque los acontecimientos se venían sucediendo en una progresión que nos hacía parecer novios, fue que empezó a entrarme la culpa. A fin de cuentas, y por mucho que lo negara, yo no era más que un tipo cuyo plan existencial pasaba por casarme, tener hijos, un perro, un jardín con flores, y hacer asados los domingos. O sea, el típico fruto de una educación tradicional y, como tal, padecía de cierto sentimentalismo boludo de soltero que se me iba acusando con el transcurrir de los años. Sin embargo, y para hacer honor a la verdad, yo no sólo pensaba en mí, sino también en ella. Temía que se desilusionara, que le diera por imaginar un futuro en común que para mí estaba fuera de cualquier consideración. Así que una tarde decidí llamarla y quedar para poner fin a nuestra historia. No quería que sufriera, ni yo perder más el tiempo. Tenía que decirle que no podía corresponder a su amor, y que se merecía a alguien que la quisiera de verdad e hiciera feliz.

La cité a las siete y media en un bar cercano a mi casa, un bolichito en Talcahuano al 1.000 llamado La Perla, donde a veces acostumbrábamos a tomar algo antes de subir a mi departamento. No mostró curiosidad alguna por el motivo de la convocatoria y se presentó con su acostumbrada puntualidad suiza. Yo, fiel a mis hábitos, llegué al bar con unos minutos de adelanto, y la esperé sentado en una de las mesas más alejadas, aunque ninguna lo estaba suficientemente de un televisor encendido.

Como suele suceder en estos casos, ese día Verónica estaba particularmente linda, con una remera ajustada que alguna vez fue negra y que ahora, a fuerza de lavados, había adquirido un color gris oscuro, y unos jeans gastados que le sentaban como un guante. Me saludó con un beso en la mejilla y tomó asiento, pidió una cerveza al mozo, y sacando un paquete de cigarrillos de su bolso, empezó a fumar con desgana. Después de hablar de pavadas de tipo ¿qué tal en el laburo?, parece que va a llover y otras naderías parecidas, por fin me armé de valor para encarar el asunto:

- Mirá, Vero, vos sabés que yo te aprecio y que me caés muy bien ¿no? pero…uff, no sé cómo decirte esto…
- Me estás asustando, Guido ¿no me digás que tenés sida?
- ¡Qué voy a tener sida, dejate de joder¡. Lo que quiero decirte – y acá me lancé – es que no podemos seguir con lo nuestro
- ¿Lo nuestro? – preguntó sorprendida arqueando las cejas - ¿qué es lo nuestro?

Ahí el sorprendido fui yo, pero Verónica me sacó inmediatamente cualquier duda de encima

- Que yo sepa, quedamos para coger ¿no? lo que no quita para que vayamos a cenar o ver alguna obra, película o comprar libros
- Claro, claro – asentí
- Un momento… ¿no me digás que vos te pensabas que…? – inquirió tras mirarme unos instantes, como para adivinar si yo era tonto o me hacía
- No, no, por favor, ¡qué voy a pensar¡ – la interrumpí, por no escuchar lo que iba a decirme, y que me haría sentir mal conmigo mismo por haber sido tan pelotudo – de todas formas, creo que va siendo hora que pongamos fin a esto ¿no te parece?
- ¿Es que tenés alguna mina a la vista? – quiso saber, con un interés que me pareció nada fingido
- Sí – mentí – hay una mina con la que a lo mejor empiezo algo
- Te felicito – dijo, apretándome la mano – che, ¿qué te parece si subimos a tu departamento y echamos unos últimos polvos de despedida? Es lo mínimo, ¿no?

Cuando Verónica se marchó de casa era noche cerrada, pero no quiso que la llevara en mi auto a la suya, ni que tan siquiera la acompañara al portal, así que nos despedimos arriba, en la puerta de mi departamento, dándonos un abrazo, un fugaz beso y deseándonos lo mejor.

Apenas me quedé solo, me comencé a sentir mal, a notar un regusto amargo que me hizo recordar esos días, post veraniegos, en que oscurece muy temprano y uno nota un bajón existencial que lo arrastra a la melancolía. Aún cuando no había habido ningún dramatismo en el desenlace, tampoco me gustó comprobar cómo, mis suposiciones sobre sus sentimientos hacia mí eran del todo erróneas. Pero la verdad, es que no podía quejarme; un comedido golpe a la línea de flotación de mi ego era un precio llevadero que, además, me exoneraba de cualquier sentimiento de culpa. Lástima que dos días más tarde, en el transcurso de una charla informal con el portero del mi edificio, éste mencionó algo que yo no podía imaginar y que echó por tierra mi sensación de alivio.

Me contó cómo, esa noche había visto a Verónica salir del ascensor y pasar a su lado sin saludarlo, cosa que le sorprendió, ya que era una chica muy simpática. Se la quedó entonces mirando y, a través de los cristales de la puerta, vio cómo se apoyaba en un árbol, seguramente en espera de un taxi, y se largaba a llorar. En aquél momento dudó si salir a consolarla pero, lo pensó mejor y no quería pecar de indiscreto, demasiados porteros chismosos hay hoy en día, como para andar él aumentando la lista. Le agradecí la información, y le tiré unos mangos para que se tomara algo o llevara a su mujer al cine. Después, subí a casa y me tumbé en la cama con el deseo de dormir, de no pensar, pero no pudiendo evitar que un pensamiento único me martillara la cabeza hasta que me venció el sueño: “¿Y ahora, decime, con quién vas a coger, infeliz?”

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martes, 23 de noviembre de 2010

CERRADO

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cambio de rumbo

Rodolfo Barnato pensó que, cambiando de ciudad, su vida pintaría de otro color. La lejanía de su familia (en España), el acumulativo tedio que arrastraba desde antiguo y un reciente desencuentro amoroso lo empujaron a tomar una de esas decisiones, que muchos desean llevar a cabo, pero pocos se atreven a realizar. Decidido, y sin darle chance a la duda ni a la incertidumbre, compró un gran mapa de Argentina y se sentó en un Café de Corrientes a contemplarlo con ánimo de estudio. Buscaba un lugar al que ir, y repetía en voz alta el nombre de las numerosas localidades representadas según las iban descubriendo sus ojos.
Como ninguna le provocaba la más mínima sensación al retumbar en sus oídos, optó por dejar la decisión de su destino geográfico en manos del azar. Cerró los ojos y apoyó el dedo índice, a boleo, sobre el papel. Al abrirlos, comprobó que su uña señalaba una ciudad que no conocía pero siempre le había interesado (como tantas otras): Rosario. Recordó que su padre hablaba a menudo de ella, sacando a relucir, de un modo periódico, al ilustre matemático italiano Beppo Levi, quien trabajara durante 22 años en la Universidad Nacional de dicha ciudad y cuya tumba, en el cementerio judío, acudió a visitar en más de una ocasión cuando él era un pibe. “Rosario, Rosario, Rosario”, repitió Rodolfo en voz baja varias veces, como si al hacerlo confirmara lo acertado de la azarística elección y el susurro fuera un conjuro para un éxito inmediato. A partir de este instante, las ilusiones, el optimismo y una creciente ansiedad se apoderaron de él de un modo absorbente hasta lo enfermizo. Vendió enseguida su restaurante, ubicado a apenas doscientos cincuenta metros de la Casa Rosada y, sin esperar a tener la plata, telefoneó a Barcelona a su amigo Oriol Vallantines, proponiéndole participar en la nueva aventura vital que iba a emprender. Oriol, que se asemejaba al hermano que nunca tuvo, era hijo de un judío catalán de orígen escocés a quien el padre de Rodolfo había conocido en Buenos Aires y vendido, allá por los sesenta, un hotel: el Vaccara.
Desde entonces, las dos familias habían mantenido un trato estrecho, como si las ligara algún cercano parentesco, y no simplemente una puntual operación comercial en común. Por eso no fue casual que, con la llegada de los milicos, los Barnato y los Vallantines emprendieran juntos el exilio, radicándose en Barcelona, donde los llevó el barco italiano que cubría la línea Buenos Aires-Río de Janeiro-Lisboa-Barcelona-Génova. La buena estrella se posó de tal modo sobre los dos clanes, que el triunfo en todo lo que emprendían superaba las más optimistas previsiones. Así, por ejemplo, mientras los Barnato abrían un hotel que poco tenía de modesto, los Vallantines probaban suerte con la gastronomía, con tal tino que su establecimiento es, hoy en día, uno de los más reputados de toda Cataluña. Pero, por encima de estos notables éxitos empresariales, el hermanamiento entre unos y otros se acrecentó sin pausa con el transcurrir de los años, lo que no deja de ser casi una anomalía en estos tiempos de desapego. Por eso no extrañó que, cuando un lustro antes Rodolfo regresó a Argentina para abrir un restaurante en el corazón de Buenos Aires, Oriol dudara hasta el último momento si acompañarlo o no. Ahora, por el contrario, y quizás para desquitarse, no vaciló ni un instante en cruzar el charco y aventurarse ante la propuesta de su amigo. A fin de cuentas, lo único que podía perder era dinero, y esto era algo que no suponía un problema para ninguno de ellos.

No habían transcurrido ni cinco meses después de aquella llamada, cuando Rodolfo y Oriol inaguraban un restaurante en la zona más comercial de Rosario, bautizándolo como Vaccara, en un claro guiño a la melancolía y los tiempos pasados. El local era elegante, pero sin caer en excesos ni esnobismos. Un lugar sobrio, casi clásico, que escapaba de modernas decoraciones que hacía que los restaurantes parecieran laboratorios y éstos, restaurantes. La filosofía del mismo quedó bien definida desde un principio, y consistía en ofrecer comida elaborada a precios asumibles, donde la gente fuera a disfrutar de la gastronomía y no a exhibirse o dejarse ver.

Una noche de entresemana, cuando el Vaccara llevaba poco más quince días de funcionamiento, se presentó a cenar una mujer que llamó poderosamente la atención de Rodolfo. Alta, de piel trigueña, ojos oscuros que se aclaraban al mirarlos de cerca, y una melena color ébano, de tendencia ondulante mitigada a base de cremas suavizantes, componían un conjunto que, a pesar de ciertas desarmonías (bocas y nariz grandes, mentón prominente y caderas mediterráneas), seducía mejor que la simple y desnaturalizada belleza. Tal impactó le causó la visión que, instantáneamente, se arriesgó a predecirle una futura trascendencia en su vida.

- ¿La conocés? – preguntó Oriol, en un recuperado acento argentino, intrigado por el ensimismamiento con que su amigo la miraba
- No – reconoció – pero va a ser mi mujer – sentenció de inmediato
- Vos viste muchas películas…
- Mirá, Oriol, ya sabés que en mi casa somos supersticiosos y no nos gusta adelantar el destino por miedo a que la vida castigue nuestra soberbia, pero…en esta ocasión voy a ser una excepción. Así que anotá el día de hoy y escuchá bien lo que te digo: voy a casarme con ella.
Oriol se quedó mirando a Rodolfo. Comprendió que hablaba en serio, como nunca antes lo había hecho en su vida.
- Adelante, hermano, acérquesele nomás, y que la suerte le acompañe – lo animó, utilizando el usted para dar más solemnidad a su sincero consejo
Rodolfo se aproximó decidido a la mesa donde la mujer cenaba sola. Esta lo recibió con una amplia sonrisa, e invitó a tomar asiento con una afabilidad que le sorprendió gratamente. Semejante proceder no se estilaba en las mujeres que él había conocido y, la novedad, le convenció aún más en su pálpito respecto la excepcionalidad de ella.
- Me llamo Alma Baredes – se presentó, extendiéndole una mano larga, de finos huesos y libre de anillos.
- Yo, Rodolfo, Rodolfo Barnato – contestó él, reteniéndosela entre la suya

A partir de aquí, de este encuentro tan predestinado como cualquier otro, Alma y Rodolfo no volvieron a separarse, contrayendo finalmente matrimonio, en la Municipalidad de Rosario, a los 3 meses de conocerse. Al banquete que le siguió, celebrado en una quinta de las afueras, asistieron todos los Barnato y todos los Baredes, los Vallantines y unos contados amigos más.

Antes de que la feliz pareja partiera para su luna de miel en Praga, Rodolfo acompañó a su padre al cementerio, donde recitaron el kaddish y depositaron piedritas sobre la lápida de Beppo Levi. Para uno, era la primera vez. Para otro, el retorno a algo añorado. Pero, para los dos, un rito cuya finalidad y trascendencia escapaba y que ponía de manifiesto, una vez más, que la vida está llena de misterios y, la mitad, nadie conoce.

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martes, 9 de noviembre de 2010

No más de 4

Ernesto jamás se imaginó escuchar aquellas cuatro palabras de boca de una mujer. Y menos de la que amaba. Por eso, cuando ella dijo por teléfono: “Vos hacé tu vida”, a él le costo entenderla. Para colmo, y esto fue algo que más tarde no dejaría de escocerle, las soltó sin emoción alguna, y con una voz tan calma y neutra, que más pareciera estuviera hablando con un desconocido que con el hombre con quien compartía su vida desde hacía 3 años (sin contar los 2 previos de noviazgo).

Desde entonces, Ernesto no volvió a ser el mismo. Algo se rompió en su interior ese fatídico día, y sus posteriores intentos por recomponerlo fueron tan penosos como inútiles. Había perdido el equilibrio emocional, quedando a la intemperie y a merced de impulsos antes inactivos. Sin querer, pero sin oponerse, se dejó llevar por éstos, entregándose con poca mesura a conquistar cuanta mina se le cruzaba. Con ellas, tenía el éxito asegurado ya que, a su habitual y efectivo encanto de hombre varonil, sumaba ahora un creciente desapego existencial que lo volvía más atractivo, casi irresistible para la mayoría (hay quienes apuntan que uno siempre se relaciona con la misma mujer, aunque todas sean distintas).

En las desesperadas relaciones que siguieron a la ruptura, Ernesto buscaba algo que iba más allá del desahogo físico, y que en nada pasaba por encontrar una compañera. Quería demostrarse a sí mismo, y sobre todo a su ex, lo equivocada que ésta estaba cuando le dijo lo que le dijo, imaginando cómo el dolor por su ausencia y el saberlo acostándose con otras, la traería de vuelta, arrepentida y suplicante. Sin embargo, la realidad siempre se manifestaba de modo bien distinto, y después de cada acto sexual le llegaban unos indeseados efectos secundarios en forma de culpa y angustia. Una especie de resaca moral que lo embriagaba de tristeza. Sentía que estaba traicionando a “su mujer”, y una incontenible necesidad de escapar lo llevaba a refugiarse en la bebida, el rezo o cualquier otra alternativa con que poder mitigar la neurosis.
Por desgracia, los efectos positivos de estas terapias no pasaban de lo efímero, y su cerebro no tardaba en volver a sentirse acosado con lo mismo de siempre. Con esas cuatro malditas palabras que sonaban, una y otra vez, con idéntica y monótona música:

vos hacé tu vida, vos hacé tu vida, vos hacé tu vida, vos hacé…

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