Hará unos cuatro años, mi amigo Sebastián Liuzzi, descendiente de los generales Guido y Giorgio Liuzzi, me escribió de París, anunciándome el envío de una primera edición de “Sociologia delle Religioni”, de Umberto Cassuto (Turín, 1929). Por aquél entonces, yo apenas sabía nada del autor, y mis únicas referencias se reducían a su origen florentino y a que, durante un tiempo, había coincidido con Scholem en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Por encima de estas consideraciones y el interés que me suscitaba el título, lo que me fascinó de inmediato, fue la presencia física del libro: cosido a mano, y encuadernado en cuero negro y oro, con una delicadeza de artesano hoy fatalmente desaparecida. Esta atracción visual me empujaba irremisiblemente a acariciarlo, a palpar la suavidad de su piel y notar en la punta de los dedos la depresión de las letras de la cubierta y el lomo. Según me contó Sebastián, lo había adquirido en una librería del distrito XVI, regentada por un viejito de nombre Moïsse Gabbay, y que le fuera recomendada por su primo Michel. Más tarde supo, conversando con el anciano, que el local era frecuentado por gente como Pierre Vidal-Naquet o Maurice Molho, y observó, sobre la gran mesa que utiliza de escritorio, una foto enmarcada en la que el viejo posa sonriente junto a Erwin Panofsky.
Después de manosearlo un rato por fuera, finalmente abrí el libro y empecé a hojearlo, al azar, yendo y viniendo de atrás para adelante y de adelante hacia atrás. Algunas hojas estaban pegadas, supuse que a efectos de la humedad contenida durante décadas, y me entretuve en separarlas, cuidadosamente, con miedo a rasgarlas. Cuando casi estaba acabando, me topé con un grupo de unas ocho o diez que me dieron un mayor trabajo y que encerraban una sorpresa del todo inesperada. En el interior de las dos últimas (las del centro), apareció un papel, pequeño, contenido en medio de ellas como dentro de un sobre. Lo tomé en mis manos y lo examiné. De inmediato comprobé que era una breve carta, doblada en dos sobre una cuartilla, y escrita, en italiano y a lápiz rojo (ahora presentaba un aspecto amarronado) por ambas caras. Estaba fechada en Fossoli el 28 de mayo de 1944, y al dorso presentaba la rúbrica de un tal Vittorio Pacifici. La caligrafía era esmerada, y presagiaba un alto grado de instrucción en quién la había escrito, pronóstico que quedaría confirmado en cuanto comencé a leerla. Con pulcra sintaxis, Vittorio Pacifici reiteraba su amor hacia su amada, Adela, y se despedía ante la eminencia de su involuntario traslado hacia algún lugar del Este de Europa, y ante la más que probable imposibilidad de poder hacerlo en el futuro.
Releí la carta varias veces, sin conseguir despegarme del cierto ánimo metafísico que me había provocado la primera lectura. Quedé pensativo y callado, quieto, con la mente retrocediendo a un tiempo pasado que no viví, y empatizando con desgracias ajenas que pudieron ser mías. A fin de cuentas, mi familia escapó por lo pelos de similares destinos. Al irse diluyendo estas sensaciones, me entregué a la pragmática tarea de averiguar todo lo que pudiera sobre Vittorio y Adela. Llamé a mi amigo Sebastián (albergaba la paranoica hipótesis de que la inclusión de la carta en el libro hubiera sido idea suya), visité numerosas páginas de Internet, y pregunté en mi entorno familiar, tanto en Argentina como en Italia. De todas estas indagaciones no saqué nada en claro. Apenas algún recuerdo vago sobre alguien de apellido Pacifici pero que no coincidía con Vittorio. Finalmente, me puse en contacto con la Comunidad Judía de Roma donde, tras diversas comprobaciones respecto a mi identidad y los motivos de mi consulta, accedieron a compartir la información de la que disponían. Así conseguí saber que Vittorio Pacifici había nacido en Roma el 5 de enero de 1910, ejerció como abogado hasta la instauración de las Leyes Raciales, y murió en Auschwitz en una fecha sin determinar (es viable suponer que allí conociera a Primo Levi). Referente a Adela, no figuraba nadie con ese nombre en sus registros de la época. “Seguramente fuera católica”, me dijeron.
Sólo cuando al año siguiente viajé a Roma, y mostré la carta a uno de los principales dirigentes de la colectividad, tuvieron a bien a darme un dato adicional de suma importancia: en la ciudad, aún vivía una prima hermana de Vittorio. A petición mía, el propio Dr. Sereni la telefoneó al momento, concertándome un encuentro para aquella misma tarde. La nonagenaria señora, hija de un hermano del padre de Vittorio, residía en el Prati, en una distinguida vivienda de principios de siglo, que compartía con su hijo, notario como el difunto padre, y su nuera.
Fiel a mis costumbres, llegué puntual a la cita, toqué el timbre, y una persona del servicio me escoltó hasta el salón, donde la familia me estaba esperando. Me saludaron con cordialidad, invitaron a tomar un té, y sin mucho más preámbulos, leyeron por turnos la carta que les ofrecí. Se emocionaron, y la nonagenaria comenzó a narrarme la historia de los suyos, siguiendo su propia jerarquía de recuerdos. Mientras lo hacía, me iba mostrando antiguas fotos en blanco y negro, y por primera vez pude ver cómo había sido Vittorio, su primo favorito, siete años mayor que ella y a quien siempre consideró como un hermano.
Con renovadas lágrimas en los ojos, doña Natalia no dejaba de apretarme repetidamente las manos y de darme las gracias por lo que estaba haciendo. Los demás se sumaron al agradecimiento, y yo tuve que esforzarme en no sucumbir a lo emotivo del momento. Consciente mi incomodidad y con el propósito de desdramatizar el instante, el hijo, Arnaldo, propuso que fuéramos a cenar al viejo ghetto, a un restaurante casi pegado al Portico D’Ottavia. No tenemos que ponernos tristes, dijo, añadiendo que yo era su invitado de honor, y no podía negarme a las excelencias de la cocina judía romana. Lejos de oponerme, acepté encantado, disfruté de una velada entrañable, y terminé ganando tres nuevos amigos en la ciudad.
El año pasado, mediante un llamado telefónico, Arnaldo me comunicó el fallecimiento de su madre. Cumpliendo con una de sus últimas voluntades, la carta del primo pasó a formar parte de los fondos del Museo Ebraico de Roma, donde aparece expuesta junto a una tarjeta informativa en la que se lee: “Donazione di Guido Finzi”.
De Adela, nunca nada se supo.
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"Es peligroso inventar cuentos. Si resultan buenos terminan por hacerse realidad, después de un tiempo se trasmiten, y entonces ya no importa si fueron inventados, porque siempre habrá alguien que después los haya vivido". Edgardo Cozarinsky
miércoles, 7 de diciembre de 2011
viernes, 25 de noviembre de 2011
Green tea
Bernardo levantó suavemente la sábana y la miró con detenimiento. El pelo rubio desteñido, la pintura de los labios saliéndose de sus bordes y unos muslos que exhibían celulitis bastaban para no acordarse de lo que más le llamó la atención cuando la conoció, hacía escasamente ocho horas: la protuberancia de los pezones y su cara de viciosa.
Se preguntaba, asombrado, cómo podía seguir durmiendo; con la incómoda luz matutina entrando sin vergüenza por la ventana, los pajaritos trinando endemoniados y los jardineros de la urbanización recortando setos y podando ramas ,sierra mecánica en mano, con más entusiasmo que el protagonista de La Matanza de Texas. Apenas eran las nueve y diez de la mañana de un sábado, y sólo faltaba que llamaran al timbre los Testigos de Jehová para hablarle de Dios y la salvación del mundo. Como no era una posibilidad del todo descartable, y tampoco que su ocasional pareja se despertara con la idea de ducharse juntos, Bernardo buscó sus calzoncillos y se encaminó a la cocina a preparar café y meterse bajo el agua antes de que sus temores se cumplieran.
Activado por la ducha caliente y la cafeína, volvió a su cuarto para ver las evoluciones oníricas de la marmota. Ésta continuaba roncando, emitiendo extraños sonidos y moviéndose con una leve agitación, igual que hacen los cachorros de perro. “Esto va para largo” pensó, y decidió bajar a comprar el periódico.
Repasadas las necrológicas, la programación de las distintas cadenas televisivas, y resuelto los dos crucigramas; el fácil y el difícil, Bernardo permaneció un buen rato mirando a la hembra, que más que dormir parecía haberse muerto sobre su cama. Anoche la había imaginado más delgada y sonrió al pensar que tal vez se estaba convirtiendo en un hombre de gustos “más amplios”. Pero llevaba tantos meses sin sexo que se decidió darle de comer a la nutria como fuera. Además, siempre podía justificarse diciendo que había poca luz o que el Jack Daniel’s era de garrafón.
Finalmente, pasadas las diez y media, la bella durmiente abrió los ojos.
- Me encanta que me miren mientras duermo, es tan romántico…- fueron sus primeras palabras
Eso era más de que él podía resistir, así que le dedicó una falsa sonrisa y fue a buscarle un café, a ver si tenía el buen gusto de tomárselo rápido y largarse. Regresó enseguida, con una taza humeante y la esperanza de que entendiera que el romanticismo estaba sólo en su mente, y que no iban a compartir un desayuno con jugo de naranja y tostadas mientras se acariciaban las manos y miraban a los ojos.
- ¿Café? Ahgggg, yo tomo té verde; es que es bueno para perder grasas y mantener la línea – dijo mientras pasaba sus manos por las caderas con supuesta sensualidad
- Aahhh, pues yo sólo tengo café
- Entonces podríamos desayunar fuera ¿no? ¿O vos querés que juguemos otro poquito?- propuso con picardía la musa de Botero
La verdad es que él no quería jugar, pero llevaba tanto tiempo sin desahogarse, que no tuvo espíritu para negarse. Un rato después, ya satisfechos y aseados, bajaron a la calle a desayunar en una de esas cafeterías modernas, con mucha formica e iluminada como un laboratorio, donde se suelen citarse las minas con sus amigos gays para charlar de trapos, bolsos y de lo cabrones que son sus novios.
Apenas ocho meses más tarde, Bernardo y Claudia se casaron, y al año y medio tuvieron su primer hijo: Adriáncito. Tal vez hoy en día los dos se quieran, e incluso coman perdices pero Bernardo, de tarde en tarde, todavía se pregunta en cómo habría cambiado la historia si, aquella mañana de sábado, hubiera tenido té verde en casa.
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Se preguntaba, asombrado, cómo podía seguir durmiendo; con la incómoda luz matutina entrando sin vergüenza por la ventana, los pajaritos trinando endemoniados y los jardineros de la urbanización recortando setos y podando ramas ,sierra mecánica en mano, con más entusiasmo que el protagonista de La Matanza de Texas. Apenas eran las nueve y diez de la mañana de un sábado, y sólo faltaba que llamaran al timbre los Testigos de Jehová para hablarle de Dios y la salvación del mundo. Como no era una posibilidad del todo descartable, y tampoco que su ocasional pareja se despertara con la idea de ducharse juntos, Bernardo buscó sus calzoncillos y se encaminó a la cocina a preparar café y meterse bajo el agua antes de que sus temores se cumplieran.
Activado por la ducha caliente y la cafeína, volvió a su cuarto para ver las evoluciones oníricas de la marmota. Ésta continuaba roncando, emitiendo extraños sonidos y moviéndose con una leve agitación, igual que hacen los cachorros de perro. “Esto va para largo” pensó, y decidió bajar a comprar el periódico.
Repasadas las necrológicas, la programación de las distintas cadenas televisivas, y resuelto los dos crucigramas; el fácil y el difícil, Bernardo permaneció un buen rato mirando a la hembra, que más que dormir parecía haberse muerto sobre su cama. Anoche la había imaginado más delgada y sonrió al pensar que tal vez se estaba convirtiendo en un hombre de gustos “más amplios”. Pero llevaba tantos meses sin sexo que se decidió darle de comer a la nutria como fuera. Además, siempre podía justificarse diciendo que había poca luz o que el Jack Daniel’s era de garrafón.
Finalmente, pasadas las diez y media, la bella durmiente abrió los ojos.
- Me encanta que me miren mientras duermo, es tan romántico…- fueron sus primeras palabras
Eso era más de que él podía resistir, así que le dedicó una falsa sonrisa y fue a buscarle un café, a ver si tenía el buen gusto de tomárselo rápido y largarse. Regresó enseguida, con una taza humeante y la esperanza de que entendiera que el romanticismo estaba sólo en su mente, y que no iban a compartir un desayuno con jugo de naranja y tostadas mientras se acariciaban las manos y miraban a los ojos.
- ¿Café? Ahgggg, yo tomo té verde; es que es bueno para perder grasas y mantener la línea – dijo mientras pasaba sus manos por las caderas con supuesta sensualidad
- Aahhh, pues yo sólo tengo café
- Entonces podríamos desayunar fuera ¿no? ¿O vos querés que juguemos otro poquito?- propuso con picardía la musa de Botero
La verdad es que él no quería jugar, pero llevaba tanto tiempo sin desahogarse, que no tuvo espíritu para negarse. Un rato después, ya satisfechos y aseados, bajaron a la calle a desayunar en una de esas cafeterías modernas, con mucha formica e iluminada como un laboratorio, donde se suelen citarse las minas con sus amigos gays para charlar de trapos, bolsos y de lo cabrones que son sus novios.
Apenas ocho meses más tarde, Bernardo y Claudia se casaron, y al año y medio tuvieron su primer hijo: Adriáncito. Tal vez hoy en día los dos se quieran, e incluso coman perdices pero Bernardo, de tarde en tarde, todavía se pregunta en cómo habría cambiado la historia si, aquella mañana de sábado, hubiera tenido té verde en casa.
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lunes, 21 de noviembre de 2011
Chau, flaco
Era uno de esos días calurosos de febrero, en los que el sol pegaba como si le debieran dinero, la camisa se adhería a la espalda y los calzoncillos se arrugaban con terquedad en torno a la parte alta de los muslos. Por las calles apenas transitaban vehículos, el asfalto exhalaba un ligero humo con tufo de alquitrán, y el género humano se protegía tras las persianas de sus casas o al amparo del aire acondicionado de cualquier bar. Así pintaba la tarde cuando mi amigo Enrique Sabán abandonó su domicilio, indiferente a los inhóspitos rigores veraniegos, y con su típico andar de mano derecha en el bolsillo y sus pies marcando las dos menos diez.
Yo a esas horas estaba sentado en el Café Saigón, que a pesar del nombre pertenecía a un vasco, tomando cerveza, escribiendo cualquier cosa en una libreta y, sobre todo, mirando por la ventana. Cuando Enrique pasó por delante por el ventanal al que daba mi mesa, choqué mis nudillos contra el vidrio y le hice señas de que entrara. No es que fuéramos amigos del alma pero, nos conocíamos desde chicos. Vivíamos en el mismo barrio, fuimos compañeros en el colegio judío, aunque el iba un grado adelantado, y coincidíamos a menudo en la sinagoga con nuestras familias. Éramos un par de buenos muchachos de la Cole a los que la vida y la vida habían tocada de manera desigual. Enrique, no sólo había heredado la fábrica textil de sus padres sino que también ganó, seis años atrás, una importante suma en la lotería. Para compensar, como si alguien allá arriba o muy abajo se sintiera celoso, perdió a su mujer en un accidente automovilístico, con el agravante de que se encontraba embarazada de siete meses. Desde entonces, y ya iba para casi medio lustro, Enrique parecía regodearse en la autocompasión y en una resignada soledad no exenta de resentimiento, pero no hacia la gente, sino hacia D-os y la vida.
- ¿qué hacés con este calor en la calle? – le pregunté cuando lo tuve delante
- Nada, salí a pasear….- contestó desganado, levantando los hombros
- Andá, sentate y tomá algo
Obedeció y pidió lo mismo que yo, una cerveza
- Hace mucho que no te veía. Bueno, en realidad, hace mucho que no veo a nadie……..¿seguís escribiendo? – me preguntó
- Sí, qué remedio……estoy ultimando un artículo para el diario, dándole duro a mi próxima novela y colaborando con un guión de cine…..también me salió una cosita para televisión….
- Eepa, vas a morir de éxito, flaco
- De éxito no, de agotamiento
- ¿Y a vos? ¿cómo te va con la fábrica?
- Pse, los coreanos nos están jodiendo……a la gente sólo parece importarle el precio y no la calidad….todo lo que ellos fabrican es schmate pero les da lo mismo…..fijate cómo va la gente vestida y decime si no da pena….ahora hasta los que tienen plata van como crotos…..es un desastre
- Y, sí………- respondí por empatía y comprobando aliviado que, casualmente, ése día me había vestido con cierta elegancia
- De todas formas…..poco me importa…….
Siguió un silencio breve y difícil hasta que de repente me preguntó:
- ¿seguís con Sandra?…………se llamaba Sandra ¿no?
- Sí
- ¿Les va bien?
- Sí – respondí casi avergonzado
- No tienen hijos ¿no?
- Estamos esperando el primero
- Te felicito
- Gracias - le dije, sintiendo una punzada de culpa
Temí que me dijera algo del tipo: “el mío ahora tendría casi cinco”, así que decidí cambiar de tema, por temor a sus palabras o a la falta de ellas. Fue justo entonces que sonó su celular. Se levantó de la mesa y caminó hacia el fondo del local para hablar. Cuando regresó, apenas un minuto después, se despidió de mí con un enérgico apretón de manos.
- Me tengo que ir…….me alegro de haberte visto – me dijo
- Yo también
A través del cristal lo vi parar un taxi y saludarme con la mano y una sonrisa franca antes de montarse al vehículo. No sé quién le llamó ni hacia dónde se dirigía pero nunca llegó a destino; su taxi fue embestido lateralmente por un camión en un cruce a cuatro cuadras, y Enrique murió en el acto.
Cuando pienso en ese día, no puedo abstraerme de un halo místico presente en todos mis pensamientos, preguntándome cómo pude yo influir en la pauta seguida por los acontecimientos hasta el fatal desenlace, y el significado de habernos encontrado precisamente aquella tarde, tras años sin vernos. No tengo respuestas. Sólo preguntas, y la imagen de su sonrisa y su mano, despidiéndose de este mundo.
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Yo a esas horas estaba sentado en el Café Saigón, que a pesar del nombre pertenecía a un vasco, tomando cerveza, escribiendo cualquier cosa en una libreta y, sobre todo, mirando por la ventana. Cuando Enrique pasó por delante por el ventanal al que daba mi mesa, choqué mis nudillos contra el vidrio y le hice señas de que entrara. No es que fuéramos amigos del alma pero, nos conocíamos desde chicos. Vivíamos en el mismo barrio, fuimos compañeros en el colegio judío, aunque el iba un grado adelantado, y coincidíamos a menudo en la sinagoga con nuestras familias. Éramos un par de buenos muchachos de la Cole a los que la vida y la vida habían tocada de manera desigual. Enrique, no sólo había heredado la fábrica textil de sus padres sino que también ganó, seis años atrás, una importante suma en la lotería. Para compensar, como si alguien allá arriba o muy abajo se sintiera celoso, perdió a su mujer en un accidente automovilístico, con el agravante de que se encontraba embarazada de siete meses. Desde entonces, y ya iba para casi medio lustro, Enrique parecía regodearse en la autocompasión y en una resignada soledad no exenta de resentimiento, pero no hacia la gente, sino hacia D-os y la vida.
- ¿qué hacés con este calor en la calle? – le pregunté cuando lo tuve delante
- Nada, salí a pasear….- contestó desganado, levantando los hombros
- Andá, sentate y tomá algo
Obedeció y pidió lo mismo que yo, una cerveza
- Hace mucho que no te veía. Bueno, en realidad, hace mucho que no veo a nadie……..¿seguís escribiendo? – me preguntó
- Sí, qué remedio……estoy ultimando un artículo para el diario, dándole duro a mi próxima novela y colaborando con un guión de cine…..también me salió una cosita para televisión….
- Eepa, vas a morir de éxito, flaco
- De éxito no, de agotamiento
- ¿Y a vos? ¿cómo te va con la fábrica?
- Pse, los coreanos nos están jodiendo……a la gente sólo parece importarle el precio y no la calidad….todo lo que ellos fabrican es schmate pero les da lo mismo…..fijate cómo va la gente vestida y decime si no da pena….ahora hasta los que tienen plata van como crotos…..es un desastre
- Y, sí………- respondí por empatía y comprobando aliviado que, casualmente, ése día me había vestido con cierta elegancia
- De todas formas…..poco me importa…….
Siguió un silencio breve y difícil hasta que de repente me preguntó:
- ¿seguís con Sandra?…………se llamaba Sandra ¿no?
- Sí
- ¿Les va bien?
- Sí – respondí casi avergonzado
- No tienen hijos ¿no?
- Estamos esperando el primero
- Te felicito
- Gracias - le dije, sintiendo una punzada de culpa
Temí que me dijera algo del tipo: “el mío ahora tendría casi cinco”, así que decidí cambiar de tema, por temor a sus palabras o a la falta de ellas. Fue justo entonces que sonó su celular. Se levantó de la mesa y caminó hacia el fondo del local para hablar. Cuando regresó, apenas un minuto después, se despidió de mí con un enérgico apretón de manos.
- Me tengo que ir…….me alegro de haberte visto – me dijo
- Yo también
A través del cristal lo vi parar un taxi y saludarme con la mano y una sonrisa franca antes de montarse al vehículo. No sé quién le llamó ni hacia dónde se dirigía pero nunca llegó a destino; su taxi fue embestido lateralmente por un camión en un cruce a cuatro cuadras, y Enrique murió en el acto.
Cuando pienso en ese día, no puedo abstraerme de un halo místico presente en todos mis pensamientos, preguntándome cómo pude yo influir en la pauta seguida por los acontecimientos hasta el fatal desenlace, y el significado de habernos encontrado precisamente aquella tarde, tras años sin vernos. No tengo respuestas. Sólo preguntas, y la imagen de su sonrisa y su mano, despidiéndose de este mundo.
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miércoles, 2 de noviembre de 2011
Courage
Se llamaba Jean Bourriaud. Algunos lo conocieron como Pierre Roche y otros, como Michel Dusautoir, Roland Clerc o “André” o “Henri”, o por cualquiera de los alias que utilizó. Había nacido en 1919, en Cergy (Val-d’Oise), localidad cercana a París donde sus padres poseían una imprenta. Tuvo una infancia normal y, a los 18, ingresó en la Sorbona para estudiar Derecho. A finales de 1940, abandona sus estudios e ingresa en la Resistencia, dedicando todos sus esfuerzos en la lucha contra los nazis. Según cuentan quienes le trataron en aquella época, Borriaud era un tipo alto y delgado, enérgico, tosco, desconfiado y dueño de un carisma que hacía estragos entre la gente. Por eso a nadie extrañó que, pese a su juventud, muy pronto se convirtiera en líder regional del movimiento. Él y sus hombres se ocupaban no sólo de actos de sabotaje cada vez más temerarios sino, también, de la ejecución de colaboracionistas, la falsificación de documentos para los judíos, la organización de vías para que pudieran escapar, o la búsqueda de escondites para eludir las redadas. Sin in más lejos, mi tío-abuelo Carlo, Carlo Finzi, quien en esos años vivía en París y pretendía ser pintor, pudo salvar su vida gracias a un falso pasaporte argentino, a nombre de Juan Carlos Olgiatti, que le había sido proporcionado la red que dirigía Borriaud.
Fue precisamente gracias a él, a mi pariente, que yo supe de la experiencia de este héroe francés. Según nos contaba (aprovechaba cualquier reunión familiar para retomar el tema), al acabar la II Guerra Mundial, le dedicaron una calle en el distrito XVII, muy cerca del Parc Monceau, y fue condecorado por el general De Gaulle con la Cruz de la Liberación. En los siguientes años, Bourriad llevó una vida tranquila, compaginando su actividad profesional de abogado, con el mantenimiento de la imprenta fundada por sus padres. Y así continuó hasta mediados los cincuenta, en que colaboró activamente en la organización de Henri Curiel de asistencia al FLN argelino, convirtiéndose en su mano derecha. Con motivo de ello, fue tachado de traidor, su nombre se retiró de la calle que le habían dedicado, y se exilió secretamente en Bélgica, desde donde continuó con la lucha. A pesar de que Argelia logró su independencia en 1962, Borriaud no regresó a Francia hasta 1964. Sabía que su vida estaba en peligro, que las amenazas de muerte de la OAS seguían vigente, y que las fuerzas de seguridad del Estado no iban a tomarse demasiadas molestias por protegerlo. De ahí que su vuelta se redujera a unas pocas semanas; lo suficiente para liquidar sus bienes y largarse a otra parte.
Durante un tiempo nadie volvió a saber de él, hasta que aterrizó en Buenos Aires. Transcurría el año 1967, y Bourriad se instaló como fabricante de pinturas bajo la identidad de Roland Clerc, natural de Lyon. Las cosas le fueron bien. El negocio prosperaba, se casó con una argentina de ascendencia armenia, y tuvieron dos hijos: Michel y Carina. En 1976, con la llegada de la Junta Militar presidida por Videla, Roland Clerc y su familia parten para Francia. La idea era permanecer en París durante un tiempo, a ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Pero las noticias que llegaban eran malas, y Roland se impacientaba. Si en su juventud había luchado contra el nazismo, y después contra el colonialismo, no iba a quedarse ahora de manos cruzadas contra una dictadura de corte fascista en el país de su mujer e hijos. Por desgracia, en ésta ocasión no pudo hacer nada: dos días antes de retornar a la Argentina, fue asesinado al salir de una farmacia de la rue Copernic. De acuerdo a los testimonios de testigos presenciales, un par de tipos, con pasamontañas, bajaron corriendo de un Peugeot, y le dispararon un total de seis tiros antes de escapar en el mismo vehículo. La acción duró apenas unos segundos, y la víctima ingresó ya cadáver en el hospital. Nadie se atribuyó la autoría del atentado, y aunque nunca se detuvo a los culpables, las sospechas recayeron sobre la OAS o un grupo perteneciente a los servicios secretos franceses, y denominado “La Main Rouge”.
Menos de dos años más tarde, su amigo Henri Curiel corrió idéntica suerte.
Hoy, cuando ya pasó más de un cuarto de siglo de su muerte, todavía me sorprendo cada vez que paso en el auto por Juan B. Justo y Warnes, y veo el apellido Borriaud pintado en rojo sobre la pared blanca de la fábrica de pinturas. Pienso en todos los que transitan por allí a diario y ése nombre no les dice nada, en aquellos que salvaron la vida gracia a su valentía y, sobre todo, en sus clientes que a buen seguro se preguntan: ¿Por qué carajo se llamará Pinturas Borriaud, si el dueño es un pendejo que se llama Michel Clerc?.
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http://www.youtube.com/watch?v=vRzrwcVhhzw
Fue precisamente gracias a él, a mi pariente, que yo supe de la experiencia de este héroe francés. Según nos contaba (aprovechaba cualquier reunión familiar para retomar el tema), al acabar la II Guerra Mundial, le dedicaron una calle en el distrito XVII, muy cerca del Parc Monceau, y fue condecorado por el general De Gaulle con la Cruz de la Liberación. En los siguientes años, Bourriad llevó una vida tranquila, compaginando su actividad profesional de abogado, con el mantenimiento de la imprenta fundada por sus padres. Y así continuó hasta mediados los cincuenta, en que colaboró activamente en la organización de Henri Curiel de asistencia al FLN argelino, convirtiéndose en su mano derecha. Con motivo de ello, fue tachado de traidor, su nombre se retiró de la calle que le habían dedicado, y se exilió secretamente en Bélgica, desde donde continuó con la lucha. A pesar de que Argelia logró su independencia en 1962, Borriaud no regresó a Francia hasta 1964. Sabía que su vida estaba en peligro, que las amenazas de muerte de la OAS seguían vigente, y que las fuerzas de seguridad del Estado no iban a tomarse demasiadas molestias por protegerlo. De ahí que su vuelta se redujera a unas pocas semanas; lo suficiente para liquidar sus bienes y largarse a otra parte.
Durante un tiempo nadie volvió a saber de él, hasta que aterrizó en Buenos Aires. Transcurría el año 1967, y Bourriad se instaló como fabricante de pinturas bajo la identidad de Roland Clerc, natural de Lyon. Las cosas le fueron bien. El negocio prosperaba, se casó con una argentina de ascendencia armenia, y tuvieron dos hijos: Michel y Carina. En 1976, con la llegada de la Junta Militar presidida por Videla, Roland Clerc y su familia parten para Francia. La idea era permanecer en París durante un tiempo, a ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Pero las noticias que llegaban eran malas, y Roland se impacientaba. Si en su juventud había luchado contra el nazismo, y después contra el colonialismo, no iba a quedarse ahora de manos cruzadas contra una dictadura de corte fascista en el país de su mujer e hijos. Por desgracia, en ésta ocasión no pudo hacer nada: dos días antes de retornar a la Argentina, fue asesinado al salir de una farmacia de la rue Copernic. De acuerdo a los testimonios de testigos presenciales, un par de tipos, con pasamontañas, bajaron corriendo de un Peugeot, y le dispararon un total de seis tiros antes de escapar en el mismo vehículo. La acción duró apenas unos segundos, y la víctima ingresó ya cadáver en el hospital. Nadie se atribuyó la autoría del atentado, y aunque nunca se detuvo a los culpables, las sospechas recayeron sobre la OAS o un grupo perteneciente a los servicios secretos franceses, y denominado “La Main Rouge”.
Menos de dos años más tarde, su amigo Henri Curiel corrió idéntica suerte.
Hoy, cuando ya pasó más de un cuarto de siglo de su muerte, todavía me sorprendo cada vez que paso en el auto por Juan B. Justo y Warnes, y veo el apellido Borriaud pintado en rojo sobre la pared blanca de la fábrica de pinturas. Pienso en todos los que transitan por allí a diario y ése nombre no les dice nada, en aquellos que salvaron la vida gracia a su valentía y, sobre todo, en sus clientes que a buen seguro se preguntan: ¿Por qué carajo se llamará Pinturas Borriaud, si el dueño es un pendejo que se llama Michel Clerc?.
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http://www.youtube.com/watch?v=vRzrwcVhhzw
martes, 25 de octubre de 2011
Solo
Como cualquier boludo, pensé que la mejor forma de olvidar la reciente ruptura con mi novia, era encamarme con todas las minas que pudiera. Para ello, recuperé el contacto con antiguos compañeros crápulas que hacían de la noche su forma de vida, visité sombríos tugurios donde las conversaciones eran cortas y las preguntas mínimas, y abusé del alcohol sin conciencia. Y no es que estuviera enamorado de Natalia, pero era la única mujer que tenía, y no me gustó nada perderla. “Vos no querés compromisos, Guido. Ni siquiera tenemos un perro en común…”, me reprochaba a menudo. Pero yo no atendía a esos avisos, y me dejaba llevar por la placidez de una relación que no me apasionaba pero tampoco daba quebraderos de cabeza. Pensaba que era yo quién tenía la sartén por el mango, y que todo terminaría cuando yo lo decidiera. Me equivoqué. Así que un día me dejó, y ni siquiera podía reprochárselo. Sólo le repliqué con un poco convincente “¿lo pensaste bien?”, al que ella ni siquiera se tomó la molestia de contestar.
No sé, exactamente, qué fue lo que me sacó de aquél pozo de excesos en el que me iba hundiendo. Quizás el remordimiento, o el miedo a traicionar los valores que me habían inculcado en mi familia, o acaso la mala conciencia por haber dejado escapar a una muchacha buena, alegre y sencilla, que no pedía demasiado a la vida. Que la quisieran, y poco más. No sé. El caso es que un buen día, sin nada aparente que lo diferenciara de los anteriores, me duché, afeité, y plantado ante el espejo decidí serenarme, volver a mis rutinas de sueño y comidas, abandonar los malos hábitos, las pocas recomendables compañías y, en definitiva, reencontrar mi equilibrio. Afortunadamente no me resultó difícil. El tiempo de desbarajustes no había sido excesivo como para crear una dinámica y, en consecuencia, mis vicios seguían siendo controlables.
Debía llevar apenas una semana de vuelta a la normalidad cuando, una noche, recibí una inesperada llamada. Nadie me llama a esas horas (pasaban de las doce) así que, lo primero que pensé, fue en alguna desgracia familiar.
- ¿Holá? – atendí temoroso
- Habla Susana, Susana Vélez ¿Cómo andás, che? ¿te acordás de mí?
Claro que me acordaba, aunque no entendía porqué carajo me llamaba un día de entresemana, a medianoche, y después de más de tres años de habernos visto por última vez. También me preguntaba quién le habría dado mi número de teléfono.
- ¿Guido? ¿estás ahí? - preguntó, impaciente
“No, boluda, estoy en Sebastopol”, me dieron ganas de decirle. En vez de eso, contesté que claro, que cómo iba a olvidarme de alguien como ella. Y era verdad. Cómo no acordarme de una mina que, aparte de estar muy buena, pasó conmigo la noche previa a su casamiento. Hasta me acordaba del novio: un rico estanciero de Santa Fe que se había enriquecido con el cultivo de la soja. No era gran cosa: petisito, medio pelado, adicto a las camisas hawaianas, al oro (cargaba no menos de medio kilo de oro entre su Rolex, una gruesa pulsera con el nombre grabado y un collar del ancho de un dedo meñique), y a los autos y mujeres grandes (como buen petiso). Un tipo tan poco atractivo, que su anacrónico bigote apenas hacía mella en su lucha a muerte contra el ideal de Apolo.
- Imagino que te sorprenderá mi llamada ¿no?…
- ¡ No sabés cuánto ¡ – exclamé en tono cínico
- Te explico: es que hace un año me separé de mi marido, y entonces, como no sabía qué hacer, me vine a vivir a Buenos Aires con mi hermana Blanca..
- ¡ Qué interesante ¡ - la interrumpí con simulado interés
- ¿Víste? bueno el caso es que justo ayer me dieron el divorcio…y como esto es algo que a una no le pasa todos los días…decidí celebrarlo haciendo una flor de fiesta en una quinta
- Aahh, ¿así que esas cosas se celebran? Mirá vos…¡ qué cosas ¡
- Y claaaro, ¿no sabés que es de lo más “in”? Ay, Guidito, que me parece que vos estás totalmente “off”
- Debe ser eso – consentí
- La fiesta va a ser el próximo sábado…¿Tenés para apuntar la dirección?
- Sí – mentí – decime
Me dictó una dirección de Ramos Mejía, que olvidé incluso antes de despedirnos. Lógicamente no iba a ir, pero me daba menos trabajo decirle que sí y no aparecer, que explicarle porqué tenía por costumbre acudir a fiestas, y mucho menos si la organizaba una tarada con motivo de su divorcio.
Tras colgar, me quedé pensando en lo perdido. Comparé lo estúpido y banal de la reciente conversación con las que mantenía habitualmente con Natalia. La frivolidad de una, y el sentido común de la otra. El olvido de aquella noche de hace tres años, víspera a un casamiento, y las compartidas hasta hace escasas semanas. “Con razón se dice que las comparaciones son odiosas” pensé, y agarré el teléfono para llamar a Natalia.
Sí, ya lo sé, tal vez no fuera amor, pero... se le parecía bastante.
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No sé, exactamente, qué fue lo que me sacó de aquél pozo de excesos en el que me iba hundiendo. Quizás el remordimiento, o el miedo a traicionar los valores que me habían inculcado en mi familia, o acaso la mala conciencia por haber dejado escapar a una muchacha buena, alegre y sencilla, que no pedía demasiado a la vida. Que la quisieran, y poco más. No sé. El caso es que un buen día, sin nada aparente que lo diferenciara de los anteriores, me duché, afeité, y plantado ante el espejo decidí serenarme, volver a mis rutinas de sueño y comidas, abandonar los malos hábitos, las pocas recomendables compañías y, en definitiva, reencontrar mi equilibrio. Afortunadamente no me resultó difícil. El tiempo de desbarajustes no había sido excesivo como para crear una dinámica y, en consecuencia, mis vicios seguían siendo controlables.
Debía llevar apenas una semana de vuelta a la normalidad cuando, una noche, recibí una inesperada llamada. Nadie me llama a esas horas (pasaban de las doce) así que, lo primero que pensé, fue en alguna desgracia familiar.
- ¿Holá? – atendí temoroso
- Habla Susana, Susana Vélez ¿Cómo andás, che? ¿te acordás de mí?
Claro que me acordaba, aunque no entendía porqué carajo me llamaba un día de entresemana, a medianoche, y después de más de tres años de habernos visto por última vez. También me preguntaba quién le habría dado mi número de teléfono.
- ¿Guido? ¿estás ahí? - preguntó, impaciente
“No, boluda, estoy en Sebastopol”, me dieron ganas de decirle. En vez de eso, contesté que claro, que cómo iba a olvidarme de alguien como ella. Y era verdad. Cómo no acordarme de una mina que, aparte de estar muy buena, pasó conmigo la noche previa a su casamiento. Hasta me acordaba del novio: un rico estanciero de Santa Fe que se había enriquecido con el cultivo de la soja. No era gran cosa: petisito, medio pelado, adicto a las camisas hawaianas, al oro (cargaba no menos de medio kilo de oro entre su Rolex, una gruesa pulsera con el nombre grabado y un collar del ancho de un dedo meñique), y a los autos y mujeres grandes (como buen petiso). Un tipo tan poco atractivo, que su anacrónico bigote apenas hacía mella en su lucha a muerte contra el ideal de Apolo.
- Imagino que te sorprenderá mi llamada ¿no?…
- ¡ No sabés cuánto ¡ – exclamé en tono cínico
- Te explico: es que hace un año me separé de mi marido, y entonces, como no sabía qué hacer, me vine a vivir a Buenos Aires con mi hermana Blanca..
- ¡ Qué interesante ¡ - la interrumpí con simulado interés
- ¿Víste? bueno el caso es que justo ayer me dieron el divorcio…y como esto es algo que a una no le pasa todos los días…decidí celebrarlo haciendo una flor de fiesta en una quinta
- Aahh, ¿así que esas cosas se celebran? Mirá vos…¡ qué cosas ¡
- Y claaaro, ¿no sabés que es de lo más “in”? Ay, Guidito, que me parece que vos estás totalmente “off”
- Debe ser eso – consentí
- La fiesta va a ser el próximo sábado…¿Tenés para apuntar la dirección?
- Sí – mentí – decime
Me dictó una dirección de Ramos Mejía, que olvidé incluso antes de despedirnos. Lógicamente no iba a ir, pero me daba menos trabajo decirle que sí y no aparecer, que explicarle porqué tenía por costumbre acudir a fiestas, y mucho menos si la organizaba una tarada con motivo de su divorcio.
Tras colgar, me quedé pensando en lo perdido. Comparé lo estúpido y banal de la reciente conversación con las que mantenía habitualmente con Natalia. La frivolidad de una, y el sentido común de la otra. El olvido de aquella noche de hace tres años, víspera a un casamiento, y las compartidas hasta hace escasas semanas. “Con razón se dice que las comparaciones son odiosas” pensé, y agarré el teléfono para llamar a Natalia.
Sí, ya lo sé, tal vez no fuera amor, pero... se le parecía bastante.
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miércoles, 19 de octubre de 2011
Aparecido
Era uno de esos grises y abúlicos domingos por la tarde, donde no queda otra que escuchar los partidos, quedar con alguien, o sucumbir al tedio. Para colmo, caía una fuerte tormenta sobre la ciudad, originando destellos eléctricos en el cielo, y un fuerte viento que silbaba por las calles buscando a quien golpear en la cara, lo que convertía en temerario el socorrido acto de dar un paseo. Serían las cinco y diez o cinco y cuarto, cuando mi amigo Pablo Szwarc entró en el Café Lombardo acompañado de otro tipo.
- Perdoname, Guido, pero ya sabés cómo se pone el tráfico cuando llueve – se disculpó por el retraso – Mirá, te presento a Carlo
El acompañante era el actor de cine y televisión, Carlo Romanelli. Un flaco cincuentón que iba vestido de punta en blanco, repeinado como si llevara peluca y con unos pequeños anteojos con montura de oro. Nos estrechamos las manos, y me quedé mirándolo unos instantes. Era igual a como salía en las pantallas, con la única diferencia de que la cara le brillaba menos, seguramente por la ausencia de maquillaje. Hasta el traje azul que llevaba parecía el mismo que lucía en su papel de abogado en la serie “Abogacía letal”, donde interpretaba a un picapleitos que se ponía sus mejores pilchas para salir de noche a ajusticiar a delincuentes absueltos por negligencias judiciales.
Romanelli me dijo que tenía ganas de conocerme desde que se enteró que era amigo de Pablo, y le pidió a éste que nos presentara. Yo no sabía que decir, así que sonreí con fingida modestia y musité un “muy amable” que sonó poco convincente. A pesar de que a mí no me entusiasmaba sus dotes artísticas (esto no se lo dije), le comenté cuánto me había gustado su papel (esto sí era cierto) en una película de 1997 dirigida por Adrián Rovira titulada “Un hombre sutil para dos mujeres”; una especie de tragicomedia que apenas tuvo éxito de público, pero sí de una crítica que destacó, no sólo la calidad del guión sino, también, las interpretaciones de Romanelli y de una de las protagonistas femeninas, la lindísima y hoy casi olvidada Laura Terán.
Nos sentamos a una mesa más grande de la que yo ocupaba. Bebimos y charlamos de nuestras respectivas actividades, minas, fútbol, viajes, perros y vinos hasta que, pasado un buen, Carlo me preguntó, poniéndose serio, si quería saber de un extraño suceso que él había vivido quince años atrás, justo en el mismo local en el que nos encontrábamos. Le contesté que sí, y se quedó callado unos instantes. Supe, por cómo le cambió el semblante y por esa pausa dramática, que fuera lo que fuese lo que le había ocurrido aquél día, le había calado hondo, lo que quedó confirmado por el tono dolido con que me lo narró y que ahora paso a compartir con ustedes.
Fue una tarde, pero no domingo sino un día cualquiera de la semana, acaso un martes o miércoles. Él había quedado para cenar con su novia de entonces y, como llegaba con adelanto, entró a tomarse un café. Al no tener apuro, buscó sitio donde sentarse, y encontró libre una pequeña mesa pegada a la pared desde la que se veía la calle. Mientras le traían el café se puso a fumar, y a dibujar cubos en una servilleta de papel, algo que acostumbraba a hacer desde que era un pibe. Enseguida se cansó de geometrías y empezó a beberse el café a pequeños sorbos, haciendo tiempo y dejándolo reposar para que se enfriara. Justo cuando estaba dándole el último trago, sus ojos se encontraron con los de un hombre que le miraba desde el otro lado de la ventana. Un hombre idéntico a su padre, vestido con el mismo estilo, y que le dedicó una generosa sonrisa, igual a esa tan característica que él tenía y que le marcaba dos profundos hoyuelos en las mejillas. Carlo se quedó tan sobrecogido, que instintivamente cerró los ojos, como un acto reflejo de negación ante lo ilógico de aquella visión. Era imposible que fuera su padre, porque éste había partido cinco días antes hacia Roma y no tenía que volver hasta tres semanas más tarde. El viejo era romano de nacimiento pero no había regresado desde que Mussolini obligó a su familia a abandonar el país.
Aunque Carlo apenas mantuvo los ojos abiertos unos segundos, cuando los abrió aquél hombre ya no estaba, lo que le dejó más confundido. Pensativo, dejó un billete sobre la mesa, y salió a la calle a buscarlo. Miró a derecha y a izquierda, pero no lo volvió a ver. Encendió entonces un cigarrillo, exhaló una larga calada, más con intención de sosegarse que de disfrutar del tabaco, y echó a caminar hasta el restaurante donde estaba citado. Cenó con su novia, y después fueron a dormir a casa de ella. Durante toda la noche apenas se acordó de lo sucedido en el Lombardo. Sin embargo, sentía una inquietud latente que no le dejaba descansar del todo. Tanto es así que, en cuanto llegó a su domicilio, por la mañana, lo primero que hizo fue acercarse al teléfono. Descubrió con aprensión el parpadeo de la lucecita naranja le indicaba que tenía un mensaje nuevo y levantó el auricular con temor. Escuchó entonces la voz apesadumbrada y entrecortada de su hermano Daniel: “Hola, Carlo, soy Dani…papá murió en Roma…de un infarto…mientras paseaba cerca del Pórtico d’Ottavia, ayer, a eso de las ocho…por favor, llamame lo antes posible”.
Horas más tarde, mientras compartía vuelo de Alitalia con su hermano Daniel y su hermana Rita, Carlo no podía quitarse de la cabeza la reciente imagen de su padre sonriéndole a través del cristal. No sabía explicarlo, tampoco le importaba, pero una cosa le sigue pesando de aquel día: no haberle podido dar un último abrazo.
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- Perdoname, Guido, pero ya sabés cómo se pone el tráfico cuando llueve – se disculpó por el retraso – Mirá, te presento a Carlo
El acompañante era el actor de cine y televisión, Carlo Romanelli. Un flaco cincuentón que iba vestido de punta en blanco, repeinado como si llevara peluca y con unos pequeños anteojos con montura de oro. Nos estrechamos las manos, y me quedé mirándolo unos instantes. Era igual a como salía en las pantallas, con la única diferencia de que la cara le brillaba menos, seguramente por la ausencia de maquillaje. Hasta el traje azul que llevaba parecía el mismo que lucía en su papel de abogado en la serie “Abogacía letal”, donde interpretaba a un picapleitos que se ponía sus mejores pilchas para salir de noche a ajusticiar a delincuentes absueltos por negligencias judiciales.
Romanelli me dijo que tenía ganas de conocerme desde que se enteró que era amigo de Pablo, y le pidió a éste que nos presentara. Yo no sabía que decir, así que sonreí con fingida modestia y musité un “muy amable” que sonó poco convincente. A pesar de que a mí no me entusiasmaba sus dotes artísticas (esto no se lo dije), le comenté cuánto me había gustado su papel (esto sí era cierto) en una película de 1997 dirigida por Adrián Rovira titulada “Un hombre sutil para dos mujeres”; una especie de tragicomedia que apenas tuvo éxito de público, pero sí de una crítica que destacó, no sólo la calidad del guión sino, también, las interpretaciones de Romanelli y de una de las protagonistas femeninas, la lindísima y hoy casi olvidada Laura Terán.
Nos sentamos a una mesa más grande de la que yo ocupaba. Bebimos y charlamos de nuestras respectivas actividades, minas, fútbol, viajes, perros y vinos hasta que, pasado un buen, Carlo me preguntó, poniéndose serio, si quería saber de un extraño suceso que él había vivido quince años atrás, justo en el mismo local en el que nos encontrábamos. Le contesté que sí, y se quedó callado unos instantes. Supe, por cómo le cambió el semblante y por esa pausa dramática, que fuera lo que fuese lo que le había ocurrido aquél día, le había calado hondo, lo que quedó confirmado por el tono dolido con que me lo narró y que ahora paso a compartir con ustedes.
Fue una tarde, pero no domingo sino un día cualquiera de la semana, acaso un martes o miércoles. Él había quedado para cenar con su novia de entonces y, como llegaba con adelanto, entró a tomarse un café. Al no tener apuro, buscó sitio donde sentarse, y encontró libre una pequeña mesa pegada a la pared desde la que se veía la calle. Mientras le traían el café se puso a fumar, y a dibujar cubos en una servilleta de papel, algo que acostumbraba a hacer desde que era un pibe. Enseguida se cansó de geometrías y empezó a beberse el café a pequeños sorbos, haciendo tiempo y dejándolo reposar para que se enfriara. Justo cuando estaba dándole el último trago, sus ojos se encontraron con los de un hombre que le miraba desde el otro lado de la ventana. Un hombre idéntico a su padre, vestido con el mismo estilo, y que le dedicó una generosa sonrisa, igual a esa tan característica que él tenía y que le marcaba dos profundos hoyuelos en las mejillas. Carlo se quedó tan sobrecogido, que instintivamente cerró los ojos, como un acto reflejo de negación ante lo ilógico de aquella visión. Era imposible que fuera su padre, porque éste había partido cinco días antes hacia Roma y no tenía que volver hasta tres semanas más tarde. El viejo era romano de nacimiento pero no había regresado desde que Mussolini obligó a su familia a abandonar el país.
Aunque Carlo apenas mantuvo los ojos abiertos unos segundos, cuando los abrió aquél hombre ya no estaba, lo que le dejó más confundido. Pensativo, dejó un billete sobre la mesa, y salió a la calle a buscarlo. Miró a derecha y a izquierda, pero no lo volvió a ver. Encendió entonces un cigarrillo, exhaló una larga calada, más con intención de sosegarse que de disfrutar del tabaco, y echó a caminar hasta el restaurante donde estaba citado. Cenó con su novia, y después fueron a dormir a casa de ella. Durante toda la noche apenas se acordó de lo sucedido en el Lombardo. Sin embargo, sentía una inquietud latente que no le dejaba descansar del todo. Tanto es así que, en cuanto llegó a su domicilio, por la mañana, lo primero que hizo fue acercarse al teléfono. Descubrió con aprensión el parpadeo de la lucecita naranja le indicaba que tenía un mensaje nuevo y levantó el auricular con temor. Escuchó entonces la voz apesadumbrada y entrecortada de su hermano Daniel: “Hola, Carlo, soy Dani…papá murió en Roma…de un infarto…mientras paseaba cerca del Pórtico d’Ottavia, ayer, a eso de las ocho…por favor, llamame lo antes posible”.
Horas más tarde, mientras compartía vuelo de Alitalia con su hermano Daniel y su hermana Rita, Carlo no podía quitarse de la cabeza la reciente imagen de su padre sonriéndole a través del cristal. No sabía explicarlo, tampoco le importaba, pero una cosa le sigue pesando de aquel día: no haberle podido dar un último abrazo.
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jueves, 13 de octubre de 2011
Al destino le gusta insistir
Si la memoria no me trampea, diré que lo vi por primera vez allá por 1990 ó 1991, en un restaurante italiano del centro, entre Corrientes y Pasteur, a mano derecha según se va desde el Obelisco. Lo que no consigo recordar es el nombre, aunque sí acierto a ver sus manteles a cuadros blancos y rojos, sus pintorescas botellas de chianti expuestas sobre estanterías de madera sobre las paredes blancas, y los globos colgados del techo que expandían una luz limpia por toda la sala, y que acentuaban el contraste lumínico con la insuficiencia de watios que reinaba en la calle.
Recuerdo que cenaba con mi amigo Leo, y no nos percatamos, hasta el segundo plato, de que en una de las mesas del fondo, en un rincón de la estancia casi pegado a los baños, Martín Smilansky comía acompañado de un adolescente de poco más de quince años, picado de acné, y con una pelusilla tipo piel de durazno que le sombreaba el labio superior. Ver a semejante personaje de la literatura argentina, sentado a una mesa a poco más de seis o siete metros de donde estábamos, me provocó un inmediato estado de excitación y nerviosismo. No en vano, Smilansky era uno de mis tres escritores favoritos por aquel entonces y, en consecuencia, uno de los motivos por los que yo pretendía adentrarme en el mundo de las letras. Me había leído y releído todos y cada uno sus libros, desde su primera novela; “Un hombre aparente” y publicada cuando contaba apenas 20 años, hasta la última; “Monsergas y estilismos”, y siempre que leía algún suplemento literario, o las páginas culturales de cualquier diario, ansiaba toparme con la noticia de alguna nueva entrega suya.
- Mirá quién está allá atrás, al fondo– le dije a Leo
- ¿Adónde? – me inquirió volviéndose
- No mirés, no mirés
- ¿En qué quedamos, che?
- Bueno, mirá, pero con disimulo
Para ambos, la sorpresa era tan grande, que sólo hubiera sido mayor en caso de haberse tratado del mismísimo Borges. Durante lo que nos restaba de cena, lanzamos furtivas miradas a la otra mesa, sabiendo que nuestra timidez, educación y apocado carácter juvenil nos iba a impedir acercarnos allí para charlar con él. A lo más que llegamos, fue a demorarnos con el postre para así verlo atravesar el salón y observarlo más de cerca, aunque no fuera más que de un modo fugaz.
Nuestro segundo encuentro tuvo lugar unos cinco años más tarde, y en un escenario insospechado, ya que era la primera vez en mi vida que yo acudía al Café Virginia (bautizado así en honor de su primera propietaria; la célebre cantante de tangos de origen gallego Virginia Lou, allá por los años 30). Era un caluroso mediodía de marzo, y yo estaba tomándome un Cinzano y hojeando un libro de cara al gran ventanal que daba a la calle Varela. No terminaba de concentrarme en la lectura, y el sol que atravesaba el cristal y me daba en la cara, amenazaba con potenciar los efectos del vermouth, y adormilarme del todo. En eso estaba cuando una voz, ronca y cercana, me sacó del sopor.
- ¿Me daría usted fuego, joven?
Tardé unos segundos en reaccionar y cuando me volví, no lo reconocí a primera vista. Su cara me sonaba, pero no lograba identificarlo. Estaba más demacrado y ojeroso que la otra vez que lo había visto, iba vestido de forma descuidada, y su aspecto en general denotaba cansancio o alguna enfermedad, lo que acentuaba aún más sus ya de por sí duras facciones. Mientras le prendía su cigarrillo con mi encendedor, sus ojos se detuvieron en la portada del libro: “Parajes inhóspitos”, de Gustavo Sermoneta.
- ¿Le está gustando? – me preguntó tras dar la primera calada
Recién en ese momento caí en la cuenta de su identidad. Tragué saliva, y apenas atiné a balbucear un torpe:
- Lo escribió un amigo mío
Smilansky asintió con la cabeza y me ofreció un amago de sonrisa, dejándome la duda si me tomaba por un idiota, o comprendía que le había reconocido y me sentía intimidado. A fin de cuentas, su talante mordaz era legendario y su nombre representaba un mundo que me fascinaba y del que yo quería formar parte.
- Una ópera prima interesante, sumamente interesante…¿vos también escribís, pibe? – se interesó pasándose al tuteo
- Lo intento, pero mi talento no da más que para cuentos, relatos de pocas páginas
- Bueno, Borges nunca escribió novela, y mirá vos a lo que llegó
Se ve que el tipo tenía ganas de charlar, porque me pidió permiso para sentarse a mi mesa, y me invitó a tomar lo que quisiera. Pedí otro vermouth, y nos pasamos la siguiente hora haciendo un repaso de la literatura en general, y la argentina en particular. Cuando se despidió, me estrechó la mano con fuerza y accedió a firmarme un autógrafo en un pañuelo de hilo, de esos que mi madre me acostumbró a llevar en el bolsillo desde chico y que todavía conservo.
A lo largo de 1995 y 1996, coincidimos unas cuantas veces en lugares tan dispares como el Parque Lezama, en la pizzería Banchero de la calle Corrientes, a la salida de la cancha de Ferro en un partido contra San Lorenzo, y a la entrada de un concierto de Yehudi Menuhin en el Teatro Colón. Siempre me trataba con afecto, e invariablemente iniciaba la conversación con un: “¿Cómo va la novela, Finzi?”, para enseguida pasar a tratarme de vos y recordarme su promesa de escribirme el prólogo a cualquiera de mis libros cuando yo se lo pidiera. Nunca lo hice. Supongo que por un desmesurado respeto, por miedo a defraudarlo y porque, desgraciadamente, murió aquél mismo año a consecuencia de un cáncer. Desde entonces, todo lo que publico sale sin prólogo. “¿Por qué?”, me pregunta el editor de turno. “Es una larga historia”, contesto, pero no me queda más remedio que volver a contarla.
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Recuerdo que cenaba con mi amigo Leo, y no nos percatamos, hasta el segundo plato, de que en una de las mesas del fondo, en un rincón de la estancia casi pegado a los baños, Martín Smilansky comía acompañado de un adolescente de poco más de quince años, picado de acné, y con una pelusilla tipo piel de durazno que le sombreaba el labio superior. Ver a semejante personaje de la literatura argentina, sentado a una mesa a poco más de seis o siete metros de donde estábamos, me provocó un inmediato estado de excitación y nerviosismo. No en vano, Smilansky era uno de mis tres escritores favoritos por aquel entonces y, en consecuencia, uno de los motivos por los que yo pretendía adentrarme en el mundo de las letras. Me había leído y releído todos y cada uno sus libros, desde su primera novela; “Un hombre aparente” y publicada cuando contaba apenas 20 años, hasta la última; “Monsergas y estilismos”, y siempre que leía algún suplemento literario, o las páginas culturales de cualquier diario, ansiaba toparme con la noticia de alguna nueva entrega suya.
- Mirá quién está allá atrás, al fondo– le dije a Leo
- ¿Adónde? – me inquirió volviéndose
- No mirés, no mirés
- ¿En qué quedamos, che?
- Bueno, mirá, pero con disimulo
Para ambos, la sorpresa era tan grande, que sólo hubiera sido mayor en caso de haberse tratado del mismísimo Borges. Durante lo que nos restaba de cena, lanzamos furtivas miradas a la otra mesa, sabiendo que nuestra timidez, educación y apocado carácter juvenil nos iba a impedir acercarnos allí para charlar con él. A lo más que llegamos, fue a demorarnos con el postre para así verlo atravesar el salón y observarlo más de cerca, aunque no fuera más que de un modo fugaz.
Nuestro segundo encuentro tuvo lugar unos cinco años más tarde, y en un escenario insospechado, ya que era la primera vez en mi vida que yo acudía al Café Virginia (bautizado así en honor de su primera propietaria; la célebre cantante de tangos de origen gallego Virginia Lou, allá por los años 30). Era un caluroso mediodía de marzo, y yo estaba tomándome un Cinzano y hojeando un libro de cara al gran ventanal que daba a la calle Varela. No terminaba de concentrarme en la lectura, y el sol que atravesaba el cristal y me daba en la cara, amenazaba con potenciar los efectos del vermouth, y adormilarme del todo. En eso estaba cuando una voz, ronca y cercana, me sacó del sopor.
- ¿Me daría usted fuego, joven?
Tardé unos segundos en reaccionar y cuando me volví, no lo reconocí a primera vista. Su cara me sonaba, pero no lograba identificarlo. Estaba más demacrado y ojeroso que la otra vez que lo había visto, iba vestido de forma descuidada, y su aspecto en general denotaba cansancio o alguna enfermedad, lo que acentuaba aún más sus ya de por sí duras facciones. Mientras le prendía su cigarrillo con mi encendedor, sus ojos se detuvieron en la portada del libro: “Parajes inhóspitos”, de Gustavo Sermoneta.
- ¿Le está gustando? – me preguntó tras dar la primera calada
Recién en ese momento caí en la cuenta de su identidad. Tragué saliva, y apenas atiné a balbucear un torpe:
- Lo escribió un amigo mío
Smilansky asintió con la cabeza y me ofreció un amago de sonrisa, dejándome la duda si me tomaba por un idiota, o comprendía que le había reconocido y me sentía intimidado. A fin de cuentas, su talante mordaz era legendario y su nombre representaba un mundo que me fascinaba y del que yo quería formar parte.
- Una ópera prima interesante, sumamente interesante…¿vos también escribís, pibe? – se interesó pasándose al tuteo
- Lo intento, pero mi talento no da más que para cuentos, relatos de pocas páginas
- Bueno, Borges nunca escribió novela, y mirá vos a lo que llegó
Se ve que el tipo tenía ganas de charlar, porque me pidió permiso para sentarse a mi mesa, y me invitó a tomar lo que quisiera. Pedí otro vermouth, y nos pasamos la siguiente hora haciendo un repaso de la literatura en general, y la argentina en particular. Cuando se despidió, me estrechó la mano con fuerza y accedió a firmarme un autógrafo en un pañuelo de hilo, de esos que mi madre me acostumbró a llevar en el bolsillo desde chico y que todavía conservo.
A lo largo de 1995 y 1996, coincidimos unas cuantas veces en lugares tan dispares como el Parque Lezama, en la pizzería Banchero de la calle Corrientes, a la salida de la cancha de Ferro en un partido contra San Lorenzo, y a la entrada de un concierto de Yehudi Menuhin en el Teatro Colón. Siempre me trataba con afecto, e invariablemente iniciaba la conversación con un: “¿Cómo va la novela, Finzi?”, para enseguida pasar a tratarme de vos y recordarme su promesa de escribirme el prólogo a cualquiera de mis libros cuando yo se lo pidiera. Nunca lo hice. Supongo que por un desmesurado respeto, por miedo a defraudarlo y porque, desgraciadamente, murió aquél mismo año a consecuencia de un cáncer. Desde entonces, todo lo que publico sale sin prólogo. “¿Por qué?”, me pregunta el editor de turno. “Es una larga historia”, contesto, pero no me queda más remedio que volver a contarla.
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