miércoles, 2 de noviembre de 2011

Courage

Se llamaba Jean Bourriaud. Algunos lo conocieron como Pierre Roche y otros, como Michel Dusautoir, Roland Clerc o “André” o “Henri”, o por cualquiera de los alias que utilizó. Había nacido en 1919, en Cergy (Val-d’Oise), localidad cercana a París donde sus padres poseían una imprenta. Tuvo una infancia normal y, a los 18, ingresó en la Sorbona para estudiar Derecho. A finales de 1940, abandona sus estudios e ingresa en la Resistencia, dedicando todos sus esfuerzos en la lucha contra los nazis. Según cuentan quienes le trataron en aquella época, Borriaud era un tipo alto y delgado, enérgico, tosco, desconfiado y dueño de un carisma que hacía estragos entre la gente. Por eso a nadie extrañó que, pese a su juventud, muy pronto se convirtiera en líder regional del movimiento. Él y sus hombres se ocupaban no sólo de actos de sabotaje cada vez más temerarios sino, también, de la ejecución de colaboracionistas, la falsificación de documentos para los judíos, la organización de vías para que pudieran escapar, o la búsqueda de escondites para eludir las redadas. Sin in más lejos, mi tío-abuelo Carlo, Carlo Finzi, quien en esos años vivía en París y pretendía ser pintor, pudo salvar su vida gracias a un falso pasaporte argentino, a nombre de Juan Carlos Olgiatti, que le había sido proporcionado la red que dirigía Borriaud.

Fue precisamente gracias a él, a mi pariente, que yo supe de la experiencia de este héroe francés. Según nos contaba (aprovechaba cualquier reunión familiar para retomar el tema), al acabar la II Guerra Mundial, le dedicaron una calle en el distrito XVII, muy cerca del Parc Monceau, y fue condecorado por el general De Gaulle con la Cruz de la Liberación. En los siguientes años, Bourriad llevó una vida tranquila, compaginando su actividad profesional de abogado, con el mantenimiento de la imprenta fundada por sus padres. Y así continuó hasta mediados los cincuenta, en que colaboró activamente en la organización de Henri Curiel de asistencia al FLN argelino, convirtiéndose en su mano derecha. Con motivo de ello, fue tachado de traidor, su nombre se retiró de la calle que le habían dedicado, y se exilió secretamente en Bélgica, desde donde continuó con la lucha. A pesar de que Argelia logró su independencia en 1962, Borriaud no regresó a Francia hasta 1964. Sabía que su vida estaba en peligro, que las amenazas de muerte de la OAS seguían vigente, y que las fuerzas de seguridad del Estado no iban a tomarse demasiadas molestias por protegerlo. De ahí que su vuelta se redujera a unas pocas semanas; lo suficiente para liquidar sus bienes y largarse a otra parte.

Durante un tiempo nadie volvió a saber de él, hasta que aterrizó en Buenos Aires. Transcurría el año 1967, y Bourriad se instaló como fabricante de pinturas bajo la identidad de Roland Clerc, natural de Lyon. Las cosas le fueron bien. El negocio prosperaba, se casó con una argentina de ascendencia armenia, y tuvieron dos hijos: Michel y Carina. En 1976, con la llegada de la Junta Militar presidida por Videla, Roland Clerc y su familia parten para Francia. La idea era permanecer en París durante un tiempo, a ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Pero las noticias que llegaban eran malas, y Roland se impacientaba. Si en su juventud había luchado contra el nazismo, y después contra el colonialismo, no iba a quedarse ahora de manos cruzadas contra una dictadura de corte fascista en el país de su mujer e hijos. Por desgracia, en ésta ocasión no pudo hacer nada: dos días antes de retornar a la Argentina, fue asesinado al salir de una farmacia de la rue Copernic. De acuerdo a los testimonios de testigos presenciales, un par de tipos, con pasamontañas, bajaron corriendo de un Peugeot, y le dispararon un total de seis tiros antes de escapar en el mismo vehículo. La acción duró apenas unos segundos, y la víctima ingresó ya cadáver en el hospital. Nadie se atribuyó la autoría del atentado, y aunque nunca se detuvo a los culpables, las sospechas recayeron sobre la OAS o un grupo perteneciente a los servicios secretos franceses, y denominado “La Main Rouge”.
Menos de dos años más tarde, su amigo Henri Curiel corrió idéntica suerte.

Hoy, cuando ya pasó más de un cuarto de siglo de su muerte, todavía me sorprendo cada vez que paso en el auto por Juan B. Justo y Warnes, y veo el apellido Borriaud pintado en rojo sobre la pared blanca de la fábrica de pinturas. Pienso en todos los que transitan por allí a diario y ése nombre no les dice nada, en aquellos que salvaron la vida gracia a su valentía y, sobre todo, en sus clientes que a buen seguro se preguntan: ¿Por qué carajo se llamará Pinturas Borriaud, si el dueño es un pendejo que se llama Michel Clerc?.

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http://www.youtube.com/watch?v=vRzrwcVhhzw

martes, 25 de octubre de 2011

Solo

Como cualquier boludo, pensé que la mejor forma de olvidar la reciente ruptura con mi novia, era encamarme con todas las minas que pudiera. Para ello, recuperé el contacto con antiguos compañeros crápulas que hacían de la noche su forma de vida, visité sombríos tugurios donde las conversaciones eran cortas y las preguntas mínimas, y abusé del alcohol sin conciencia. Y no es que estuviera enamorado de Natalia, pero era la única mujer que tenía, y no me gustó nada perderla. “Vos no querés compromisos, Guido. Ni siquiera tenemos un perro en común…”, me reprochaba a menudo. Pero yo no atendía a esos avisos, y me dejaba llevar por la placidez de una relación que no me apasionaba pero tampoco daba quebraderos de cabeza. Pensaba que era yo quién tenía la sartén por el mango, y que todo terminaría cuando yo lo decidiera. Me equivoqué. Así que un día me dejó, y ni siquiera podía reprochárselo. Sólo le repliqué con un poco convincente “¿lo pensaste bien?”, al que ella ni siquiera se tomó la molestia de contestar.

No sé, exactamente, qué fue lo que me sacó de aquél pozo de excesos en el que me iba hundiendo. Quizás el remordimiento, o el miedo a traicionar los valores que me habían inculcado en mi familia, o acaso la mala conciencia por haber dejado escapar a una muchacha buena, alegre y sencilla, que no pedía demasiado a la vida. Que la quisieran, y poco más. No sé. El caso es que un buen día, sin nada aparente que lo diferenciara de los anteriores, me duché, afeité, y plantado ante el espejo decidí serenarme, volver a mis rutinas de sueño y comidas, abandonar los malos hábitos, las pocas recomendables compañías y, en definitiva, reencontrar mi equilibrio. Afortunadamente no me resultó difícil. El tiempo de desbarajustes no había sido excesivo como para crear una dinámica y, en consecuencia, mis vicios seguían siendo controlables.

Debía llevar apenas una semana de vuelta a la normalidad cuando, una noche, recibí una inesperada llamada. Nadie me llama a esas horas (pasaban de las doce) así que, lo primero que pensé, fue en alguna desgracia familiar.

- ¿Holá? – atendí temoroso
- Habla Susana, Susana Vélez ¿Cómo andás, che? ¿te acordás de mí?

Claro que me acordaba, aunque no entendía porqué carajo me llamaba un día de entresemana, a medianoche, y después de más de tres años de habernos visto por última vez. También me preguntaba quién le habría dado mi número de teléfono.

- ¿Guido? ¿estás ahí? - preguntó, impaciente

“No, boluda, estoy en Sebastopol”, me dieron ganas de decirle. En vez de eso, contesté que claro, que cómo iba a olvidarme de alguien como ella. Y era verdad. Cómo no acordarme de una mina que, aparte de estar muy buena, pasó conmigo la noche previa a su casamiento. Hasta me acordaba del novio: un rico estanciero de Santa Fe que se había enriquecido con el cultivo de la soja. No era gran cosa: petisito, medio pelado, adicto a las camisas hawaianas, al oro (cargaba no menos de medio kilo de oro entre su Rolex, una gruesa pulsera con el nombre grabado y un collar del ancho de un dedo meñique), y a los autos y mujeres grandes (como buen petiso). Un tipo tan poco atractivo, que su anacrónico bigote apenas hacía mella en su lucha a muerte contra el ideal de Apolo.

- Imagino que te sorprenderá mi llamada ¿no?…
- ¡ No sabés cuánto ¡ – exclamé en tono cínico
- Te explico: es que hace un año me separé de mi marido, y entonces, como no sabía qué hacer, me vine a vivir a Buenos Aires con mi hermana Blanca..
- ¡ Qué interesante ¡ - la interrumpí con simulado interés
- ¿Víste? bueno el caso es que justo ayer me dieron el divorcio…y como esto es algo que a una no le pasa todos los días…decidí celebrarlo haciendo una flor de fiesta en una quinta
- Aahh, ¿así que esas cosas se celebran? Mirá vos…¡ qué cosas ¡
- Y claaaro, ¿no sabés que es de lo más “in”? Ay, Guidito, que me parece que vos estás totalmente “off”
- Debe ser eso – consentí
- La fiesta va a ser el próximo sábado…¿Tenés para apuntar la dirección?
- Sí – mentí – decime

Me dictó una dirección de Ramos Mejía, que olvidé incluso antes de despedirnos. Lógicamente no iba a ir, pero me daba menos trabajo decirle que sí y no aparecer, que explicarle porqué tenía por costumbre acudir a fiestas, y mucho menos si la organizaba una tarada con motivo de su divorcio.
Tras colgar, me quedé pensando en lo perdido. Comparé lo estúpido y banal de la reciente conversación con las que mantenía habitualmente con Natalia. La frivolidad de una, y el sentido común de la otra. El olvido de aquella noche de hace tres años, víspera a un casamiento, y las compartidas hasta hace escasas semanas. “Con razón se dice que las comparaciones son odiosas” pensé, y agarré el teléfono para llamar a Natalia.

Sí, ya lo sé, tal vez no fuera amor, pero... se le parecía bastante.

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miércoles, 19 de octubre de 2011

Aparecido

Era uno de esos grises y abúlicos domingos por la tarde, donde no queda otra que escuchar los partidos, quedar con alguien, o sucumbir al tedio. Para colmo, caía una fuerte tormenta sobre la ciudad, originando destellos eléctricos en el cielo, y un fuerte viento que silbaba por las calles buscando a quien golpear en la cara, lo que convertía en temerario el socorrido acto de dar un paseo. Serían las cinco y diez o cinco y cuarto, cuando mi amigo Pablo Szwarc entró en el Café Lombardo acompañado de otro tipo.

- Perdoname, Guido, pero ya sabés cómo se pone el tráfico cuando llueve – se disculpó por el retraso – Mirá, te presento a Carlo

El acompañante era el actor de cine y televisión, Carlo Romanelli. Un flaco cincuentón que iba vestido de punta en blanco, repeinado como si llevara peluca y con unos pequeños anteojos con montura de oro. Nos estrechamos las manos, y me quedé mirándolo unos instantes. Era igual a como salía en las pantallas, con la única diferencia de que la cara le brillaba menos, seguramente por la ausencia de maquillaje. Hasta el traje azul que llevaba parecía el mismo que lucía en su papel de abogado en la serie “Abogacía letal”, donde interpretaba a un picapleitos que se ponía sus mejores pilchas para salir de noche a ajusticiar a delincuentes absueltos por negligencias judiciales.

Romanelli me dijo que tenía ganas de conocerme desde que se enteró que era amigo de Pablo, y le pidió a éste que nos presentara. Yo no sabía que decir, así que sonreí con fingida modestia y musité un “muy amable” que sonó poco convincente. A pesar de que a mí no me entusiasmaba sus dotes artísticas (esto no se lo dije), le comenté cuánto me había gustado su papel (esto sí era cierto) en una película de 1997 dirigida por Adrián Rovira titulada “Un hombre sutil para dos mujeres”; una especie de tragicomedia que apenas tuvo éxito de público, pero sí de una crítica que destacó, no sólo la calidad del guión sino, también, las interpretaciones de Romanelli y de una de las protagonistas femeninas, la lindísima y hoy casi olvidada Laura Terán.

Nos sentamos a una mesa más grande de la que yo ocupaba. Bebimos y charlamos de nuestras respectivas actividades, minas, fútbol, viajes, perros y vinos hasta que, pasado un buen, Carlo me preguntó, poniéndose serio, si quería saber de un extraño suceso que él había vivido quince años atrás, justo en el mismo local en el que nos encontrábamos. Le contesté que sí, y se quedó callado unos instantes. Supe, por cómo le cambió el semblante y por esa pausa dramática, que fuera lo que fuese lo que le había ocurrido aquél día, le había calado hondo, lo que quedó confirmado por el tono dolido con que me lo narró y que ahora paso a compartir con ustedes.

Fue una tarde, pero no domingo sino un día cualquiera de la semana, acaso un martes o miércoles. Él había quedado para cenar con su novia de entonces y, como llegaba con adelanto, entró a tomarse un café. Al no tener apuro, buscó sitio donde sentarse, y encontró libre una pequeña mesa pegada a la pared desde la que se veía la calle. Mientras le traían el café se puso a fumar, y a dibujar cubos en una servilleta de papel, algo que acostumbraba a hacer desde que era un pibe. Enseguida se cansó de geometrías y empezó a beberse el café a pequeños sorbos, haciendo tiempo y dejándolo reposar para que se enfriara. Justo cuando estaba dándole el último trago, sus ojos se encontraron con los de un hombre que le miraba desde el otro lado de la ventana. Un hombre idéntico a su padre, vestido con el mismo estilo, y que le dedicó una generosa sonrisa, igual a esa tan característica que él tenía y que le marcaba dos profundos hoyuelos en las mejillas. Carlo se quedó tan sobrecogido, que instintivamente cerró los ojos, como un acto reflejo de negación ante lo ilógico de aquella visión. Era imposible que fuera su padre, porque éste había partido cinco días antes hacia Roma y no tenía que volver hasta tres semanas más tarde. El viejo era romano de nacimiento pero no había regresado desde que Mussolini obligó a su familia a abandonar el país.

Aunque Carlo apenas mantuvo los ojos abiertos unos segundos, cuando los abrió aquél hombre ya no estaba, lo que le dejó más confundido. Pensativo, dejó un billete sobre la mesa, y salió a la calle a buscarlo. Miró a derecha y a izquierda, pero no lo volvió a ver. Encendió entonces un cigarrillo, exhaló una larga calada, más con intención de sosegarse que de disfrutar del tabaco, y echó a caminar hasta el restaurante donde estaba citado. Cenó con su novia, y después fueron a dormir a casa de ella. Durante toda la noche apenas se acordó de lo sucedido en el Lombardo. Sin embargo, sentía una inquietud latente que no le dejaba descansar del todo. Tanto es así que, en cuanto llegó a su domicilio, por la mañana, lo primero que hizo fue acercarse al teléfono. Descubrió con aprensión el parpadeo de la lucecita naranja le indicaba que tenía un mensaje nuevo y levantó el auricular con temor. Escuchó entonces la voz apesadumbrada y entrecortada de su hermano Daniel: “Hola, Carlo, soy Dani…papá murió en Roma…de un infarto…mientras paseaba cerca del Pórtico d’Ottavia, ayer, a eso de las ocho…por favor, llamame lo antes posible”.
Horas más tarde, mientras compartía vuelo de Alitalia con su hermano Daniel y su hermana Rita, Carlo no podía quitarse de la cabeza la reciente imagen de su padre sonriéndole a través del cristal. No sabía explicarlo, tampoco le importaba, pero una cosa le sigue pesando de aquel día: no haberle podido dar un último abrazo.

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jueves, 13 de octubre de 2011

Al destino le gusta insistir

Si la memoria no me trampea, diré que lo vi por primera vez allá por 1990 ó 1991, en un restaurante italiano del centro, entre Corrientes y Pasteur, a mano derecha según se va desde el Obelisco. Lo que no consigo recordar es el nombre, aunque sí acierto a ver sus manteles a cuadros blancos y rojos, sus pintorescas botellas de chianti expuestas sobre estanterías de madera sobre las paredes blancas, y los globos colgados del techo que expandían una luz limpia por toda la sala, y que acentuaban el contraste lumínico con la insuficiencia de watios que reinaba en la calle.
Recuerdo que cenaba con mi amigo Leo, y no nos percatamos, hasta el segundo plato, de que en una de las mesas del fondo, en un rincón de la estancia casi pegado a los baños, Martín Smilansky comía acompañado de un adolescente de poco más de quince años, picado de acné, y con una pelusilla tipo piel de durazno que le sombreaba el labio superior. Ver a semejante personaje de la literatura argentina, sentado a una mesa a poco más de seis o siete metros de donde estábamos, me provocó un inmediato estado de excitación y nerviosismo. No en vano, Smilansky era uno de mis tres escritores favoritos por aquel entonces y, en consecuencia, uno de los motivos por los que yo pretendía adentrarme en el mundo de las letras. Me había leído y releído todos y cada uno sus libros, desde su primera novela; “Un hombre aparente” y publicada cuando contaba apenas 20 años, hasta la última; “Monsergas y estilismos”, y siempre que leía algún suplemento literario, o las páginas culturales de cualquier diario, ansiaba toparme con la noticia de alguna nueva entrega suya.

- Mirá quién está allá atrás, al fondo– le dije a Leo
- ¿Adónde? – me inquirió volviéndose
- No mirés, no mirés
- ¿En qué quedamos, che?
- Bueno, mirá, pero con disimulo

Para ambos, la sorpresa era tan grande, que sólo hubiera sido mayor en caso de haberse tratado del mismísimo Borges. Durante lo que nos restaba de cena, lanzamos furtivas miradas a la otra mesa, sabiendo que nuestra timidez, educación y apocado carácter juvenil nos iba a impedir acercarnos allí para charlar con él. A lo más que llegamos, fue a demorarnos con el postre para así verlo atravesar el salón y observarlo más de cerca, aunque no fuera más que de un modo fugaz.

Nuestro segundo encuentro tuvo lugar unos cinco años más tarde, y en un escenario insospechado, ya que era la primera vez en mi vida que yo acudía al Café Virginia (bautizado así en honor de su primera propietaria; la célebre cantante de tangos de origen gallego Virginia Lou, allá por los años 30). Era un caluroso mediodía de marzo, y yo estaba tomándome un Cinzano y hojeando un libro de cara al gran ventanal que daba a la calle Varela. No terminaba de concentrarme en la lectura, y el sol que atravesaba el cristal y me daba en la cara, amenazaba con potenciar los efectos del vermouth, y adormilarme del todo. En eso estaba cuando una voz, ronca y cercana, me sacó del sopor.

- ¿Me daría usted fuego, joven?

Tardé unos segundos en reaccionar y cuando me volví, no lo reconocí a primera vista. Su cara me sonaba, pero no lograba identificarlo. Estaba más demacrado y ojeroso que la otra vez que lo había visto, iba vestido de forma descuidada, y su aspecto en general denotaba cansancio o alguna enfermedad, lo que acentuaba aún más sus ya de por sí duras facciones. Mientras le prendía su cigarrillo con mi encendedor, sus ojos se detuvieron en la portada del libro: “Parajes inhóspitos”, de Gustavo Sermoneta.

- ¿Le está gustando? – me preguntó tras dar la primera calada

Recién en ese momento caí en la cuenta de su identidad. Tragué saliva, y apenas atiné a balbucear un torpe:

- Lo escribió un amigo mío

Smilansky asintió con la cabeza y me ofreció un amago de sonrisa, dejándome la duda si me tomaba por un idiota, o comprendía que le había reconocido y me sentía intimidado. A fin de cuentas, su talante mordaz era legendario y su nombre representaba un mundo que me fascinaba y del que yo quería formar parte.

- Una ópera prima interesante, sumamente interesante…¿vos también escribís, pibe? – se interesó pasándose al tuteo
- Lo intento, pero mi talento no da más que para cuentos, relatos de pocas páginas
- Bueno, Borges nunca escribió novela, y mirá vos a lo que llegó

Se ve que el tipo tenía ganas de charlar, porque me pidió permiso para sentarse a mi mesa, y me invitó a tomar lo que quisiera. Pedí otro vermouth, y nos pasamos la siguiente hora haciendo un repaso de la literatura en general, y la argentina en particular. Cuando se despidió, me estrechó la mano con fuerza y accedió a firmarme un autógrafo en un pañuelo de hilo, de esos que mi madre me acostumbró a llevar en el bolsillo desde chico y que todavía conservo.

A lo largo de 1995 y 1996, coincidimos unas cuantas veces en lugares tan dispares como el Parque Lezama, en la pizzería Banchero de la calle Corrientes, a la salida de la cancha de Ferro en un partido contra San Lorenzo, y a la entrada de un concierto de Yehudi Menuhin en el Teatro Colón. Siempre me trataba con afecto, e invariablemente iniciaba la conversación con un: “¿Cómo va la novela, Finzi?”, para enseguida pasar a tratarme de vos y recordarme su promesa de escribirme el prólogo a cualquiera de mis libros cuando yo se lo pidiera. Nunca lo hice. Supongo que por un desmesurado respeto, por miedo a defraudarlo y porque, desgraciadamente, murió aquél mismo año a consecuencia de un cáncer. Desde entonces, todo lo que publico sale sin prólogo. “¿Por qué?”, me pregunta el editor de turno. “Es una larga historia”, contesto, pero no me queda más remedio que volver a contarla.

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sábado, 26 de marzo de 2011

Tres escenas con Graciela

- Graciela, así no podemos seguir.... - declaré
- no te entiendo - dijo ella con una asomo de miedo en los ojos
- así....es que siempre pasa lo mismo....estoy en la cocina preparando algo y aparecés vos sin ropa a rondarme y claro, yo no soy de piedra, y terminamos siempre acá, en esta cama.....
- ah, era eso - respiró aliviada - andá vení, que como te gusta decir: "no sólo de pan vive el hombre".

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Como de costumbre, me había despertado antes que Graciela, asi que aproveché para salir a la calle. Compré el diario, una docena de facturas y esas palmeritas de chocolate que a ella tanto le gustaban. Regresé a casa y ella me oyó nada más entrar:
- ¿Sos vos, Guido? - voceó desde el cuarto
- sí, soy yo.....ahora voy
Cerré la puerta de la calle con dos vueltas de llave, dejé las compras sobre la mesada de la cocina y acudí al dormitorio. Descolgué el teléfono de la mesita de luz y comencé a desnudarme. Ante la mirada curiosa de Graciela, me anticipé a su previsible pregunta y contesté:
- compré factura y el diario, cerré la puerta de la calle y acabo de descolgar el teléfono.....te quiero en exclusiva para mí durante las próximas horas
Graciela sonrió y apartó la sabana para que contemplara su cuerpo desnudo
- Soy toda tuya

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Cuando Graciela se subió al stepper, yo me fui a la cocina. Sabía que tenía para media hora allí arriba, subiendo y bajando, así que me puse a leer el Clarín. Digo a la cocina porque desde allí, sentado en la mesa, tendría una visión directa de ella ejercitándose en mitad del comedor.
Cada tanto, la observaba, y ella me devolvía la mirada.
Luego de veinte minutos Graciela empezó a transpirar. Como siempre le ocurre, al cabo de ese tiempo de ejercicio, comenzó a quitarse la ropa: la parte de arriba del equipo de gimnasia, luego la remera, hasta quedarse en corpiño (son las ventajas de hacer gimnasia en casa). Yo miraba su streap tease casual, y seguía leyendo.
A la media hora, ya estaba exhausta. Se bajó, estiró los músculos de las piernas, y se dirigió al baño a darse una ducha. No pudo alcanzar su objetivo, porque yo la intercepté en el camino
- Ni loco te dejo escapar así, en corpiño y toda transpirada - y le pasé la lengua por el cuello- estás salada

Luego, la probé toda.

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jueves, 17 de marzo de 2011

Débil

Si en aquella ocasión engañé a Ester con su mejor amiga, no fue porque no estuviera enamorado de ésta sino, simplemente, porque pude hacerlo. Amaba a mi esposa y el sexo con ella, cálido y amparado en una comodidad carente de presiones, me excitaba más que con ninguna otra. Sin embargo, mi cordura y fidelidad sucumbían ante la visión de Graciela; una imponente cuerentona de formas curvilíneas y mórbidamente femeninas ante la que ningún macho sexualmente activo podía permanecer impasible. Mis veteranos amigos sentían debilidad por las lolitas pero yo, siempre poniendo la discordancia en todo, me sentía atraído por las mujeres maduras. Quería el cuerpo de una mujer con historia, esculpido por el pasado y los conflictos, encajarme entre unas caderas que hubieran parido, sentir el tacto y el sabor de unos senos amamantados por hijos deseados, quería que me comparara triunfante con su ex marido y quería escuchar mi nombre susurrado entre gemidos por una mujer que no fuera la mía. Y sobre todo, quería que ésta, fuera Graciela.
Comencé entonces a boludear por su barrio para hacerme el encontradizo, y darle a la historia un toque casual y azarístico, pero no hubo manera. El azar no se deja tentar y, al final, tuve que mirar su número de teléfono en la agenda de mi esposa y llamarla, con la inventada y poco creíble coartada de una cita con un agente literario en un Café a cuatro cuadras de su casa. Aún así, me invitó a visitarla, aprovechando que su ex marido había llevado al hijo común al cumpleaños de un amiguito, y terminamos revolcándonos en el sofá cama y la alfombra como dos adolescentes.

Después de este primer encuentro, nos vimos otras cinco o seis veces, hasta que Ester tuvo que ser operada de un tumor en el pecho y yo asumí que era un castigo divino por culpa mía. Encendí velas en casa, rapé mis cabellos y acudí a la sinagoga a prometer a D-os que si se salvaba, no sólo iba a dejar de verme con Graciela sino que abandonaría cualquiera afán donjuanesco en lo que me restara de vida. Incluso dejaría de mirar con lascivia mamífera a cualquier mujer con talla de sostén superior a 100 y jamás de los jamases volvería a navegar por las páginas porno de Internet. Por suerte, mis súplicas fueron atendidas, y el tumor resultó ser benigno. De esto hace poco más de año y medio y en todo el tiempo transcurrido fui fiel a la palabra empeñada. Al menos hasta hoy, que mi mujer se fue con nuestra hija a visitar a sus padres en Entre Ríos y yo me encuentro paseando por Tucumán al 2000, a escasas cuadras de la casa de Graciela, con un calentón que no se me va y el celular pesándome en el bolsillo.

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sábado, 12 de marzo de 2011

Lo tuyo es teatro

Me había acostado a ver la tele y terminé durmiendo toda la tarde. Al despertar, me asomé al balcón y advertí, con asombro mesurado, cómo la exigua luz del ocaso apenas sobrevivía entre nubes oscuras que presagiaban tormenta y que se extendían hasta el horizonte en una infinita gama de grises. La inminencia de lluvia me animó de inmediato, como me ocurría desde aquel día lluvioso y otoñal en que nací. Así que, ansiando que se desatara el previsible fenómeno atmosférico, salí de casa para tomarme una copa en un Café cercano e intentar escribir algo. La serena contemplación de la lluvia siempre suponía un momento propicio para la inspiración y si a esto sumamos el variopinto elenco que constituía la clientela del Ombú, no es raro imaginar que en mi interior creciera la idea de perfilar un buen cuento.
Debía llevar apenas media hora garabateando frases en mi cuaderno rojo cuando Mirta entró por la puerta, casi a la carrera y mesándose sus empapados cabellos. Al principio, no reparó en mí y tomó asiento a una mesa bastante alejada de donde yo estaba. Fue recién mientras revolvía su café con leche cuando, por fin levantó la vista y me reconoció. Sonrió con amplitud y se acercó, haciendo equilibrios con la taza y el platito.
- ¿qué hacés acá? – preguntó antes de darme un beso en la mejilla
- vivo en el barrio, ¿y vos?
- andaba por el barrio
- Ah - exclamé por decir algo…
Se produjo un breve y embarazoso silencio entre ambos. Hacía una década que no nos veíamos y la última vez que lo hicimos fue en un café parecido a éste, dónde ella me dijo que necesitaba tiempo para ella misma y que nuestra relación la estaba asfixiando. En realidad lo que quería decirme y no pudo, fue que se estaba encamando con un pedante director de teatro y que me dejaba por él. Mirta fue la primera mujer que me hizo sufrir y quien me demostró, con empírico dolor, que mis dotes de enamorador no eran infalibles.
- ¿te casaste? – preguntó rescatándome del pasado
- no…..¿y vos?
- Dos veces
- ¿con…..? – inquirí sin atreverme a nombrar el nombre de él
- nooo, con ése no – contestó decidida, sabiendo que me refería al tipo por el que me había dejado y de cuya existencia yo supe apenas diez días después de que me abandonara, cuando mi amigo el turco Ohayon los vió pasear de la mano por Parque Rivadavia – primero lo hice con un actor y después con un médico del Hospital Italiano….eso fue antes de irme a vivir a Nueva York y divorciarme de él, claro…
- claro….¿y ahora a qué te dedicás?
- soy actriz – exclamó con indisimulado orgullo – justo en estoy días estamos representando una obra en el Paseo La Plaza…..¿no me viste en los carteles publicitarios?
- no, no sigo mucho la cartelera…
- tenés que venir…..es una obra bárbara, un poco existencialista ….de pensar ¿viste?
- claro….de pensar (“de pensar en no volver nunca más al teatro” fue lo que pensé en ese instante)
- che, ¿por qué no venís esta noche a vernos y después cenás con mi novio y conmigo? Ya verás lo bien que te va a caer….es un tipo divino….¡tan inteligente, tan culto…¡ además, es el director de la obra….dále, vení ¡ vení ¡

Yo no sabía que responder, no porque no estuviera seguro de no querer ir, sino porque ninguna excusa viable acudía a mi mente. Sin embargo, esta falta de entusiasmo por mi parte, lejos de detenerla, la alentó más en su empeño, a todas luces excesivo, porque la viese en escena y conociera a su novio.
- ¿tenés celular?
- no, me lo dejé en casa – mentí, imaginando nada bueno
- es que el mío se quedó sin batería….¿acá tienen teléfono?
- sí, al fondo…junto a los baños
- bueno, esperáme que llamo a Darío y digo que no haga planes para después de la función, y que reserve mesa en un restaurante…hay cerca del teatro uno armenio, que te va a encantar
- dale, andá tranquila…

No bien Mirta desapareció de mi campo visual, me levanté a toda prisa y aboné las consumiciones al mozo antes de encarar la calle. Llovía copiosamente y un aire fresco soplaba con escasa piedad, levantando hojas del suelo y obligándome a caminar pegado a pared. Pero nada de esto importaba. Sólo quería llegar a mis dos ambientes y tirarme en el sofá a ver la tele, olvidar la conversación reciente y no dejar que el tiempo lluvioso me trajera nostalgias. Porque si hacía tiempo que dejé de ser boludo, de ser sentimental, nunca terminé de curarme

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